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Famoso rey de Navarra,
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cuya invencible corona
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los leones de Castilla
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y lises de Francia adornan;
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gallardo rey de Aragón,
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a quien las cabezas moras
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blancas cruces, rojas barras
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por tantas hazañas bordan.
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Conozco el atrevimiento
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de hablaros furiosa y loca,
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que no pudiera tenerle
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menos que estando furiosa.
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Habéis de oírme los dos,
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sin que alguno me interrumpa,
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que tiempo al furor le queda
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para que después responda.
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Don Enrique de Navarra,
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que el Conde valiente nombran
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franceses y castellanos
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por sus hazañas heroicas,
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vino, por orden del Rey,
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a decirme que le importa
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que en Aragón me casase;
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oíle una tarde a solas,
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dijo del Rey la embajada,
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y en razones amorosas
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mil pensamientos turbados
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sacó del alma a la boca;
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enojeme desabrida,
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afligine vergonzosa;
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castiguele con palabras,
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mejor fuera con las obras;
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él, corrido de haber sido
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tan atrevido, con honra
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de caballero me dijo
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que su ausencia era forzosa,
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y llorando tiernamente
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se fue con tales congojas,
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que en mil imaginaciones
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me puso, quedando sola.
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En esta ocasión llegó
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Violante, una dama hermosa
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que sirve el Rey, y me dijo,
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llorando, que al Conde adora;
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sus méritos me encarece,
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y me ruega que interponga
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mis fuerzas a detenerle,
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pues el Rey no se lo estorba;
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póneme en mucho cuidado,
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y comienzo a estar celosa
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antes de tenerle amor,
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y así su amor me provoca
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de uno en otro pensamiento,
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ya celosa, ya envidiosa,
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que no sé si enamorada,
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que el amor más se reporta;
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envío a llamar al Conde,
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el Conde a Navarra torna,
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valiéndose de mentiras,
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de amor disculpa notoria;
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escuché sus pensamientos,
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que nuestras desdichas todas
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nos entran por los oídos
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a conquistar la memoria;
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dile lugar una noche,
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honestamente amorosa,
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a que en un jardín me hablase,
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que fue de este engaño Troya;
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ya digo que el pensamiento
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aun no es justo que se ponga
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en átomos de mi honor,
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que el sol con ellos es sombra.
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Estando los dos hablando,
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a las voces lastimosas
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de Nuño herido, alterado
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Enrique las armas toma,
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salta una pared poniendo
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los pies en las ramas toscas
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de unas yedras, presumiendo
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que es alguna gente ociosa
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que a su criado Ramiro
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acuchillaban en tropa,
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y cuando llega halla al Rey,
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que le prende y le aprisiona;
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que está inocente es [sin] duda,
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si bien la culpa no es poca,
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que confieso, aunque mi amor
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hoy por su defensa informa.
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Ya, rey de Aragón, sabéis
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de mi desdicha la historia;
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si así me queréis llevar,
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la partida se disponga,
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que yo, a mi muerte dispuesta
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antes de admitir sus bodas,
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no hay pena que por Enrique
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no tenga por dulce gloria;
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que, viva y muerta, soy suya,
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pues no hay razón que conozca
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ni más de un amor con alma,
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ni más de un dueño con honra.