Un Dios, aunque tres personas,
Padre increado, el mismo siempre,
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Hijo engendrado del padre
y espíritu procedente,
cuando crio los dos mundos,
aquel descubierto y este,
crio nueve coros altos
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de espíritus excelentes.
Era de estos el mayor
tan perfecto, hermoso y fuerte,
que se aventajaba a todos,
como al mirto los cipreses.
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Asistían a su rostro,
como ante el príncipe suelen
el privado y los vasallos
con los oficios que ejercen.
Tratando, pues, su Hacedor
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con ellos de su alta mente
casos futuros del Hijo,
que hombre humano vino a hacerse,
Luzbel, que así se llamaba,
envidioso de que hubiese
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hombre a quien él adorase,
contra el mismo Dios se vuelve.
Junta su parcialidad
de los muchos que pervierte,
por no obedecer a Cristo,
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que hombre y Dios más que ángel fuese.
Alzan banderas soberbios,
porque ninguno subiese
de naturaleza a gracia
por medio de Cristo; y vienen
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armados de su osadía
sobre los campos alegres
del sol con guerras civiles
rebelados y rebeldes.
Los buenos toman la empresa
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defendiendo fuertemente
la exaltación de los hombres,
y al Dios y Cristo obedecen.
“¡Quién como Dios!”, dicen estos,
y con espadas ardientes
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de la divina justicia,
hasta el infierno los meten.
Aquí cayó Lucifer,
como Esaías refiere,
que amaneció la mañana
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a donde siempre anochece.
En su corazón decía:
“Yo pasaré de los ejes
del cielo y de sus estrellas,
para que a Dios igual quede.
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Sentareme sobre el monte
del Testamento, en la frente
del aquilón, excediendo
las nubes que resplandecen.”
Este rebelde a su Dios,
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desde entonces, odio tiene
a los hombres, y procura
ser dios engañosamente.
Y así como entre vosotros
más ocasión se le ofrece,
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os habla, os dice que es dios
y os engaña cuanto puede.
Métese en estas estatuas
y por los casos presentes
los futuros conjetura,
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y con este ardid os vence.
Fuera de que él es muy sabio,
que Ezequiel así lo siente
cuando le llama “querub”
que ciencia grande contiene.
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Pues condoliéndose Cristo
de que entre vosotros reine,
que le costasteis su sangre
en la cruz, muerta la muerte,
al rey Fernando de España,
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cristianísimo y prudente,
manda que a Colón envíe,
este que a su fe os convierte.
Mirad ahora quién son
los ídolos que prefiere
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el vulgo ignorante a Cristo,
que cielo y tierra obedecen;
que este Cristo, porque el hombre
a Dios ofendió de aleve,
bajó a morir, y salvarle,
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de una virgen, virgen siempre.
Resucitó, y fuese al cielo,
al mismo que le amó tanto,
debajo de aquella especie
de pan y vino quedose,
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bajando todas las veces
que se dice aquella misa
que sus palabras refiere.