PODER EN EL DISCRETO, Comedia, EL



DATOS BIBLIOGRÁFICOS

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Título

Título: PODER EN EL DISCRETO, Comedia, EL. Procedencia: Autógrafo; Licencias de representación del autógrafo

Autoría

Autor: Félix Lope de Vega y Carpio. Fiabilidad: De autoría fiable

Peregrino

Citado en El peregrino I: No
Citado en El peregrino II: No

Parte

No presente en la colección de Partes de Lope de Vega

Manuscrito

Tipo: Autógrafo
Localización: Madrid, Biblioteca Nacional (España)
Ref. bibliográfica: M. Presotto: Le commedie autografe di Lope de Vega. Catalogo e studio. Kassel, Edición Reichenberger, 2000. 313.
Nota: Signatura Res. 90.
Procedente de la Col. Osuna.

Otras ediciones del siglo XVII

No consta

Colecciones modernas

*Ref. bibliográfica: E. Cotarelo et al. eds.: Obras de Lope de Vega publicadas por la Real Academia Española [nueva edicion] (Con prólogos de E.Cotarelo y Mori y otros, 13 vols.). Madrid, RAE, 1916-1930. II.

* Edición utilizada

Ediciones singulares modernas


- El poder en el discreto, ed de Fox, Arthur M., University of Toronto, , 1961
Nota: Tesis doctoral inédita. En el tít.: Together with a Subject Index of Illustrative Anecdotes in Lope’s Comedias Novelescas y Costumbristas.

- El poder en el discreto , ed de Ziomek, Henryk, Madrid, Gráficas Molinas, 1969

Versiones y traducciones

No se conocen

Bibliografía secundaria


- Navarrete, M. S.; Sáinz de Baranda, P.. "Noticia de algunas comedias y autos originales de Lope de Vega, con un facsímil de su firma, que existen en la Biblioteca del Excmo. Señor Duque de Osuna". Colección de documentos inéditos para la Historia de España. núm. 1. p. 575-576. 1842.


ANOTACIONES PRAGMÁTICAS

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Datación

Fecha: 1623
Ref. bibliográfica: Morley, S. G.; Bruerton, C.: Cronología de las comedias de Lope de Vega (La 1ª edición, en inglés, es de 1940). Madrid, Gredos, 1968. 68.

Dedicatorias

No existe dedicatoria.

Cómputo de versos

Número: 2918
Ref. bibliográfica: Morley, S. G.; Bruerton, C.: Cronología de las comedias de Lope de Vega (La 1ª edición, en inglés, es de 1940). Madrid, Gredos, 1968. 68.


CARACTERIZACIONES

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Personajes no computables

  • Criados y lacayos
  • Músicos
  • Personajes computables

  • Alejo, criado de Celio, [gracioso]

  • Celio, de la cámara del Rey, [privado del Rey], [galán]

  • El Conde de Augusta, [viejo], [tío de Serafina]

  • Fenisa, [criada de Flora]

  • Flora, dama

  • [Guardas] (2)

  • Lelio, [criado de Serafina]

  • Leoncio, criado del Rey

  • Perseo, criado del Conde

  • Rosela, criada de Serafina

  • Serafina, dama, [condesa], [sobrina del Conde de Augusta]

  • Tancredo, criado del Rey

  • Teodoro, Rey de Sicilia
  • Universo social

  • Universo de la corte. Secretarios
  • Universo de la servidumbre. Criados
  • Universo del poder soberano. Reyes
  • Universo urbano. Caballería urbana (caballeros, damas)
  • Tiempo histórico

    Tiempo indeterminado

    Marco espacial

    Acto 1
    Topónimo: Palermo. Sicilia, [Italia]. Europa. Espacio: casa de Serafina; palacio.

    Acto 2
    Topónimo: Palermo. Sicilia, [Italia]. Europa. Espacio: palacio; casa de Serafina; calle.

    Acto 3
    Topónimo: Palermo. Sicilia, [Italia]. Europa. Espacio: palacio; casa.

    Duración

    Obra: Número indeterminado de semanas
    Acto 1: 1 día (aprox.)
    Entreacto 1 a 2: 1 mes
    Acto 2: 1 día (aprox.)
    Entreacto 2 a 3: Número indeterminado de días
    Acto 3: 1 día (aprox.)

    Género

    Género principal:

    • Comedia > universo de irrealidad > libre invención > palatina.

    Extracto argumental

    Acto 1
    Serafina, sobrina del Conde de Augusta, y Celio, íntimo amigo del Rey Teodoro, están enamorados desde hace tres años pero aún no han hecho pública la pasión que se profesan. Se abre el primer acto con la inquietud de la dama, ya que últimamente su enamorado ha dejado de frecuentar la casa con la regularidad que lo hacía y ella lo echa de menos. A la vez, espera a su tío que le ha escrito que está pronto a llegar, ya que de él depende la autorización para el casamiento con Celio, puesto que cuando su padre murió defendiendo el reino contra los turcos, ella quedó a su cuidado aún siendo niña. Así, confiesa a Rosela la esperanza de que el Conde la case pronto con su enamorado.
    Cuando Celio entra en escena acompañando al Rey, comprendemos la razón de sus escasas visitas y la congoja de la joven. Un día el Rey vio en la playa a Serafina y sin saber quién era ni a quién pertenecía su amor, quedó prendado de ella. De esta manera, ignorando los sentimientos de su amigo, pretende cortejarla, para lo cual ha pedido a Celio que sea el intermediario. Con los deseos del mandatario se ven frustradas las expectativas matrimoniales de Serafina, dado que el novio no podrá oponerse a los deseos del Rey tanto por lealtad como por obligación.
    El Rey, entonces, se presenta a Serafina para hablar con ella a solas y tratando de halagarla le concede el título de Condesa de Rosalba. Los nuevos acontecimientos despiertan en Celio sentimientos encontrados entre los ardorosos celos y la obligación de servir a su señor (y amigo). Sin embargo Serafina, sin atreverse a desairar a su imprevisto y alto pretendiente, queda desconcertada por la sumisa resignación de Celio, que la dama llega a interpretar como indiferencia. Los criados de ambos, Alejo y Rosela, cierran la escena con chanzas sobre el matrimonio.
    Entre tanto, por una parte, el Conde de Augusta ha regresado a Palermo y manifiesta su intención de casar pronto a su sobrina, a quien siente como retrato y vida de mi muerto hermano,/ nacida, como Fénix, de su muerte. Por otra parte, el Rey ratifica a Celio su rendido enamoramiento y le pide que entregue joyas a Serafina en su nombre. El caballero enamorado, debatiéndose cada vez más entre su corazón y su lealtad, desoye los consejos de su criado Alejo, que le reprocha su paciente oficio de alcahuete entre el Rey y la mujer que ama. Celio está determinado a sacrificar sus sentimientos pues piensa que el Rey es rey; yo soy yo./ Servir, morir y callar. Así que va a entregarle a Serafina las joyas y se muestra tan esquivo, sin querer siquiera hablar con ella, que la dama termina por pensar que su extraña actitud quizá se deba a que está enamorado de otra mujer. Serafina rechaza las joyas, que luego son tomadas como botín por el criado Alejo, y enojada reprocha la actitud a un Celio que no la escucha.
    En otro lugar, Flora, enamorada del Rey y hasta hace poco su dama, le manifiesta a éste sus quejas amorosas dado que Teodoro no parece demostrarle la afición que le tenía. El Rey, que se muestra taimado con la mujer, piensa que Flora debe de saber sus amores con Serafina. En ese instante, regresa de cumplir su encargo Celio, que llega descompuesto y le anuncia a su amigo Teodoro que el Conde de Augusta piensa casar a su sobrina de inmediato, lo que quizá perjudique los deseos del Rey. Pero éste, oyendo y viendo a Celio en actitud descompuesta tras su visita a la casa de Serafina, piensa que debe de estar delirando y se reafirma en sus deseos de conquistarla. Celio, no pudiendo soportar la desazón que resiste en silencio, se desmaya; el Rey, alarmado, llama a sus criados, que vienen a auxiliarle, luego lo deja manos de estos y se marcha. Entonces, Celio, una vez vuelto en sí, ordena a los criados que lo dejen solo, y él mismo concluye el acto confesando sus deseos de morir antes que frustrar el gusto del Rey, a sabiendas de que si éste conociera sus sentimientos por Serafina, sería capaz de renunciar a ella por su amistad con Celio. En la confesión también menciona la discreción del Rey, virtud de la cual se hace gala en el título de la obra. ¿Pues no es discreto el Rey? –Sí que es discreto. / Pero quiéreme bien, y es acaso injusto / quitarle el gusto a un Rey, Rey en efeto.- / El dejará su gusto por tu gusto.-/ Más quiero yo morir con mi secreto / que no vivir después con su disgusto.


    Acto 2
    Un mes más tarde, Celio aún sigue sufriendo una intensa melancolía, cuya nostalgia no logran disiparle ni el cariño del Rey ni los músicos con los que éste pretende amenizarle el transcurrir de las horas. Mientras se está debatiendo entre su lealtad al Rey y sus enormes deseos de ver a Serafina, su criado Alejo le cuenta que ha tenido ocasión de ver a la dama, quien le ha confesado, llorando, su tristeza por el desdén de Celio, y le trae, como prueba de ello, el pañuelo con el cual su enamorada ha enjugado sus lágrimas. Celio, entonces, no pudiendo contener sus deseos, decide acercarse de noche hasta la casa de Serafina. Mientras tanto, Flora, que ha ido a visitar a Serafina, le cuenta el desamor que recibe del Rey por su causa, pero ésta la consuela diciéndole que no debe tener celos de ella. Estas confidencias entre las dos damas se corresponden con las que se hacen las dos criadas (Rosela y Fenisa), quienes critican los amores, celos y vanidades de sus respectivas señoras. Por su parte, Celio, acompañado de Alejo, ya en la puerta de la casa de Serafina, duda si entrar o no, circunstancia en la que es sorprendido por el Rey y sus criados que también acaban de llegar al lugar. Sobrecogido, Celio huye rápidamente del lugar y es perseguido por Leoncio y Tancredo, mientras que Alejo permanece en el sitio haciéndose pasar por un mendigo que está rezando a San Zoílo. El Rey intenta sonsacar información del criado pero no logra nada más que evasiones, entonces manda detenerlo para torturarlo hasta que confiese. A pesar del silencio de Alejo, el Rey se acerca a la verdad ya que es advertido por Tancredo sobre la auténtica identidad del criado ahora prisionero, así, llega a sospechar que el fugado es Celio y decide tenderle una trampa para que se descubra sus amores por Serafina. Celio, ya fuera del lugar, preocupado por la suerte que haya podido correr su criado y por las consecuencias de que se revele todo, recibe la visita de la criada de Serafina (Rosela), la cual viene a entregarle una carta de su enamorada en la que le confiesa su extrañeza por el olvido en que la tiene. Rosela es despachada muy descortésmente por temor a que sean descubiertos, entonces entra el Rey, que sorprende a Celio leyendo la carta de Serafina. El joven, ante la insistencia del Rey, le deja leer la carta, ocultando la identidad de su remitente. Entonces es cuando el Rey pone por obra su maquinación para hacerle declarar a Celio sus amores por Serafina: le dice que quiere de nuevo a Flora porque no recibe sino desprecios de Serafina. Pero la actitud de Celio, que le aconseja perseverancia en su empeño por conquistar a la joven, termina por despistar al Rey. Rosela, mientras tanto, ha vuelto con Serafina para relatarle su entrevista con Celio y la actitud de éste, que ha llegado a romper la carta sin leerla; Serafina, airada por el comportamiento de su enamorado, está dispuesta a confesarlo todo y que se descubra la verdad.
    Entonces llega el Conde y le dice a su sobrina que, en sus pesquisas para encontrarle un buen marido, no ha encontrado a nadie mejor que Celio. En esta situación, Serafina recibe la visita de su prometido, que le comunica su decisión de casarse en secreto con ella, dado que el Rey le ha confesado su amor por Flora. La dama, extrañada tanto por la repentina visita de Celio como por su súbita decisión, le reprocha el desprecio a su carta, confusión que su amante le explica. Mientras tanto, por otra parte, a Alejo no han logrado arrancarle la identidad de su señor, por lo que el Rey sigue sumido en una confusión sobre las relaciones entre Celio y Serafina. Así que, como última medida de presión, ordena que lo ahorquen, pero Alejo se las ingenia para retrasar su ajusticiamiento, lo que provoca la admiración del Rey, que le perdona finalmente.


    Acto 3
    Algunos días más tarde, ya casados secretamente Celio y Serafina, aquél se da cuenta que el Rey, contra lo que le dijo, no sólo no se ha vuelto al amor de Flora, sino que anda más perdidamente enamorado de la que ya es su esposa. Celio, temeroso que el Rey descubra su secreto, recibe junto a Serafina la visita del Rey. Éste confiesa nuevamente a la dama su intensa pasión por ella, pero Serafina lo rechaza manifestándole que no puede corresponderle porque ya está casada. El Rey, sorprendido y ofendiéndose porque Serafina ha contraído matrimonio sin su permiso, trata entonces de averiguar la identidad del desconocido esposo, pero ambos (Celio y Serafina) disimulan en su presencia para no descubrirse ante el Rey por temor a su reacción. El hecho de que el Rey haya llegado a saber sobre el casamiento de Serafina no deja de provocar en Celio nuevamente una dualidad de sentimientos: si bien por una parte teme defraudar a su amigo, por otra teme encontrarse en una situación que le obligue a defender su honor si el Rey ofende a su esposa queriendo forzarla. La angustia de Celio aumenta aún más cuando el Rey le comunica su intención de casarlo con Flora, pero su criado Alejo acude en su ayuda con gran ingenio, pues le propone que excuse la boda con el engaño de una incapacidad para la vida sexual, cuya afección puede matarlo en pocos días después de casado. Flora, por su parte, le hace la confidencia a Serafina de las intenciones del Rey para casarla con Celio, noticia que ésta escucha con la misma actitud de disimulo que ha guardado ante el Rey. Mientras tanto, Celio ha hallado la ocasión de confesarle al Rey su (fingido) defecto, que éste escucha con cierta indiferencia -buscará otro marido para Flora-, pero si bien se ha relajado en este aspecto sus temores crecen cuando el Rey le ordena buscar cuanto antes al marido de Serafina. Celio parte a cumplir la orden, pero antes va a confesar a Flora las razones por las que no puede casarse con ella, diciéndoselas en latín; y, naturalmente, Flora no está dispuesta a casarse en esas condiciones. Finalmente, el Rey se presenta en casa de Serafina, y cuando muestra sus deseos de ver a su (misterioso) marido, entre la turbación de todos Celio ya no tiene más remedio que confesar que se trata de él mismo. Ante la sorpresa del Rey, Celio hace un relato de las razones que le han conducido a su comportamiento engañoso, tratando de conciliar la amistad y el respeto debido a su señor con las inclinaciones de su corazón. El Rey, entonces, comprendiendo la actitud de su fiel Celio, le perdona, esto es, decide valerse de la discreción más que del poder, y aprueba el matrimonio de Celia y Serafina. A Flora la casa con su servidor cortesano Leoncio, y al criado de Celio, Alejo, lo nombra alcaide de la ciudad y lo casa con Rosela, la criada de Serafina. Concluye la comedia con el abrazo de Celio y Serafina.


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