Aquella hermosa mañana
que todo el mundo celebra,
porque parece que todo
se alegra y se goza en ella;
85
cuando el sol, agradecido,
viste de colores nuevas
los rayos de su corona
y madruga para verla;
cuando la rosada aurora,
90
coronada la cabeza
de más flores se levanta
para vestirlas de perlas;
cantan más presto las aves
y van las fuentes risueñas
95
dando cristal a los prados
y pies de vidrio a las hierbas;
la mañana, en fin, en quien
nació aquel niño profeta,
ángel de los altos montes,
100
deidad de las rudas fieras,
saliste al mar, Serafina,
presumo que a ser sirena,
aunque Scila para mí,
pues de Sicilia se cuenta.
105
Ibas en un coche abierto,
y, quitada la cubierta,
sólo mostraba los arcos
del cielo de tu belleza.
Gran señal de gran calor,
110
¿quién habrá que no la tema
cuando, estando el cielo raso,
no hay nube que al sol ofenda?
No sé qué traje llevabas,
que, cuando no amaneciera,
115
pudieras servir de sol
y dar rayos a la tierra.
No sé por dónde caían
unas descompuestas trenzas,
que tal vez hay hermosura
120
en las cosas descompuestas.
¿Dónde hallaste los colores
que llevabas? ¿Qué azucenas,
qué rosas te las prestaron?
O ¿tú se las diste a ellas?
125
Pero, ¡ay Dios! ¿de qué me sirve
tenerte tanto suspensa,
pintándote dos mañanas,
que dos, Serafina, eran?
Rebozado andaba el Rey
130
por la arenosa ribera
en un coche; ya lo he dicho;
ya entenderás lo que queda,
y lo que queda es de suerte
que queda el alma suspensa,
135
pues por que Amor se recoja
tocan celos a la queda.
El Rey te vio, Serafina;
en ti reparó, y apenas
te vio, cuando en mis colores,
140
si él me mirara, te viera.
A los dos te trasladaste,
mas con esta diferencia:
que a él en amor y a mí en celos
a él con gusto, a mí con pena.
145
Díjome: “¡Qué hermosa dama!
¿Conócesla?” “Forastera
me parece —dije yo—,
que el traje no es de esta tierra.”
“No he visto dama en Palermo
150
—respondió— con tal belleza.”
Repliqué: “¡Notable agravio
de tantas damas tan bellas
que hoy han salido a la mar!”
Respondióme: “No lo creas;
155
que yo sé que, preguntadas,
lo mismo dijeran ellas;
aunque esta verdad su envidia
pocas veces lo confiesa,
que dan celos, sin galanes,
160
las hermosas a las feas.”
Con esto, yo procuraba
divertirle; mas la fuerza
de tu hermosura le hacía
seguir, ¡ay, Dios!, tus estrellas.
165
Enseñábale otras damas,
loando su gentileza,
y él, siempre firme, al cochero:
“Vuelve, sigue, da la vuelta.”
Finalmente, llamó un paje
170
y le preguntó quién era,
a quien no pude enseñar
a mentir, haciendo señas.
“Serafina —dijo luego—,
hija de Alejandro Estela,
175
del Conde de Augusta hermano,
General de tus galeras.”
“¿Es casada?” —replicó.
“No, señor —dijo—, que espera
al Conde, que está sin hijos,
180
y Serafina le hereda.”
Que no le dijese nada
le mandó; fuése, y más cerca
te siguió, como a su dueño,
que no hay mal que no prometa
185
su amor. Mis celos y el sol
iban cobrando más fuerzas.
Todo abrasaba y a todo
me faltaba resistencia.
Tronaba la artillería
190
de la mar y de la tierra,
correspondiéndose a tiros
las naves y las almenas.
¡Oh, cuántos suspiros tristes
vieron mis ansias secretas
195
morir del alma a la boca
como en el aire centellas!
Enseñábale las naves,
unas llenas de banderas
y otras de mil estandartes
200
por las cruzadas entenas.
Pero no le divertía;
hasta que, dando la vuelta,
te entraste en Palermo, y yo
me alegré de ver tu ausencia,
205
que hay estados en Amor
que quien adora desea
no ver lo mismo que adora,
para que otros no lo vean.
No te he dicho desde entonces
210
cosa alguna, aunque pudiera,
por no alterarte la sangre,
que un Rey la mueve en las piedras.
Pero ya que es fuerza, digo
que el rey Teodoro, que reina
215
en Sicilia y en mi pecho,
te adora y servirte intenta.
Verdad es que ha procurado
resistirse con prudencia,
hasta que ya se ha rendido
220
a verte, para que sepas
este pensamiento suyo;
y de suerte le respeta
mi alma, que he de callar,
Serafina, aunque me muera.
225
Al principio de tu calle
cerrado en un coche queda,
porque delante me envía
a que te pida licencia.
Recibe al Rey de visita,
230
Serafina, y sin que pierdas
de tu valor, ama al Rey,
que esto es lealtad y esto es fuerza.
Está prevenida a todo
mientras llevo la respuesta,
235
que pues que ya te he perdido,
de nadie será la ofensa;
porque como con el Rey
no puede haber competencia,
rindo las armas y el alma,
240
la espada asiento y él entra.