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Heroico Puertocarrero,
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puerto y carrera divina
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por donde el cielo a mis males
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único remedio aplica,
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Palma famosa que cubres
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con virtudes peregrinas,
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hojas de tu tronco fértil,
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mi desamparada vida,
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ni es mucho si a tus mayores
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tantas coronas cubrían
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que excedieron en sus frentes
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las palmas de Palestina.
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Yo, recién muertos mis padres,
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fui, Conde ilustre, a Sevilla,
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la mejor ciudad que el sol
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cubre de España a Capira;
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llevé mis bienes en oro,
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llevé la pobre haciendilla
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que mis padres me dejaron,
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bien ganada y mal perdida.
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Andaba entre las grandezas
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de su octava maravilla
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dando el deleite a los ojos
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que a veces su muerte miran
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un dios de amor, una dama
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hermosa, gallarda, rica
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y tan rara que ella sola
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puede igualarse a sí misma.
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Vila, quísela, adorela,
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solicitella, escribilla,
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despreciome porque el padre
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cifró en su hacienda las Indias.
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Trataba entonces casarla,
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vino el desposado a vistas,
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capitán gallardo y viejo
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si hay con canas gallardía.
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Hallose tan atajada
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que estorbando mi partida
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abrió puerta a mis deseos
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con amorosas caricias.
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Concertamos nuestras bodas
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si la ocasión ofrecía
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lugar en que ejecutallas,
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mas nunca vuelve, perdida.
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Yo, Alejandro de mi hacienda,
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y sabiendo que conquista
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el oro más en un hora
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que en mil años la codicia
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finjo que soy de alta sangre,
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finjo que deudo tenía
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con los mejores de España
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y que en Madrid me servían
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más vasallos y criados,
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coches, caballos, vajillas,
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para que su mucha hacienda
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a mi vanidad se rinda.
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Conquístole al fin el alma
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y como fue mi porfía
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darle presentes y joyas
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dio fin el oro y la dicha
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porque la dicha y el oro
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siempre mueren en un día;
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vime sin remedio y vi
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que en descubrirme perdía
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aquel crédito de honrado
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que tanto quien ama estima,
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y con saber que si entonces
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mi pobreza descubría
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mi dama la remediara
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rica, obligada y rendida,
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doy en perderla y volverme.
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¡Tanto en el alma sentía
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que entendiese que no era
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el que le dije en Castilla!
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Despídome, y para dar
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disculpa de mi partida
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digo que el Rey, que Dios guarde,
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por cosas de la milicia
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con un hábito me honraba
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y que a mi honor convenía
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ir a las pruebas. Creyome;
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parto a Madrid, ¡qué desdicha!
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En el camino hallo un hombre
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que por la fisonomía
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del rostro y viendo en mis manos
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ciertas señales o líneas
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me dijo, señor, que estaba
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el remedio de mi vida
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en un puerto. Llego, en fin,
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a ver mis casas vendidas.
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Sálgome al campo de pena
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y a sus fuentes dando envidia
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hallé tu palma en el Prado
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que solo álamos cría
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y en ocasión que tú sabes
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que a tenerme amor te obliga.
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Y aunque no era menester,
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quise servirte, en que estriba
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por ser tú Puertocarrero
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lo que mi pecho imagina,
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y para que fueses puerto
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até mi pobre barquilla
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al gran tronco de tu palma
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para que segura viva.
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Ya estaba yo consolado
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–mira mis fortunas, mira–
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cuando viene de Sevilla
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su viejo padre engañado
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de lágrimas y mentiras
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a buscar el caballero
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que dio palabra a su hija.
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Yo, porque hallándome pobre
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y mentiroso no diga
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afrentas a un ángel, y ella
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llore las bajezas mías,
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huyo de ver lo que adoro,
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cosa que en amor admira,
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pues por ver su amada prenda
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o por cosa en que la sirva
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suele el menos noble amante
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ir a la abrasada Libia,
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a la más desierta Arabia
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o a la más helada Scitia;
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yo solo, invicto señor,
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huyo de mi propia vida
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y estoy pidiendo a la muerte
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que ponga fin a mis días.