HIJO POR ENGAÑO Y TOMA DE TOLEDO, Comedia famosa, EL
DATOS BIBLIOGRÁFICOS
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Título: HIJO POR ENGAÑO Y TOMA DE TOLEDO, Comedia famosa, EL. Procedencia: Doce comedias nuevas...
Título: EL HIJO POR ENGAÑO, CERCO DE TOLEDO Y REY DON ALFONSO DE LA MANO HORADADA, Famoso caso y razonable comedia. Procedencia: ms.
Título: HIJO POR ENGAÑO MUERE Y TOLEDO SE GANA, EL. Procedencia: Final del Acto III
Observación: Existe una comedia burlesca de Vélez titulada El rey don Alfonso el de la mano horadada, que no es esta obra
Autoría
Autor: Félix Lope de Vega y Carpio. Fiabilidad: De autoría dudosa
Observación: Para Acad., puede que se trate de una refundición de El cerco de Toledo que aparecía en P1.
Arjona ("Ten plays attributed to Lope de Vega", Hispanic Review, XXVIII, 1960, pp. 310-40), siguiendo criterios ortológicos, llega a la conclusión de que no es de Lope
Peregrino
Citado en El peregrino I: No
Citado en El peregrino II: No
Parte
No presente en la colección de Partes de Lope de Vega
Manuscrito
Tipo: Copia
Localización: Madrid, Biblioteca Nacional (España)
Ref. bibliográfica: A. Castro y H. A. Rennert: Vida de Lope de Vega (1562-1635) (Notas adicionales de F. Lázaro Carreter). Salamanca, Anaya, 1969. 468.
Nota: Signatura: Mss. 15.339
Otras ediciones del siglo XVII
Título: EL HIJO POR ENGAÑO Y TOMA DE TOLEDO
Colección: Doce comedias de Lope de Vega Carpio, y otros autores. Segunda Parte (Barcelona, Geronimo Margarit, 1630)
Atribución: Lope de Vega
Ref. bibliográfica: Biblioteca Nacional (España). Junta Nacional del III Centenario de la muerte de Lope de Vega.: Catálogo de la Exposición Bibliográfica de Lope de Vega. Madrid, Biblioteca nacional, 1935. 103.
Nota: BNE, Signatura: R-23.136
Colecciones modernas
*Ref. bibliográfica: Menéndez Pelayo, M., ed.: Obras de Lope de Vega publicadas por la Real Academia Española. ( 15 vols.). Madrid, RAE, 1890-1913. VIII (BAE, CXCVII).
* Edición utilizada
Ediciones singulares modernas
No consta
Versiones y traducciones
No se conocen
Bibliografía secundaria
- Arjona, J. H.. "Ten Plays Attributed to Lope de Vega". Hispanic Review. núm. 28. p. 319-40. 1960.
- Castillejo, David. "El hijo por engaño de Lope de Vega". Boletin de la Real Academia Espanola. núm. 65, 234. p. 143-175. 1985.
ANOTACIONES PRAGMÁTICAS
Ver / Ocultar secciónDatación
Fecha: 1596-1600
Ref. bibliográfica: Morley, S. G.; Bruerton, C.: Cronología de las comedias de Lope de Vega (La 1ª edición, en inglés, es de 1940). Madrid, Gredos, 1968. 479.
Dedicatorias
No existe dedicatoria.
Cómputo de versos
Número: 3173
Ref. bibliográfica: Morley, S. G.; Bruerton, C.: Cronología de las comedias de Lope de Vega (La 1ª edición, en inglés, es de 1940). Madrid, Gredos, 1968. 478.
CARACTERIZACIONES
Ver / Ocultar secciónPersonajes no computables
Personajes computables
Universo social
Tiempo histórico
Edad Media
Nota: La acción transcurre durante el reinado de Alfonso VI (1065-1109), en particular los años de disputa con Sancho (1065-1072).
Marco espacial
Jornada 1
Topónimo: León. [España]. Europa. Espacio: exteriores; muro de Santa Clara; convento de San Facundo.
Jornada 2
Topónimo: Toledo. [España]. Europa. Espacio: palacio real; jardín.
Jornada 3
Topónimo: Toledo. [España]. Europa. Espacio: jardín; palacio; a los pies de la muralla.
Topónimo: León. [España]. Europa. Espacio: una aldea a diez millas.
Duración
En realidad, tenemos dos indicaciones diversas sobre la duración total de la obra. La pequeña Urraca, recién nacida en el primer acto, dice en el tercero tener doce años; sin embargo, don García, moribundo, dice, también en el tercer acto, haberla dejado en una aldea de León al cuidado del labrador Simón quince años antes.
Jornada 1: 2 días (aprox.). Nota: Aproximadamente dos días, con acciones en la noche también.
Jornada 2: 1 día (aprox.)
Jornada 3: 15 años (aprox.). Nota: Comienza la jornada el mismo día que la anterior, pero para la escena siguiente han pasado quince años.
Género
Género principal:
- Drama > historial > profano > hechos famosos públicos > España > medievales.
Extracto argumental
Jornada 1
No ha pasado mucho tiempo desde que don Fernando I el Grande, rey de Castilla y de León, repartiera sus dominios entre sus hijos: a Sancho le correspondió la corona de Castilla; a doña Elvira, Toro; a Urraca, Zamora; a don García, el reino de Galicia, creado a tal efecto; y a don Alfonso, la corona de León. Semejante reparto despertó gran recelo en el hermano mayor, don Sancho, que pensaba heredar un reino unificado: "porque mi padre no pudo/ distribuir lo que es mío". Por ello, ha invadido y usurpado las posesiones de su hermano Alfonso, rey de León, que le reprocha su desobediente actitud, y se dispone a hacer lo propio con el reino de Galicia y la ciudad de Zamora.
Don Alfonso, prisionero, tilda a su hermano de Caín y se apresta a recibir la muerte de manos del "tirano" que lo ha despojado de su reino. La airada intervención de don Alfonso es interrumpida por la entrada del conde don Fernando Ansúrez, que anuncia al rey de Castilla la llegada del abad de San Facundo. En vez de derramar más sangre, don Sancho ha creído conveniente que don Alfonso profese en San Facundo de Cistel y que su mujer, doña Constanza, tome los hábitos en Santa Clara. Don Alfonso se queja amargamente por la vocación impuesta y muestra preocupación por sus hijos, don García, bastardo, y el que está a punto de nacer, legítimo, del vientre de doña Constanza. Don Sancho se compromete a ocuparse de ellos, pero don Alfonso no cree que el mismo hombre que ha sido mal hermano llegue a ser buen tío, y lanza contra él severas maldiciones: "La grana que vestir sueles/ hallen los tuyos sangrienta;/ dardos te arroje crueles/ un hombre de poca cuenta/ para que no te receles". Sin embargo, a continuación, se sosiega y acepta el hábito, no sin solicitar una vez más a don Sancho que se ocupe de sus hijos y trate con decoro a su esposa: "Mi Real/ palabra te doy en prendas", ofrece don Sancho en respuesta.
No obstante, los temores de don Sancho se han desatado tras escuchar las maldiciones de su hermano, por lo que decide tomar medidas drásticas para conservar la corona de León, una vez desacatada la voluntad de su padre. Ordena al conde que envíe espías que lo avisen del nacimiento de la criatura que espera doña Constanza, pues piensa darle muerte. Fernando Ansúrez se jura a sí mismo no consentir semejante crueldad. A continuación, don Sancho da orden a su ejército de partir hacia Zamora para cercarla.
De noche, don García se halla a los pies del muro de Santa Clara, enviado por su padre con una carta para doña Constanza. Antes de comunicarse con la dama, condena la actitud de don Sancho, desobediente a su padre, y, en un arranque de valor, lanza gritos de desafío al completo ejército del invasor, al que maldice y augura una muerte pronta. Se asoma la reina y, por medio de una cuerda, desciende una canasta que contiene el libro, le dice, de sus sucesos desdichados y un valioso joyel que pretende hurtar don Sancho y que deberá don García poner a buen recaudo. El muchacho recoge el contenido de la cesta y deposita en ella la carta de don Alfonso. En realidad, la reina, no tarda en descubrirlo don García, le ha encomendado la niña que ha parido apenas una hora antes, y le ordena depositarla en manos de alguna aldeana honrada. Inmediatamente aparecen Zulemán e Izén, dos moros del séquito del embajador de Toledo, y lo prenden; el primero pretendía mostrar su valor a Zayda entregándole un leonés cautivo. Ahora bien, permitirán a don García dejar la niña en algún aldea.
La noche en el monasterio de Cistel agita el corazón de don Alfonso, que no siente ninguna inclinación por la vida religiosa, ya que siente la secreta e insistente llamada de la ciudad de Toledo: "Esta ciudad traigo en peso,/ su sombra me desvanece:/ entro donde me confieso,/ y su imagen se me ofrece/ hasta en las cruces que beso". Se dirige en busca de respuesta a la imagen de San Bernardo, patrón de Cistel, antes de quedarse dormido. En sueños escucha a un músico animándolo a la conquista de Toledo; la propia Virgen, que acompaña en la imagen a San Bernardo, lo incita a ganar la ciudad "que perdió el godo postrero". Don Alfonso, ya despierto, se contagia por tal ímpetu y empieza a despojarse de los hábitos. El abad bernardo de San Facundo de Cistel encuentra el hábito blanco que se ha quitado don Alfonso y le exige una aclaración. Éste le explica su nuevo cometido y le promete que será el arzobispo de Toledo; aunque no tiene soldados, encontrará la manera de conseguirlo: "a Toledo voy a ver, / y no voy, padre, a ganalla, / sino a ganar de comer".
Jornada 2
Tras sufrir duro tormento, don García acepta la ley de Mahoma y el nombre de Dragud, por lo que Aldemón, el rey moro de Toledo, ordena festejos públicos y manda que se prepare una gran ceremonia en la mezquita para celebrarlo. Sin embargo, tanta alegría y contento es puesta en entredicho por uno de sus consejeros, Audalla, que lo advierte de un pronóstico fatídico: inexorablemente algún día el reino de Toledo pasará a manos del rey Alfonso que, desposeído del de León por su hermano Sancho, vendrá muy pronto a ponerse a su servicio. Esta fatalidad del cielo sólo admite la dilación; por tanto, lo mejor será tratar a don Alfonso con beneficio y amistad para que nunca regrese a Castilla a por tropa: "Con no dejarle salir,/ se asegura nuestro miedo".
La inmediata llegada del don Alfonso, acompañado por su criado Valdivia, turba la serenidad de Aldemón; reacciona empero el rey de Toledo con presteza recordando las recomendaciones del astrólogo. Simuladamente lo recibe con cordialidad y lo trata con majestuosa generosidad, comentada graciosamente por Valdivia, aunque le hace jurar que nunca saldrá de Toledo sin su licencia. A continuación, los moros le explican que ese día es festivo porque ha abjurado de su fe un mancebo principal que vino de León; don Alfonso se siente alarmado y receloso porque teme que don García, su hijo bastardo, sea el traidor y envía Valdivia para que su identidad. Instantes después, las sospechas se complican cuando recibe la visita del conde Fernando Ansúrez, que viene de parte de la reina Constanza para darle cuenta del nacimiento de una hija y para entregarle un papel a manera de proceso en el que se informa de que doña Juliana, la madre de don García, ha confesado antes de morir que el verdadero padre del muchacho no es don Alfonso, sino el rey de Toledo; en los dos años que estuvo de cautiva en Toledo, Aldemón se aficionó a sus ojos; cuando se encontró embarazada de dos meses, huyó a Castilla y embelesó a don Alfonso para hacerlo dueño del parto.
Valdivia, de regreso tras fisgonear en la mezquita, no se atreve a explicar a su señor la identidad del blasfemo, pero sí le indica que ha negado todos los dogmas de la religión católica, excepto el de la pureza de María. Deseoso de conocer la identidad del "fiel respetador" de la virginidad, don Alfonso invoca el nombre de la Virgen y aparece don García, vestido de moro y colgado de los cabellos; cuando trata de descolgarlo, desaparece.
Zulemán e Izén anuncian a don Alfonso que el rey quiere verlo. Inmediatamente el rey Alfonso acude a un jardín en donde Aldemón conversa con el apóstata, que le dice que no quiere ver a don Alfonso: "Fuera mi rostro un carmín/ de vergüenza si me viera". Don Alfonso, pronto ante él, le afea su nefasta acción y rechaza que lo trate como padre: "¡No soy tu padre, traidor, / que eres mi hijo por engaño!". Después le insinúa al rey moro que quizá ha sido lo más conveniente: "es bien que sea de tu ley, / pues es también de tu casta". Estas palabras recuerdan a Aldemón los amores con la cautiva y el dolor de haber perdido un hijo de su misma edad: "Aquella ingrata/ pienso que preñada huyó". Y expone el deseo de que don García/ Dragud fuera en realidad su hijo y heredara Toledo.
Tantas emociones juntas han fatigado a don Alfonso, que se echa a dormir arrimado a un árbol, pero con los oídos atentos a la conversación de los moros, que discuten sobre las posibilidades de la defensa de la inexpugnable ciudad. Audalla advierte que sólo se podría perder "Si tres veces abrasaren,/ los que a Toledo cercaren,/ huerta, olivares y trigo". Para cerciorarse de que don Alfonso está dormido y que no ha oído nada, Audalla finge que le va a dar con la espada y don Alfonso ni se inmuta; a continuación, el rey Aldemón le tira plomo hirviendo y el rey leonés se deja quemar la mano. Pero se muestra enfadado con tan cruel proceder, aunque a continuación don Alfonso le da a leer a Aldemón los papeles que ha recibido: "un hijo te pienso dar/ en galardón de tu agravio". En su fuero interno, don Alfonso se alegra de conocer el secreto que más le importa: "escuché como despierto/ y sufrí como dormido".
Aparece de nuevo el conde Fernando Ansúrez con la noticia de que don Sancho ha muerto en el cerco de Zamora y de que la reina Constanza ha tomado posesión de los reinos de Castilla y León: "Con diez mil soldados nobles / partió a Castilla la Vieja, / y apoderada de Burgos, / tomó posesión en ella". Aunque sabe que sus súbditos lo están esperando, don Alfonso no traicionará la promesa hecha al rey Aldemón y sólo saldrá de Toledo con su licencia.
Jornada 3
Tras varios intentos frustrados de suicidio, una voz desde lo alto recuerda a don García / Dragud que el favor del cielo lo debe a su creencia en la virginidad de María; entonces se arrepiente de haber ofendido a Dios, y, aunque el rey moro Aldemón le explica que será su legítimo sucesor en Toledo, don García renuncia a tales honores y se entristece al pensar en la infamia que cometió su madre: "¡que haga una mujer/ católica tan gran yerro!". Cuando don Alfonso se presenta en el jardín, porque piensa solicitar licencia para salir de Toledo, don García se abraza llorando a él y declara que quiere seguir siendo su hijo o cuando menos su criado, e incluso está dispuesto a volver a la fe de Cristo. Muerto de celos, Aldemón ordena tres veces a don Alfonso que se vaya: "Tres veces y ciento, vete,/ que tú a mi hijo me inquietas". Con esta licencia, don Alfonso sale esa misma noche de Toledo junto a Valdivia sin miedo a ser tratado de perjuro, y además monta un caballo herrado al revés para dejar pistas falsas.
Entretanto, doña Constanza no quiere volver a León sin la compañía de su marido. Escoltada por el rey de Navarra y por catorce mil infantes y jinetes se dirige a Toledo para liberar a don Alfonso y averiguar asimismo el paradero de su hija. Ha pernoctado en una aldea de León y, agradecida por la hospitalidad de un labrador, le regala una cadena y pide conocer a sus hijos. El labrador se sincera ante la reina: la bella aldeana de doce años, de nombre Urraca, no es hija suya sino heredera de una mujer principal; de pequeña fue entregada por un joven de León; era por julio, el día de la Magdalena, cuando al rey Alfonso le usurparon el reino. Doña Constanza fascinada les pide al labrador y a Urraca que la acompañen.
El bando musulmán de la ciudad de Toledo vive su día más crítico. Izén ha salido en persecución de don Alfonso y sólo ha hallado una huella reciente que entra en la capital. Aldemón teme que haya llegado la hora de perder la ciudad cercada por el Tajo. Para colmo de males, don García / Dragud, desnudo de medio cuerpo, con un haz de leña y un cuchillo (cual segundo Isaac) se ofrece como víctima, reniega de Mahoma, desprecia el Alcorán y afirma que "Cristo es Dios verdadero". Con tales palabras el rey moro Aldemón se siente obligado a sacrificar a don García, por lo que ambos parten hacia el monte para consumar la inmolación: "Ley es nuestra que el blasfemo/ muera al momento por ello".
A las puertas de Toledo se hallan reunidos doña Constanza, don Alfonso y el rey de Navarra. Doña Constanza se ha reencontrado con su marido, que cree que ha llegado el día en que Toledo vuelva a la imperial monarquía. El rey de Navarra se percata del bello rostro de la joven aldeana, pero doña Constanza no quiere descubrir sus sospechas hasta que don García lo aclare todo. Llegado el momento decisivo, don Alfonso ordena prender fuego el campo de Toledo. Los moros, alborotados, se asoman a las murallas y lo acusan de ingrato, pero él replica que el incendio es en pago por la mano horadada por las gotas de plomo. El rey Aldemón, que está a punto de morir, le devuelve la joya regalada: una caja en donde está don García, herido en la garganta y todo ensangrentado. Don Alfonso siente lástima del hijo por engaño, que muere, sin embargo, contento en la ley de Dios: "Como católico muero,/ porque la secta maldita/ del engañoso Mahoma/ nunca la seguí en mi vida". Antes de morir relata a la reina Constanza otro de los asuntos principales: los moros lo prendieron cerca de Santa Clara y él tuvo que entregar la niña a un mayoral honrado en una pequeña aldea a diez millas de León. Han pasado quince años (pequeño error, pues Urraca ha reconocido tener doce) y ha sufrido mil desdichas, pero en el séquito de la reina reconoce a Simón, el padre por encargo. Entonces doña Constanza le descubre la grata noticia a su marido. Los moros le entregan la ciudad a don Alfonso con de tres condiciones: que los que salgan puedan sacar sus haciendas, y que los que se queden puedan vivir en su ley y tener juez aparte. Don Alfonso elige al abad Bernardo por arzobispo y el rey de Navarra pide a Urraca por esposa.