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Ya sabéis, don Lope amigo,
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cómo, por los hechos claros
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de mis mayores, me honraba
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nuestro rey don Sancho el Bravo,
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y que mi abuelo en Sevilla,
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maestre de Santiago,
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honró con su fama el mundo
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sirviendo a Fernando el Santo.
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Fue mi padre la privanza
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de su hijo Alfonso el Sabio,
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que agonizando en la cama
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nos encomendó a don Sancho.
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Mi padre, sirviendo al Rey,
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acabó hecho pedazos
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de más cuchillas moriscas,
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que lloró la envidia agravios;
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amparome el Rey, servile
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desde los quince a veinte años
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que abrí los ojos al mundo
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y los del alma al palacio;
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doña Sancha de Meneses,
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a quien los cielos guardaron
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porque viva su hermosura
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acreditando milagros,
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a quien si Alejandro viera
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no fuera tan Alejandro
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con Apeles, si es que el Sol
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puede humillarse a retratos,
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una tarde en el jardín
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florido, ejemplar de mayo,
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dando a Dafne envidia inútil,
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pude hablarla al pie de un lauro.
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Fue la vergüenza pintora,
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y los ojos, al mirarnos,
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pinceles que a las mejillas
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de casta púrpura honraron;
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rompió el silencio el Amor,
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que aunque lo entienden callando,
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divinamente se apura,
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entre sentimientos castos.
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Presentes cielos y flores,
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merecí gozar su mano,
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con fe de esposo jurada
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por la lealtad de un abrazo.
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Vionos el Rey, y cual suele
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flechar escondido el arco
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cauto el cazador que esparce
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los pajarillos del árbol,
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huyendo salí, medroso,
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y ella por unos sagrados
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mirtos de Venus se entró,
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temiendo al Rey, en su cuarto.
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Apenas pasó un instante,
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que no me dieron más plazo,
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cuando sus ojos me privan
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entre el destierro y mi llanto.
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Cumplí en Córdoba el destierro,
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donde jamás se enjugaron
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mis ojos, hasta que el cielo
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me trujo para más daños
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llegué a Toledo una noche
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(cerca de la calle estamos
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donde pasó mi tragedia),
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pues no anduve muchos pasos,
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cuando, entre espadas y voces
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que hasta las piedras temblaron,
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“matadla, primos”, escucho,
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“para que muera mi agravio”.
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Acerqueme al fiero estruendo
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diciendo: “¡Teneos, villanos!;
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que, si es mujer, es bajeza
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venir a matarla tantos”.
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Amparóme en la rodela,
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y alzando la espada y brazo
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vi a mi lado una mujer
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pidiendo favor, temblando:
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“Sosiega, mujer, no temas,
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que segura estás en tanto
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que gobierne el blanco acero”,
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dije. Y, esperando a cuatro
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que delanteros venían,
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hice lo que me enseñaron
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mi sangre y obligaciones;
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canselos, y me dejaron;
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pero cargando una tropa
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de amigos, deudos, criados,
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como al jabalí de Escocia,
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me arrojan lanzas y dardos.
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Venció a la razón la furia,
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y como el espín armado
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de rabia y manchadas puntas
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pasa tronchando venablos,
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dije, arrojándome entre ellos:
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“Bien parece, toledanos,
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que no me habéis conocido;
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García soy, el desterrado”.
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Apenas mi nombre dije,
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si bien no me respetaron,
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cuando, enamorando el cielo,
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aunque con ecos turbados:
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“Doña Sancha soy, García”,
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dijo la dama, “que, avaros
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los planetas en tu ofensa,
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anoche me desposaron.
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Si han forzado mi albedrío,
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dígalo el presente caso,
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pues me matan por hallarme
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adorando en tu retrato.
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Tuya soy, querido esposo;
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para tus brazos me guardo,
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que no ha tocado los míos
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quien esperaba gozarlos”.
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No más furioso le pintan
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a Polifemo burlado,
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cuando a la nave de Ulises
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iba arrojando peñascos,
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que yo, pues la roja espada
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figurando cielo el brazo,
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como Júpiter en Flegra,
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iba despidiendo rayos;
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pero, temiendo el peligro.
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salí por la calle abajo,
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a mis espaldas mi Sancha
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y a mi frente los contrarios.
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Dieron de una casa voces,
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diciendo: “Para guardaros
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la abrimos”. Gané la entrada,
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poniendo a mi esposa en salvo;
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retirome, y a una esquina,
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que es el corazón presagio
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de desdichas, esperé
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lo que los cielos trazaron;
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entró don Jaime de Luna,
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con furia de desposado
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ofendido, y dando voces
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pasó atravesando patios:
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“¡Muera doña Sancha, primos!;
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porque va depositado
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mi honor en su misma vida,
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y he de morir por cobrarlo”.
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Arrojome entre los suyos,
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pero con pasos más tardos,
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que él iba seguro a priesa,
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y yo, en peligro, despacio.
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Rompió a un camarín la puerta,
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que los infelices hados
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mortales avisos dieron
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que estaba Sancha en el cuarto;
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entró, y hallola postrada
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a un oratorio abrazando
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a una imagen de la Virgen;
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mas, como iba ciego y bravo,
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perdiendo a Dios el respeto,
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de los cabellos dorados
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cogió a Sancha, y con la diestra
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un corto puñal sacando...