PÉRDIDA HONROSA O LOS CABALLEROS DE SAN JUAN, LA
DATOS BIBLIOGRÁFICOS
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Título: PÉRDIDA HONROSA O LOS CABALLEROS DE SAN JUAN, LA. Procedencia: manuscrito de la BNE
Título: PÉRDIDA HONROSA. Procedencia: Final del Acto III
Título: PÉRDIDA HONROSA Y EL SITIO DE RODAS, LA. Procedencia: Diario de un estudiante de Salamanca, p. 409.
Título: PÉRDIDA HONROSA Y CABALLEROS DE SAN JUAN, LA. Procedencia: Acad.
Autoría
Autor: Félix Lope de Vega y Carpio. Fiabilidad: De autoría dudosa
Peregrino
Citado en El peregrino I: No
Citado en El peregrino II: No
Parte
No presente en la colección de Partes de Lope de Vega
Manuscrito
Tipo: Copia
Localización: Madrid, Biblioteca Nacional (España)
Ref. bibliográfica: Morley, S. G.; Bruerton, C.: Cronología de las comedias de Lope de Vega (La 1ª edición, en inglés, es de 1940). Madrid, Gredos, 1968. 531.
Nota: Signatura 16.044. Copia del s. XIX de un manuscrito antiguo, perteneciente al librero de Madrid, Sr. Quiroga.
Otras ediciones del siglo XVII
No consta
Colecciones modernas
*Ref. bibliográfica: Menéndez Pelayo, M., ed.: Obras de Lope de Vega publicadas por la Real Academia Española. ( 15 vols.). Madrid, RAE, 1890-1913. XII (BAE, CCXXIII).
* Edición utilizada
Ediciones singulares modernas
No consta
Versiones y traducciones
No se conocen
Bibliografía secundaria
- Déodat-Kessedjian, Marie Françoise. "Cristianos y musulmanes: el cerco de Rodas en La pérdida honrosa y caballeros de San Juan". Güell, Mónica; Déodat-Kessedjian, Marie Françoise. À tout seigneur tout honneur. Mélanges offerts à Claude Chauchadis. Toulouse: Université de Toulouse le Mirail. 2009. {Falta páginas capítulo}.
ANOTACIONES PRAGMÁTICAS
Ver / Ocultar secciónDatación
Fecha: 1610-1615, probablemente 1615?
Ref. bibliográfica: Morley, S. G.; Bruerton, C.: Cronología de las comedias de Lope de Vega (La 1ª edición, en inglés, es de 1940). Madrid, Gredos, 1968. 531.
Dedicatorias
No existe dedicatoria.
Cómputo de versos
Número: 3308
Ref. bibliográfica: Morley, S. G.; Bruerton, C.: Cronología de las comedias de Lope de Vega (La 1ª edición, en inglés, es de 1940). Madrid, Gredos, 1968. 531.
CARACTERIZACIONES
Ver / Ocultar secciónPersonajes no computables
Observación: Acompañamiento de turcos
Personajes computables
Universo social
Observación: Personaje destacado de la obra es Solimán el magnífico, el Gran Turco, que conforma el universo de lo real.
Tiempo histórico
Época del Emperador
Nota: Reinado de Carlos V, durante el sitio de Rodas (1522) : Se cita, como si fuera simultáneo, el apresamiento de Francisco I (1525).
Marco espacial
Jornada 1
Topónimo: Rodas. [Grecia]. Europa. Espacio: exterior de la muralla; templo de San Juan; campamento y tienda del gran Turco.
Jornada 2
Topónimo: Rodas. [Grecia]. Europa. Espacio: dentro de la ciudad; exterior de la muralla; campamento del gran Turco.
Jornada 3
Topónimo: Rodas. [Grecia]. Europa. Espacio: dentro de la ciudad; campamento del gran Turco; exterior de la muralla.
Duración
Jornada 1: 2 días (aprox.). Nota: El primer acto comienza en la víspera de la festividad de San Juan Bautista y se prolonga a la mañana de la celebración
Jornada 2: 1 día (aprox.). Nota: Una temporada más tarde comienza el segundo acto, cuya duración abarca una sola jornada
Jornada 3: 1 día (aprox.). Nota: Al día siguiente comienza y acaba el acto tercero
Género
Género principal:
- Drama > historial > profano > hechos famosos públicos > Europa.
Extracto argumental
Jornada 1
Singulares sucesos acaecen en la muralla de Rodas. A mediodía un turco a caballo, que en realidad es una muchacha española de nombre Isabel de Toledo, reta a los cruzados cristianos que defienden la ciudad. En concreto, acusa a un caballero infame de haber faltado a la fe de una dama de Toledo y le insta a que se bata en duelo al día siguiente. Desde lo alto de la muralla el comendador don Juan Campuzano, que también es una mujer, de nombre Ana de Aguilar, le explica al falso turco que sus hermanos de hábito están en ese momento ocupados en el nombramiento del nuevo maestre de la orden, don Filipo Lisladano, quien va a aceptar una responsabilidad ejemplar, pues con sólo dos mil soldados y quinientos caballeros de la Europa cristiana tiene que resistir el dramático cerco de más de doscientos mil infantes / comprados a peso de oro. El turco, pues, se retira instándoles a que pidan al caballero que se bata en duelo, para lo cual lo esperará en su campo dispuesto con armas y caballos para los dos.
Media hora más tarde don Juan Campuzano acude al templo de San Juan para participar en el nombramiento del nuevo gran maestre de Rodas. En la primera oportunidad apercibe a los allí congregados del singular reto que ha oído, y de entre los hermanos de la cruz blanca se da por aludido don Tello. Este caballero español, consciente de haber faltado su palabra a doña Isabel, pide licencia para el desafío, pero el maestre se la deniega. La reunión es interrumpida por el bajá Mostafá, que trae una carta del gran Turco: puesto que hace ciento cuarenta y dos años que los cristianos poseen la isla de Rodas, y puesto que al día siguiente se celebra la fiesta del patrón San Juan Bautista, Solimán II quiere parlamentar con el maestre debajo del salvoconducto y guarda real, que yo la concedo por todo el día. El maestre acepta la tregua de mañana por todo el día, / de sol a sol, pero, en cuanto marcha el embajador turco, ordena preparar quinientos soldados para saquear el campamento enemigo antes de que amanezca; a la cabeza de tal escuadrón se pondrá el propio maestre, cosa que no ven con buenos ojos los caballeros pues no es bien desamparar / tu grandeza este lugar / por una simple pelea.
En un lugar indeterminado María Adalifa y su hijo Juan oyen indignados la información que les proporciona el esclavo Servio, que ha visto a Jácome renegar de la fe de Cristo. Se da la paradoja de que María Adalifa renunció a la antigua fe del Alcorán y aceptó la fe de Cristo para seguir a su marido, y, sin embargo, ahora el apóstata es él. Madre e hijo piensan ir disfrazados a reconocer el agravio y afear el comportamiento, pero antes le da una carta a Servio para que se la entregue al marido.
En el momento previo a la incursión nocturna el octogenario maestre, a la cabeza del pequeño escuadrón de Rodas, arenga a los caballeros animándoles a seguir al estandarte y a saquear las tiendas enemigas.
Al cabo de un rato, el pequeño escuadrón de los caballeros de San Juan ya ha cumplido su cometido: en el sigilo de la noche se han presentado por sorpresa y han saqueado las tiendas enemigas; para colmo de la afrenta, un tal don Tello ha capturado el estandarte más preciado de los turcos. A pesar de estos hechos, el gran Turco manda disponer la tienda para recibir al gran maestre.
Ya de mañana los dos jefes se abrazan y se saludan como amigos. El gran Turco ofrece riquezas a cambio del estandarte que le han robado, pero el maestre pone como condición que levante el cerco a que están sometidos. En el curso de la conversación el maestre cambia de opinión y ofrece el estandarte por la vida de unos cruzados que están en peligro: al día siguiente don Tello se encargará de devolverlo.
Jornada 2
Dos ciudadanos de Rodas, en representación de sus moradores, suplican al maestre que rinda la ciudad, pero él les pide perseverancia en el sacrificio y confianza en Dios. El maestre ofrece con arrogancia las llaves de la ciudad a su patrón San Juan Bautista para que haga lo que considere más conveniente, pero, una vez a solas, se duerme y se le aparece la imagen de San Juan para devolverle las llaves de la ciudad y reprocharle su rigor. El estado de turbación se acrecienta porque los turcos, comandados por el soberbio Mostafá y el renegado Pirro, ya están sobre el muro.
Al otro lado de la muralla los sitiadores se preparan para el combate con la inestimable ayuda del tártaro Caribe, que es en realidad don Juan, hermano de doña Isabel y esposo de doña Ana. Entre los de Rodas sobresale don Tello, que defiende con valentía una parte del muro que ha sido abatida, hasta que finalmente cae herido y en poder del gran Turco. Sin posibilidad de negociación sólo se permite que uno de los caballeros de San Juan acompañe a don Tello en el periodo de cura, y la elección recae en el comendador don Juan Campuzano, es decir, en doña Aña de Aguilar.
También la confusión se hace presente entre los turcos porque en otro punto de la muralla son ellos los que se han llevado la peor parte. La llegada de María Adalifa, vestida en hábito de armenia, y su hijo Juan, en principio, no despierta sospechas. Ella explica que su hijo carece de juicio y razón, por lo que lo ha llevado hasta allí para entretenimiento del gran Turco: el muchacho lo confirma con una sarta de incongruencias, en el fondo cargadas de doble sentido. Como lo toman por loco, los turcos explican los planes de guerra en su presencia, mientras el muchacho no para de escribir. El renegado Pirro, que no es otro que Jácome, ha reconocido a su mujer y está celoso porque el gran Turco ha mandado que la lleven a su tienda.
Tal como estaba previsto, el comendador Campuzano, es decir, doña Ana de Aguilar, va al campamento turco para visitar a don Tello, aunque la casualidad quiere que antes se encuentra con un bello turco que ansía confesarle su historia: en realidad se llama Isabel y es una dama sevillana que se desposó en secreto con Diego Tello, hijo de un veinticuatro; el padre procuró estorbar la relación dando a su hijo el hábito de San Juan Bautista y el destino de Rodas, por lo cual ella tomó el vestido de su hermano Juan y marchó tras el falsario; en aguas del Mediterráneo cayó en poder del moro Braymo, quien concertó cambiar su identidad para que viviese encubierta como Audalla, sobrino y capitán del gran Turco. El comendador Campuzano ve tan encandilada a la bella Isabel que no tiene más remedio que confesar sus andanzas: paradójicamente ella, doña Ana, es también una mujer, sevillana y cuñada de Isabel, que ha protagonizado un bizantino periplo; don Juan, el Caribe, ha venido tras los pasos de su hermana Isabel, y doña Ana, su esposa, temiendo que la ausencia enfriase el corazón del muchacho, ha venido tras don Juan disfrazada de soldado.
Entretanto el loquillo Juan lanza piedras con una honda: los turcos creen que apedrea a los cercados, pero él está avisando a los sitiados de los movimientos de las tropas enemigas.
Jornada 3
La situación en Rodas es extremadamente delicada. Los mejores guerreros han muerto casi todos y otros se han pasado al enemigo, entre ellos, frey Tártaro; la muralla está casi derruida, la pólvora y la comida escasean y tampoco hay esperanza de socorro. Para colmo de males, el caballero Castro y su esclavo han pegado fuego a la ciudad y han huido de Rodas cargados de joyas; en su fuero interno querían vengarse de la soberbia del maestre. Desde el lado turco alguien lanza una piedra con un mensaje advirtiendo que los turcos están cavando minas en las torres de San Juan y de San Nicolás. El maestre manda enterrar allí calderos y tambores para que resuenen, pero más tarde admite que si en el plazo de tres días el cielo no le concede la victoria, el pueblo de Rodas podrá entregarse a los turcos.
Paulatinamente los cristianos que viven en el lado turco ventilan sus diferencias. Pirro se confiesa cristiano de corazón y María Adalifa lo perdona y le explica la falsa locura del hijo de ambos. Por otra parte, el tártaro Caribe acomete con la espada a don Tello porque quiere saber el paradero de su hermana Isabel; don Tello reconoce a don Juan en el tártaro y le reclama la honra de su prima hermana Ana, que salió de Sevilla siguiendo a don Juan porque lo consideraba su esposo. Entonces doña Isabel, disfrazada de turco, y doña Ana, vestida como comendador de Rodas, descubren sus verdaderas identidades y se reconcilian con sus cónyuges. Ante la llegada del gran Turco, las tres flamantes parejas confían en que don Juan sepa sacarlos de allí en paz y amistad.
El gran Turco sólo vive pendiente de la guerra. Aunque se alegra de la traición de Castro, ordena que lo entreguen a los cruzados de Rodas para que pague su culpa, y la hacienda del aleve se la regala a don Tello. Cuando ya frey Tártaro se apresta a embestir la ciudad de Rodas, se presenta el maestre Lisladano a caballo con lanza y adarga para proponer un combate personal entre los dos jefes. Solimán rechaza el reto y envía a Mostafá y al loquillo Juan para que negocien la rendición; en el fondo teme que el rey de España, que tiene preso a Francisco I de Francia, envíe socorros.
En el interior de la ciudad la marcha de la guerra es inexorable. Aunque le han robado al enemigo ciento cuarenta barriles de pólvora, el maestre acepta redactar las condiciones de la rendición. El loquillo Juan, que declara ser el que lanza las piedras, aconseja al maestre que pida sin temor, que todo lo han de aceptar los otomanos.
La noticia de que cinco bajeles españoles han roto el cerco y traen socorro a los de Rodas irrita al gran Turco, que ordena ajustar la capitulación de la ciudad aceptando las exageradas condiciones de los sitiados. Don Juan, el tártaro, aprovecha el malestar del gran Turco para hacerle una proposición: él promete afrentar a los cruzados y rebajar su soberbia haciendo que se arrodillen ante el nombre de su dama; a cambio pide la libertad de siete personas que están en el campo turco.
En ese momento los cruzados salen de Rodas porque van a entregar la ciudad: al frente el maestre Lisladano y los comendadores con el estandarte y las reliquias de San Juan Bautista. A su encuentro se dirige don Juan a caballo, con lanza y adarga; en el escudo trae retratada a Nuestra Señora cubierta con un tafetán; dice ser tártaro y pide a los cruzados que se arrodillen y confiesen que la dama a la que él sirve es la más noble de todas. Entonces descubre el retrato de la Reina de los Ángeles y los cruzados cayendo de hinojos confiesan su misma veneración.
Don Juan reconoce ser cristiano ante el Gran Turco y el maestre, y pide la libertad de sus amigos: de su hermana Isabel, encubierta como capitán y sobrino del gran Turco, de doña Ana, disfrazada de comendador Campuzano, de la armenia María Adalifa y de su marido Pirro, de don Tello, su cuñado, y de Juan el loquillo. El gran Turco, habiéndoselo prometido, acepta resignado las condiciones del convenio.