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Supremo Rey de Israel,
ya que cruel tu castigo
tanto ha que pisa la senda,
nunca hollada del delito,
para obligarte a mis iras,
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o darte menos motivos
de que en esta humilde garza,
real neblí, tiñas el pico:
desde el prólogo primero
de mi vida, determino
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ir hojeando los sucesos,
por si los borró el olvido
de tu memoria, aunque en ella
era justo, era preciso,
rey y señor, que estuviese
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encuadernado este libro.
Cuando de escuadras armadas,
de crespos blancos armiños,
en las floridas campañas
era rústico el caudillo,
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siendo bengala el cayado,
y arnés cándido el pellico,
enviaste a Isaí a mi padre
con amorosos indicios,
a rogarle que enviase
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a tu corte, y aunque he dicho
que le rogaste, esta vez
término impropio no ha sido;
que entonces fue el ruego en ti
lícito, pues aunque afirmo
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que tiene en lo temporal
un rey superior dominio,
son tributos reservados
solo para Dios los hijos.
Mas mi padre a tu presencia
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me envió, y los ásperos riscos
que antes pisaba en el monte,
troqué en los jaspes bruñidos
del Palacio, donde hallé
en la púrpura de Tyro
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también escondido el áspid,
cuando engañoso y nocivo
presumí que le dejaba
emboscado en los tomillos.
Aquel espíritu impuro,
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que en ti empezó, fue ministro
de la justicia de Dios,
por haber dejado vivo
al Rey de Amalech:
metió en tu pecho perfidio
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su rabia infernal, haciendo
que airados y enfurecidos
tus ojos, vertiesen fuego,
y no llanto compasivo,
y en tu boca fuesen bascas
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los que iban a ser suspiros.
Mas yo, cuando a tan ardiente
pasión estabas rendido,
manejaba el instrumento,
y tu intolerable abismo,
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de aquel sonoro beleño
blandamente adormecido
se iba quedando, pues prontos
los dedos ya, y ya remisos,
al rebatir de las cuerdas,
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lo que en ellas fue gemido,
sin dilación en tu pecho
se pasaba a ser alivio.
¿Quién creyera que una dulce
cadencia hubiera rendido
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de tan pesada cadena
los eslabones prolijos?
¡Inescrutables secretos
de Dios! pues para este auxilio
ordenó su Providencia
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que en tanto que a su albedrío
mi ganado hollaba el valle,
yo, entregado al ejercicio
sonoro, estuviera en él
tan diestro, que cuando herido
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le sonaba el instrumento
en la quiebra de algún risco,
naturalmente ayudadas
allí de lo insensitivo,
era cada oveja un mármol,
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suspensas al dulce hechizo
del arpa; y si alguna dellas
le interrumpía, medido
el acento de su voz,
con el contrapunto mío,
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aunque a su madre llamaba
con amoroso cariño,
parecían, siendo quejas,
consonancias los balidos.
De las huestes filisteas
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asustado, con las tribus
de Israel fuiste marchando
hacia el valle Terebintho.
Y estando tu campo a vista
del ejército enemigo,
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vimos salir de sus reales
un corpulento prodigio
de estatura formidable;
vestía un arnés, que quiso,
por ser dragón de metal,
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que la fragua y el martillo
se le grabasen de escamas,
con un escudo de limpio
acero cubierto el pecho,
un corvo alfanje ceñido,
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y todo un árbol por lanza,
que sin fatiga o perjuicio
del brazo, de hojas desnudo,
como de estragos vestido,
nacido había en aquel
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monte de miembros macizo.
Plantado entre los dos campos,
a singular desafío
llamaba a uno de los nuestros;
pero todos, escondidos
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entre el temor y el silencio,
no se hallaban a sí mismos.
Y yo, viendo que un profano
idólatra, incircunciso,
cargado de infame duelo
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dejaba el pueblo escogido
de Dios; para el duro encuentro,
licencia, Saúl, te pido;
y aunque dudoso a mi instancia,
me concedes que al peligro
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me arroje, y para el combate
mandas que tu yelmo mismo
me pongan: dasme tu espada:
con respeto me la ciño.
Mas para ver si veloz
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o torpe el acero esgrimo,
hago la prueba, y el brazo,
no acostumbrado al estilo
de tales armas, se halló
tan extraño en su ejercicio,
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que por no ponerlo en duda,
quitándomelas, elijo
cinco piedras de un arroyo,
el cayado al brazo aplico,
la honda rodeo al cuerpo,
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y armado del temple fino
de la fe, que es peto fuerte,
hecho a prueba de peligros,
a vista del filisteo
la verde palestra piso.
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Desprecióme su arrogancia,
pero irritado y movido
de mis razones, dispuso
hacer batalla conmigo.
La honda tomo, y una piedra
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tan cierta a su frente envío,
que juzgue que la sirvió
de precepto el estallido;
con que sus vitales basas
quebradas, al suelo vino
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aquel de naturaleza
desmesurado edificio.
Y quitándole el alfanje,
la cabeza le divido
de los hombros, que en mi mano
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pendió de sus bastos rizos.
Su gente huyó, y en su alcance
tus caballos impelidos
para que se detuviesen
los llamaban a relinchos.
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Este fue mi primer triunfo,
este, Saúl, fue el principio
con que aseguré en tu mano
el cetro, sin otras cinco
victorias que en nombre tuyo
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mi valor ha conseguido,
para establecerte el reino,
que goces felices siglos.
¿Pues por qué, señor, el odio
tanto ha de poder contigo,
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que huyéndole a tu rigor
el rostro airado y esquivo,
me ha de tener siempre el monte
por su huésped foragido?
Cuando de Jerusalén
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salí, y llegué peregrino
a Niobe; Ahimelech,
sacerdote, conmovido
de ver mi hambrienta miseria,
me dio los panes acimos,
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aunque estaban reservados
para los sacros ministros
del templo, porque en la ley
dispensó allí lo preciso
de la piedad; y tú, airado,
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después que te dio el aviso
Doeg Idumeo, que entonces
presente fue al beneficio
mandaste que Ahimelech
fuese pasado a cuchillo
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porque alivió mis trabajos,
con otros ochenta y cinco
sacerdotes del Señor.
¿Qué constitución, qué rito
manda que la caridad
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sea capaz del castigo?
¿Cuándo la piedad fue rea?
¿Cuándo se vio en el suplicio
el hacer bien? ¿Ni qué imperio,
sino el tuyo, ha establecido
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que fuesen las buenas obras
confirmadas por delito?
¿Por qué, señor, me persigues,
cuando en lo leal imito
al can, que pisado acaso
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del dueño, aunque sienta esquivo
dolor, mirándole al rostro,
le saluda con cariños,
lamiéndole el pie, que fue
instrumento fortuito
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de su daño, en vez de dar,
colérico y vengativo,
al desenojo la presa,
y la querella el ladrido?
¿En qué te ofendí? Si acaso
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las finezas, los servicios
son crímenes contra ti,
muchos, Rey, he cometido.
El Señor entre los dos
sea Juez; y si el registro
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de mis cargos fuere cierto,
recto pronuncie el castigo.
La muerte te pude dar
en la cueva, y para indicio
desta verdad, reconoce
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este trozo dividido
de la orla de tu manto;
que la oscuridad y el sitio
permitió que le cortara,
cuando pudiera atrevido
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matarte, y que este sea
el postrero beneficio,
(Sale ABNER.)
y el mayor; porque revoques,
Señor, el decreto impío
de tu indignación, en tanto
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que el aire en su imperio limpio,
la tierra en su vasto seno,
el agua en su centro frío,
el fuego en su esfera ardiente,
son desta verdad testigos;
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pues con leal vasallaje
a tus Reales pies me rindo.