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Seis meses ha que de Flandes,
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Camarón, estame atento,
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que como ha tan pocas horas
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que me conoces por dueño,
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has menester comprender
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mis desdichados sucesos,
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por que los sientas conmigo
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cuando el bien y el gusto pierdo.
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Seis meses ha, como he dicho,
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que llegué a Madrid, habiendo
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servido a su Majestad
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en Flandes muy largo tiempo,
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ocupando en la campaña
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los más peligrosos puestos,
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donde mis obligaciones
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mostraron lo que debieron.
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Las ocasiones y hazañas,
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todas las dejo en silencio,
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que donde amor reina y vive
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y lidian mil pensamientos,
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no consienten, no permiten
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interpolar los sucesos,
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ni los rigores de Marte,
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ni las delicias de Venus.
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Todo este tiempo he gastado
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presentando en el Consejo
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de la Guerra memoriales
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solicitando algún premio
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a los servicios continuos
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con que a muchos les di ejemplo,
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pasando por los trabajos
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de las nieves del enero,
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de los calores de julio;
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llegando a sentir lo menos
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ver el cuerpo algunas veces
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por muchas partes sangriento.
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Con esta y más asistencia,
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he pasado el mismo tiempo
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solicitando una dama
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por casto y dulce himeneo;
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que quien de la guerra viene,
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llega más pronto y dispuesto
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para tolerar las cargas
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que consiente un casamiento.
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Su nombre no te lo digo,
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porque no importa el saberlo;
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ni su hermosura te pinto,
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pues no lo pide el suceso.
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Solo diré que aguardaba
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para gozar tal empleo,
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a que fuesen mis servicios
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premiados y satisfechos;
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que la codicia de un padre
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muchas veces, según creo,
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más que no a la calidad
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suele inclinarse al dinero.
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En fin, dejando ajustados
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voluntad y pensamiento,
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con el sol que conducía
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mis repetidos deseos,
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a Aranjuez partí en un día,
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que tuve presagios ciertos,
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más de una muerta esperanza
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que no de un rigor de celos.
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Hablé con su Majestad,
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que honró mi sangre y mi pecho
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con una cruz de Santiago
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adornada con mil pesos
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de renta, que consignados
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en los más ciertos efectos
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para alcanzar tanta dicha,
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escalón fue no pequeño.
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Detúveme siete días
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en aquel retiro ameno,
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donde es más lo que se mira
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que formar puede el ingenio.
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Dejé aquella primavera,
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y a buscar a Madrid vuelvo
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otra de flores más vivas
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y matices más perfectos.
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¡Oh, como dijo muy bien
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el que ponderó discreto
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que no hay dicha a que no siga
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un desdichado suceso!
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Aquí el alma se me arranca
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y con destemplanza el pecho,
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en su alteración pronuncia
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lo que referirte temo.
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Llegué a la Corte, ¡ay de mí!;
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antes permitiera el cielo
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que el Tajo me sepultara
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con sus líquidos espejos;
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entré en la casa del sol,
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¡oh, qué mal discurro y pienso!,
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que pues salí de ella vivo,
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es cierto que no entré dentro.
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Reconocile mortal
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de un accidente tan fiero,
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que apenas hizo el ruido
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cuando consiguió el efecto.
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Murió el sol de mi esperanza,
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y en este triste suceso
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confirmados miré entonces
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anticipados agüeros.
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La primavera lozana
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que alegró los campos bellos
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y suspendió su hermosura
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el más alto entendimiento,
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a un estío reducida,
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a un diciembre y a un enero
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la juzgué, si es que los ojos
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mirarla entonces pudieron.
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Eclipsose la deidad
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de mi dicha y de mi empleo;
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el alma ocultó su vista
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entre arreboles funestos;
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faltó el alma de mi vida
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y acabó, en fin, el lucero,
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que de tierra que es tan frágil,
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pasó a lugar más supremo.
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Acerqueme cuanto pude
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al triste y compuesto lecho,
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que, como caja, ocultaba
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la joya de mayor precio;
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triste dije, que mal dije
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cuando juzgué en lo compuesto,
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en lo adornado y lucido
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con aliño y con aseo,
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que estaba todo el abril
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y el mayo en lo más perfecto
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cifrado en aquel destino,
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pues reconociendo atentos
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los dibujos fabricados
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con variedad de bosquejos,
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de claveles y jazmines
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sobre el campo verde y terso
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de una colcha, pareció
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todo aquello un prado ameno,
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a quien las flores rendían
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vasallaje, a la que el tiempo
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cortó el hilo más lozano
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con desengaños tan ciertos.
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Entre tanta variedad,
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reina la vi del imperio
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por la más bella y lucida,
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pues sin espíritu el cuerpo
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tan hermoso se miró.
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Y el rostro en sí tan risueño,
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que parece que se hallaba
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con el espíritu entero,
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y que este se había quedado
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adonde tuvo su asiento.
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Porque no pudiendo ser
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lo que se quiere, y superfluo
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pensar que la mía pena,
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a mi entender fue tan cierto
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que lo estaba en lo que vi,
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que creyera, por lo menos,
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que era solo parasismo,
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de que volviera muy presto,
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pues estaban las mejillas
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casi vivas, y el aspecto
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tan entero y apacible
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y el semblante tan perfecto,
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que mirado atentamente
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con el rizado cabello
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pendiente parte a los brazos
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y parte pendiente al pecho,
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todo junto parecía
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un sol, de cuyos reflejos
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mil asombros se formaban
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de hermosuras y de incendios,
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sin que las luces de afuera
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dejasen ver las de adentro,
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ni la causa principal
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de tan no vistos efectos,
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imposible aun en lo vivo,
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cuanto más en lo ya muerto.
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Que es imitación formal
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del sol que corre los cielos,
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que lo principal encubre
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cuando más se está inquiriendo.
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Y así, sol, rayos, mejillas,
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crespos, flores y reflejos,
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mirados artificiales
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naturales parecieron.
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Quedé suspenso un gran rato,
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y del éxtasis volviendo,
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con suspiros y sollozos
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creo que dije: “Ángel bello,
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espérate un poco, aguarda,
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no te vayas, toma asiento
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dentro de mí, porque viva,
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pues sin ti vivir no puedo;
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y si esto no me concedes,
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mejor será que troquemos
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la falta de nuestra vida;
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muera yo, no pierda el cielo
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en el apariencia un ángel;
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mire en aquesos luceros
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la claridad que a la noche
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oculta celajes negros;
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admire en tu sol el día,
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que aunque es sol que ya se ha puesto,
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basta el haber alumbrado
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para que tus rayos bellos,
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aunque muerto y eclipsado,
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brillen como antes lo hicieron.
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Porque así como sucede
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en escritorio pequeño,
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quedan el olor del ámbar
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que tuvo guardado dentro,
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en mi corazón tus rayos
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siempre estarán tan impresos
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que ni los borre tu falta
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ni me los apague el tiempo.
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Dejadme, dejadme, dije,
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discursos y pensamientos,
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que quien pierde tanta dicha,
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el morir es lo de menos.”
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Con esto, ciego y confuso,
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aunque no estaba, no, ciego,
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pues llegaba a ejecutar
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el más acertado acuerdo,
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de todos allí me aparto
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y abalánzome resuelto
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a un balcón a despeñarme.
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Defiéndenme este consuelo,
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sácanme luego a la calle,
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y yo vengo repitiendo
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que no intento más descanso,
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que ya no busco más premio,
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que no procuro más vida,
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que más gustos no deseo,
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que no emprendo más amor,
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dichas, venturas, sucesos,
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bien, consuelos, alegrías,
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descanso, gloria, sosiego,
0317
pues todo con Laura acaba
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y nada sin ella quiero.