TRAICIÓN BIEN ACERTADA, Comedia famosa de, LA
DATOS BIBLIOGRÁFICOS
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Título: TRAICIÓN BIEN ACERTADA, Comedia famosa de, LA. Procedencia: Parte 1; P1; P2
Autoría
Autor: Félix Lope de Vega y Carpio. Fiabilidad: De autoría fiable
Peregrino
Citado en El peregrino I: Sí
Citado en El peregrino II: Sí
Parte
Parte I (1604)
Manuscrito
No consta
Otras ediciones del siglo XVII
No consta
Colecciones modernas
Ref. bibliográfica: E. Cotarelo et al. eds.: Obras de Lope de Vega publicadas por la Real Academia Española [nueva edicion] (Con prólogos de E.Cotarelo y Mori y otros, 13 vols.). Madrid, RAE, 1916-1930. X.
Ref. bibliográfica: Paloma Cuenca Muñoz y Jesús Gómez: El teatro de Lope de Vega. Madrid, Editorial Turner-Fundación Castro, 1993 ss. III.
Ref. bibliográfica: PROLOPE. Alberto Blecua y Guillermo Serés (directores): Lope de Vega, Comedias. (Edición crítica de las Partes de Comedias de Lope de Vega). Lleida, Milenio, 1997 ss. I, 2.
Ref. bibliográfica: VVAA: Teatro Español del Siglo de Oro (Base de datos de texto completo publicada en CD-ROM). ProQuest LLC, Chadwyck-Healey, 1997.
Observaciones:
La edición de La traición bien acertada incluida en Comedias de Lope de Vega, Parte I, 2, publicadas por el grupo Prolope, corre a cargo de Agustín Sanchez Aguilar y Nil Santiáñez-Tió.
La edición de la Academia Nueva corre a cargo de Ruiz Morduende.
Ediciones singulares modernas
No consta
Versiones y traducciones
No se conocen
Bibliografía secundaria
- Arellano, Ignacio. "Casos de honor en las primeras etapas del teatro de Lope de Vega". Arellano, Ignacio. El arte de hacer comedias. Estudios sobre teatro del Siglo de Oro. Madrid: Biblioteca Nueva. 2011. p. 91-122.
Nota: Utiliza ejemplos de cerca de 30 comedias de Lope. Ed. anteriormente en: Anuario Lope de Vega, IV (1998), p. 7-31.
- Millán, José Antonio. "La traición bien acertada: digitalización pública de obras sin derechos". El profesional de la información. núm. 2. p. 151-154. 2007.
Nota: vol. 16.
- Vaccari, Debora. "Máscara fue mi locura, mis mudanzas acabé: las máscaras en el teatro del primer Lope". Lobato, María Luisa. Máscaras y juegos de identidad en el teatro español del Siglo de Oro. Madrid: Visor Libros. 2011. p. 189-205.
ANOTACIONES PRAGMÁTICAS
Ver / Ocultar secciónDatación
Fecha: 1588?-1595
Ref. bibliográfica: Morley, S. G.; Bruerton, C.: Cronología de las comedias de Lope de Vega (La 1ª edición, en inglés, es de 1940). Madrid, Gredos, 1968. 260.
Dedicatorias
No existe dedicatoria.
Cómputo de versos
Número: 2859
Ref. bibliográfica: Morley, S. G.; Bruerton, C.: Cronología de las comedias de Lope de Vega (La 1ª edición, en inglés, es de 1940). Madrid, Gredos, 1968. 58.
Número: 2861
Ref. bibliográfica: PROLOPE. Alberto Blecua y Guillermo Serés (directores): Lope de Vega, Comedias. (Edición crítica de las Partes de Comedias de Lope de Vega). Lleida, Milenio, 1997 ss. I-2, 709.
CARACTERIZACIONES
Ver / Ocultar secciónPersonajes no computables
Personajes computables
Universo social
Tiempo histórico
Época contemporánea
Nota: Se hace referencia a Felipe II en el verso 2422.
Marco espacial
Jornada 1
Topónimo: Nápoles. [Italia]. Europa. Espacio: Calle ; exterior de la casa de Policena; ventana de Policena; posada del capitán; camino de Nápoles a Roma; interior de casa de Policena.
Jornada 2
Topónimo: Nápoles. [Italia]. Europa. Espacio: calle; casa de Policena, interior; ventana de Policena.
Jornada 3
Topónimo: Nápoles. [Italia]. Europa. Espacio: campo en las afueras, donde se celebra un duelo; calle ante la casa de Policiana; peña; una alquería en el monte; interior de casa de Policena.
Duración
Jornada 1: 1 día
Jornada 2: 2 días
Jornada 3: 1 día (aprox.)
Género
Género principal:
- Comedia > universo de verosimilitud > urbana.
Extracto argumental
Jornada 1
Tras herir a Gerardo, un caballero noble que se había jactado de gozar a su hermana, don Antonio, acompañado por su amigo don Juan, se ha visto obligado a escapar de Granada. En su huida, han llegado hasta Nápoles. Allí, don Antonio lee en voz alta una carta en la que se dice que Gerardo no piensa perseguir a su agresor. Desconfía de ello don Juan y recomienda a su amigo continuar hasta Roma, corte donde podrán pasar más desapercibidos. Se niega sin embargo don Antonio a abandonar Nápoles. Don Juan no comprende la poderosa razón que parece unir a su amigo a la ciudad en la que no llevan ni diez días e imagina que su apego es más bien necesidad de no alejarse más de su tierra. Don Antonio confiesa entonces la verdadera razón de su resistencia a dejar Nápoles: se ha enamorado de Policena, una de las hijas del barón Virginio, notable y rico napolitano. Don Juan, enterado de la alta y rica condición de la dama, trata de disuadir a su amigo, caballero pobre, del intento: Vos pobre, vos extranjero; / ella rica y natural; / no va muy bien, sino mal. Sin embargo, don Antonio no piensa desistir.
Frente a la casa de Virginio están apostados Favila, ‘truhán’, y Darinto, un criado, comentando la presencia en la casa del conde Otavio de paso hacia Roma, aunque seguramente inclinado hacia una de las hijas del barón. Don Antonio, cuando se queda solo el truhán, se acerca a él, se presenta como poeta español y pregunta si en la casa querrán escucharlo. Favila, con divertida efusión, se confiesa igualmente poeta de improviso y se abraza a su colega. La inmediata familiaridad que se establece entre ellos facilita que el truhán ofrezca a don Antonio, que se finge sin posada, su propio aposento.
Sale de la casa en ese momento el conde Octavio, ya presto a partir, y tras él Viriginio y sus dos hijas, Camila y Policena, que lo despiden con grandes muestras de cortesía. Hacia la mayor de ellas, Policena, parecen inclinarse los gustos del conde. Favila, aprovechando la afición de Octavio a la casa, consigue de éste un anillo. Cuando se marcha el conde y el barón se retira, Favila presenta a las damas a su nuevo amigo, que improvisa de inmediato un romance para ellas. En él, Antonio refiere su propia historia en tercera persona; no omite, claro está, la atracción que el famoso caballero granadino que protagoniza el romance siente por la mayor de dos bellísimas hermanas. Mientras describe la creciente y complicada pasión parece caer desmayado. Las damas, sobresaltadas, envían a Favila a por agua mientras ellas se ocupan de don Antonio, que se restablece de inmediato del vahído simulado, y confiesa a las damas ser él mismo el protagonista del improvisado romance; Policena es la dama. La treta debía haberle servido, al menos, para declararle su amor. Policena se molesta tremendamente con el forastero y le ordena marcharse, pese a las palabras de Camila, que trata de congraciar a su hermana con tan gentil caballero. Al final, Policena admite en aparte que la presencia de don Antonio le ha alborotado el pecho y envía a Favila, que acaba de llegar con el agua, en busca del galán. Utiliza para ello el pretexto, inventado, de que el español le ha robado un anillo.
En la posada donde se alojan don Juan y don Antonio, un Capitán ofrece a éste último la bandera de un Alférez que regresa a España. En la milicia podrá guardarse mejor de una posible venganza de Gerardo quien, opina el Capitán, de seguro no ha renunciado a lavar su afrenta. Don Juan también entrará en el ejército como soldado. La conversación es interrumpida por la llegada de Favila con un alguacil. El truhán acusa a don Antonio de ladrón y el resto de españoles, en defensa del señor don Antonio, no toleran que se calumnie de semejante manera a un caballero y propinan pellizcos, coces, puñetazos y empujones al aturdido Favila.
En casa del barón, Policena se entretiene comprobando el implacable avance de su error, esto es, de sus sentimientos amorosos hacia don Antonio, cuando aparece el apaleado Favila. El truhán refiere la fiereza con la que los españoles salieron en defensa del supuesto ladrón, en realidad caballero. La condición noble de don Antonio alegra a Policena y la decide a entregarse por completo al amor. La dama confiesa a Favila el engaño, la atracción mutua entre ella y el español, y le entrega un anillo en recompensa por su feliz averiguación. Acto seguido, le pide que comunique a don Antonio que desea hablarle esa noche a través de las ventanas. El truhán, precavido, le pide que lo ponga sobre papel para evitar posibles reacciones violentas contra él: dame aqueso por escrito, / no crea que es otro engaño, / y llore por todo un año / lo que por ti solicito.
Entretanto, el conde Octavio, a la mitad del camino a Roma, ha decidido deshacer lo avanzado y volver a Nápoles, cerca de Policena, con la excusa de que hay pestilencia en Roma. Esa noche, todavía desapercibida su presencia, pretende, embozado, hacer el terrero a la dama y declararle su amor.
Don Juan y don Antonio, por su parte, esperan junto a la ventana de Policena. Don Juan teme una traición, algo extrañado de que la historia de amor haya evolucionado con tanta velocidad. No hay, sin embargo, engaño, como lo demuestra la presencia de la dama en la ventana. El tierno diálogo de la pareja es interrumpido por la presencia de gente, el conde Octavio y Firmio, rondando minuciosamente el lugar: Hasta el techo de su casa / reconociendo pasó, apunta don Juan. El conde pretende averiguar quién es la dama que está siendo galanteada y vuelve a pasar. Don Antonio inquiere la identidad del enfadoso paseante; lo propio hace el conde. Ambos meten mano a las espadas y cae Octavio herido.
Jornada 2
A la mañana siguiente Firmio hace saber al barón Virginio el retorno de su señor. La reyerta nocturna ha ofrecido la posibilidad al conde de inventar una historia para su regreso: fue atacado por unos ladrones y salvó la vida milagrosamente. Virginio ruega a Firmio que traiga al conde a hospedarse en su casa hasta que se restablezca por completo: el Conde, con aqueste engaño / de la herida ha sacado aquesta cura.
Don Antonio, sabedor de que el conde ha resultado herido (sabe que fue a él a quien hirió, aunque no se nos explica cómo lo ha descubierto), se presenta ante Octavio, luciendo su condición de alférez, y le ofrece su espada, de alguna sangre y honra llena, como defensa. Octavio se siente de inmediato inclinado hacia el español y le ofrece su amistad, su casa y su mesa, es decir, las de Virginio, además de un caballo. A continuación, Camila y Policena salen a recibir al conde y a interesarse por su estado de salud. Policena rechaza discretamente los requiebros de Octavio y le pide a éste que se deje guiar por Camila hasta el lugar donde lo aguarda Virginio. Ella, mientras, permanece junto a don Antonio, que le explica su ardid de entrar al servicio del conde, ahora que va a alojarse en casa del barón, y poder así permanecer cerca de ella. La pareja se explaya en la expresión de su mutuo amor.
Ha llegado a Nápoles, disfrazado de villano y dispuesto a vengarse, Gerardo, el hidalgo granadino al que don Antonio hirió. Explica al capitán Dionisio, un antiguo amigo, que piensa matarlo, cuando esté más descuidado. El capitán corrobora la presencia de don Antonio en Nápoles y explica que ha dado en servir a la hija de un gran barón, en cuya casa permanece día y noche, situación que puede aprovechar Gerardo para darle muerte ese mismo día con una escopeta que oculta bajo su disfraz.
Por otra parte, el conde Octavio ha cobrado tal amistad a don Antonio que le descubre no sólo su amor por Policena, la verdadera razón de su vuelta a Nápoles, sino también la verdad sobre sus heridas: la reyerta con un galán desconocido, probablemente de honrado brazo, cuando rondaba el terrero de la casa del barón. Esa misma noche quiere volver al lugar, en compañía del alférez, para reencontrarse con su agresor. En ese momento son sorprendidos por la llegada de Gerardo y el capitán Dionisio. En cuanto está frente a don Antonio, Gerardo lo encañona. Octavio, haciendo gala de la enorme amistad que profesa al alférez, sitúa su cuerpo entre éste y la escopeta. El capitán reconoce entonces al conde y le pide que ayude al agraviado hidalgo granadino. Gerardo termina bajando el arma, a petición de su amigo Dionisio, mientras don Antonio recalca la cobardía, indigna de un hidalgo, de rechazar el combate cuerpo a cuerpo. Ambos se retan y la autoridad del conde, como juez, concluye que las diferencias entre los caballeros se resolverán al amanecer en desafío de sola capa y espada. Ambos caballeros juran ante la cruz del acero respetar las condiciones impuestas por Octavio.
Favila logra apartar al conde de don Antonio (sin dejar de recibir recompensa, esta vez un traje) y comunica al alférez que Policena lo espera asomada a la ventana. Enterada del desafío acordado, la dama se muestra preocupada por el posible daño que su amado pueda recibir, aunque, como noble, entiende las obligaciones de honor que fuerzan a don Antonio a batirse. El español tranquiliza a su amada y aprovecha el encuentro para explicarle que esa noche debe acompañar a Octavio frente al galán que la corteja: esta noche a esta reja lleva intento / de que matemos quien le dio la herida; / ¡mirad si podré yo matar mi vida!.
Llegada la noche, junto a la ventana de Policena, don Antonio comenta con don Juan el ataque de Gerardo y la valentía con la que Octavio se interpuso entre él y la escopeta. En pago a tanta nobleza, sin embargo, deben don Antonio y don Juan engañarlo esa noche. Pese a sus protestas, sobre todo al saber la cantidad de armamento que piensa desplegar el conde, don Juan fingirá ser el galán que ronda a Policena y será acometido por don Antonio. Se arrima don Juan a la ventana y se reúne don Antonio con Octavio y Firmio. Mientras estos tres preparan el ataque, don Juan tiene tiempo para conversar con Policena. Casi la sola voz de la dama enamora perdidamente a un desconcertado don Juan: Lo poco que puedo vella, / y aquel hablar extremado, / me va llevando colgado / la vida y alma tras ella, confiesa en aparte. Policena se muestra preocupada por el resultado del duelo y don Juan le propone una industria para que conozca lo más rápidamente posible su desenlace: colocará una banda blanca al pie desta torre si es feliz; negra, si es fatal. No hay tiempo para más, los tres embozados se abalanzan sobre don Juan, que cae fulminado tras una fingida estocada de don Antonio. Octavio quiere comprobar la identidad del malogrado rival, pero don Antonio lo conmina a abandonar la escena del supuesto crimen lo antes posible. Tras esto, se levanta don Juan y se queja, no de la falaz herida, sino de los ¡Malditos […] oídos / que dan amor más que ojos!.
Jornada 3
A la mañana siguiente, aprovechando las fiestas napolitanas, tiempo de saraos y de festines / de máscaras, disfraces y de juegos… el conde, don Antonio, don Juan y Favila, entre otros, salen de la ciudad enmascarados hasta el lugar donde debe producirse el duelo. Ninguno parece dudar de la victoria de don Antonio y por esta razón encarga Octavio a Favila que la casa del barón reciba ricamente adornada al alférez victorioso. No tarda en aparecer otra máscara con el capitán Dionisio y con Gerardo. La victoria de don Antonio es rápida y fácil, para desesperación de Gerardo, que queda con vida: ¿cómo es posible que a Granada vaya / un hombre que salió a buscar su honra, / y con menos que trajo, ahora vuelva?. Favila se adelanta a cumplir el encargo de Octavio, aunque don Antonio considera innecesario festejar tan fácil victoria sobre un rival al que, por lo demás, ya venció en Granada.
Don Juan es, empero, el primero en llegar a la casa del barón para anunciar a Policena, tal y como acordaron, el desenlace del duelo. Don Antonio, reflexiona don Juan, ha salido victorioso, pero él mismo ha quedado vencido por su afición a Policena, así que decide, entre dudas, autorreproches y exculpaciones, fingir que su amigo ha sido derrotado y coloca banda negra al pie de la torre. Policena pregunta si murió su amado y don Juan le comunica que fue vencido, pero no muerto, y debe cumplir, por tanto, la condición impuesta por el vencedor de salir inmediatamente desterrado. Según la falsa historia, Don Antonio, sentado en un canto, habría imaginado la enorme felicidad que supondría que su amada tuviera el valor de acompañarlo hasta España, donde podrían casarse. No hay dudas en el pecho de Policena: Señor don Juan, esperadme, / que yo bajo, sin temor / de padre, vida y honor. Vestidilla de paje y con una máscara se reúne con don Juan justo antes de que la treta de éste quede desbaratada por la llegada de Octavio y don Antonio. Todavía alcanzan éstos a ver a don Juan y al pajecillo enmascarado.
Ninguna fiesta recibe al vencedor en casa de Virginio. Nadie se asoma siquiera a la reja. Pronto informa Firmio del alboroto que se ha apoderado del interior de la casa: gritan las criadas, llora Camila, Policena no aparece. Si no está en la casa, quizás haya caído al pozo. Todo parecen ser negras perspectivas. Don Antonio, a solas, la cree muerta.
Policena y don Juan, entretanto, ya han llegado a la peña en la que supuestamente don Antonio había quedado lamentándose. Don Juan explica a Policena que irá a buscar a don Antonio por los alrededores, aunque primero preguntará al dueño de una alquería si ha visto algún hombre rondando por la zona. El pastor no ha visto a nadie en diez días. Don Juan, en tanto que simula buscar a su amigo en lo fragoso del monte, encomienda el cuidado de Policena al pastor, para quien no ha pasado desapercibida la belleza del supuesto pajecillo. La mala conciencia empieza a obrar en él, que confiesa que, desde que Policena está en su poder, no sabe si por temor al seguro castigo o porque no es de cerca tan hermosa, ha empezado a aborrecerla y a arrepentirse de la gran maldad hecha al amigo.
En Nápoles, el Gobernador y Virginio esperan que sea efectivo el pregón que se ha dado en la ciudad. Virginio ofrece cuatro mil ducados al hombre que le devuelva con vida a su hija, y si fuere su igual en sangre se la dará también por esposa. Semejante recompensa moviliza graciosamente a Favila, siempre dispuesto a sacar provecho: Denme a cuenta desos ducadillos / algún dinero, que a buscarla parto. No es el pregón la única diligencia que Virginio tiene en mente para recuperar a su hija, también piensa visitar a un mágico o sortílego. El Gobernador, aunque desconfía de tales artes, le acompañará.
La pena ha unido al conde y a don Antonio en muy estrecha amistad, tanta que Octavio le ofrece marcharse con él lejos del lugar donde tanto bien perdió y tantas cosas se lo recuerdan. El generoso conde le dará rica cama y suculenta mesa, además de la llave de sus secretos y de sus arcas. La sincera declaración de amistad del conde abre el corazón de don Antonio, que se dispone a confesarle, toda vez que Policena es muerta, algo que Octavio se adelanta a preguntar: ¿Amábasla?. Asiente don Antonio y declara su intención de volver a España, arrepentido por su inclinación por una dama a la que amaba tan generoso señor. Octavio, en un nuevo alarde que demuestra la valía de su pecho, explica a don Antonio que, de estar viva Policena, se la cedería. Con un abrazo se despiden los amigos y el conde ofrece a don Antonio una banda, como recuerdo y, conociendo su escasa bolsa, quinientos ducados. El español, del todo vencido, decide finalmente partir con Octavio. Queda don Antonio pensativo y avergonzado por haber herido a tan noble príncipe.
Don Juan se reúne entonces con su amigo y le ofrece a Policena, lo que lleva aparejados, gracias al pregón, cuatro mil ducados. Don Juan miente a don Antonio explicándole que la sacó disfrazada de la ciudad para que presenciara el desafío. La alegría de don Antonio es incontenible y don Juan se felicita en aparte por su invención: ¡Bien acertada traición! / Con esto queda también / el secreto sepultado, / que de un gran mal he sacado / tan grande suma de bien.
Cuando se ha marchado don Juan en busca de la dama, se reencuentran don Antonio y Octavio. El español comunica exultante al conde que tiene a Policena. Octavio considera, apenado, que su amigo ha perdido el seso. El otro insiste y se la ofrece para igualar su pasada generosidad. Duda el conde de la cordura de su amigo y ambos acuerdan que, si estuviera viva Policena, sería esposa de don Antonio.
Todos reunidos, don Antonio comunica a Virginio que tiene a la dama, y el barón, con gran alegría, le ofrece los cuatro mil ducados. Quiere la mano el español, que proclama que su sangre iguala a la de Virginio, algo que Octavio se adelanta a fiar y garantizar. Llega don Juan acto seguido, con ánimo de broma, y comunica que Policena ha escapado. Don Antonio pide la muerte y don Juan desvela el juego y a Policena, que no delata a don Juan y explica que salió para cierta hazaña / y no acertaba a volver . A nadie parece importar la coherencia de la explicación, contentos todos por encontrarla con vida.
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