Después del robo de Dina,
vino el gran Jacob, mi padre,
a ver a mi abuelo Isaac,
a Orbea, en el verde valle
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de Mambre, tierra de Abraham,
habiendo perdido antes
la bellísima Raquel,
muerta con dolor notable
del parto de Benjamín,
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de los dos querida madre.
Cumplió ciento y ochenta años
Isaac, y para enterrarle,
vino Esaú, de Seir,
con sus fuertes capitanes.
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Crecí yo, mas porque luego
al oficio me enseñase
de pastor, con mis hermanos
iba al campo a ejercitarme.
Por las frentes de los montes
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vía, entre blancos cambiantes
de nácar blanco y azul,
la rosa aurora que sale;
pero si bien no extendía
mis pensamientos infantes,
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más que a contemplar los vientos,
hijos de tantas edades,
y al ver revolver los cielos
en sus quicios celestiales,
trayendo y llevando días
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sin cine a sus términos falten;
como se alegraba el campo
cuando el sol entraba en Aries,
y cómo al dorar la Virgen
tantas espigas esparce;
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entre aquel rudo atender,
cómo las ovejas pacen:
las danzas de los corderos
cuando declina la tarde;
el ver los celosos toros,
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y considerar, que anden
algunos hombres sin celos,
sobrando a los animales:
pensaba, Nicela, a veces
en los vicios detestables
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que en mis hermanos había,
de que avisaba a mi padre.
Hízome malquisto entre ellos
este cuidado importante,
que no es chisme el que es aviso,
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si importa el mal remediarse.
Amábame a mí Jacob,
no porque tuviese partes,
mas por haberme engendrado
en su vejez venerable.
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Hízome él mismo un vestido,
por vestirme y por honrarme;
creció la envidia, que siempre
fue polilla de los trajes.
Contéles un día un sueño,
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si bien pudiera excusarle,
mas quísolo el cielo así,
yo lo pago y él lo sabe.
«Soñé, les dije, que un día
que ligando nuestros haces,
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la fértil mía, entre todas
pudo en alto levantarse,
y estando crecida así
que las vuestras circunstantes,
para adoralla, querían
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sobre la tierra humillarse.»
Respondieron: «¿Por ventura,
serás nuestro rey? Que tales
razones muestran que quieres
sujetarnos y ensalzarte.»
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Soñé después otro sueño,
y díjeles una tarde:
«Once estrellas, como a sol
y la luna, vi adorarme.»
Esto me riñó Jacob,
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diciendo: «¿Cuando te llames
sol, tus hermanos y yo
presumes que han de adorarte?»
Aquí no pudo la envidia
ni encubrirse ni enfrenarse;
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que comenzaron por ella
a ser los hombres mortales.
Pasados algunos días,
me envió a Siquen mi padre
para que a mis diez hermanos
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en el campo visitase.
Pasé del valle de Ebrón,
y como no los hallase
en Siquen, fui a Dotaïn
entre laureles y sauces.
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Viéronme venir de lejos
y concertaron matarme,
y muerto echarme en un pozo
que estaba entre unos jarales.
«Veamos, decían todos,
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si podrán aprovecharle
los sueños»; a quien Rubén
respondió para librarme:
«Hermanos, no le matemos:
mejor acuerdo es echarle
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vivo en el pozo, que hacer
un delito tan infame.»
Llegué, y acabando apenas,
Nicela, de saludarles,
hasta la túnica mía
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comenzaron a quitarme.
Metiéronme en aquel pozo,
que de muchos tiempos antes,
fueron estériles años
poderosos a secarle.
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Sentáronse cerca de él
a comer, mas no te espantes
de que, vengada la envidia,
coma, sosiegue y descanse.
Estando, pues, en alfombras
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de floríferos esmaltes,
comiendo de sus envidias
y bebiendo de su sangre;
vieron venir por el campo,
conocidos por el traje,
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ismaelitas mercaderes
con camellos y bagajes,
que de Galaad traían
aromas, y de otras partes,
para vender en Egipto;
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a quien por veinte reales,
y por consejo de Judas,
para que no me matasen,
me vendieron a tu esposo
de la manera que sabes.