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Homo quídam habuit duos filios,
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et dixit, etcétera.
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Esta parábola santa
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está de misterios llena;
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tres personas se introducen,
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¡oh, pueblo cristiano!, en ella.
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Un padre y dos hijos son;
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el padre es Dios, cosa es cierta,
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porque después que templó
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la humana naturaleza
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el rigor de la divina,
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citan las Sagradas Letras
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nombre del Padre piadoso,
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de cuyo principio cuenta
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san Agustín, nuestro padre,
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con su divina agudeza,
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tener Dios hijos, y ansí
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juntándose sobre aquellas
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palabras de Juan, que dicen,
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de su historia las primeras:
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Dedit eis potestatem filios Dei fieri,
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las que prosiguen después,
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de quien cielo y tierra tiemblan
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Verbum caro factum est,
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este nombre considera.
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Para ser hijo de Dios,
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tuvo caudal, tuvo fuerzas
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el hombre, desde que vino
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Dios a ser hombre a la tierra.
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Crisóstomo por los hijos,
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y esta es la opinión más cierta,
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los justos y pecadores
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quiere que en los dos se entienda.
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El más mozo de los dos
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dijo al padre: “De mi hacienda
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me das lo que me ha tocado,
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padre, pues es justa deuda.”
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El padre, con sentimiento
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justo, porque ya no eran
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consejos, parte le dio,
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la que le tocaba de ella.
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Juntó criados iguales
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a su edad, y en extranjeras
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tierras, lejos de las suyas,
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que locamente desprecia,
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consumió su patrimonio
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entre amigos y rameras,
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que unos y otros acompañan
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mientras dura la riqueza.
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Desamparado de todos,
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y habiendo en aquella tierra
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hambre universal, el triste,
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viéndose en tanta pobreza,
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púsose a servir, y el dueño,
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en el monte de una aldea
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le puso a guardar ganado
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negro. ¡Qué suerte tan negra!
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Deseoso el miserable
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de satisfacer siquiera
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su hambre de las bellotas,
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acordose de la mesa
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de su padre, y dijo a voces,
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bañado en lágrimas tiernas:
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“¡Oh, cuántos criados míos
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tienen abundancia en ella
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de pan, y yo muero aquí
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de hambre! Mas ¿qué pereza
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me detiene, aunque es tan justa
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por mi culpa la vergüenza,
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levantareme y direle:
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padre, a tus entrañas tiernas
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viene un hijo tan indigno
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de que este su nombre sea.
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Padre, pequé contra ti,
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y contra el cielo y la tierra;
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padre, confieso mi culpa,
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Dele iniquitatem meam”
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Aquí, cristiana ciudad,
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de mil maneras contemplan
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los santos; aquesta historia
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Pedro Crisólogo de ella
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cinco sermones escribe,
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porque es tan dulce materia,
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que obliga y mueve las plumas,
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y que enternece las piedras.
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Mas yo, que en esta ocasión
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soy por ventura una de ellas,
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y no me la da el lugar
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para que deciros pueda
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altas consideraciones
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declarando cómo fuera
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justo el amor de este padre,
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la envidia y desobediencia
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de estos dos hijos, por quien
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Cristo a la nación hebrea
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quiso declarar la suya,
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solo os diré que me lleva
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el alma a considerar
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un pecador, cuando intenta
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disipar bienes de bienes
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en locuras de la tierra,
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el pago que dan deleites
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de la juventud, rameras
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que demudan y que obligan
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a que viva entre las bestias.
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Mas ¡cómo tocan al arma
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la muerte y la pena eterna,
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y entre blancos desengaños
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las inspiraciones llegan!
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Levántase de sus culpas
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y a la casa de la Iglesia,
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camina a buscar su Padre
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que desde lejos le espera,
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abiertos los dulces brazos
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en una cruz, la cabeza
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para llamarle inclinada,
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y abiertas las cinco puertas,
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mayormente la del pecho,
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por donde las almas entran;
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allí, puesto de rodillas,
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sus pecados le confiesa,
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su ingratitud, su ignorancia;
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bañado en llanto y vergüenza,
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“¡Padre, le dice, yo soy
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aquella perdida oveja
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que dejó vuestro rebaño,
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la gloria y la gracias vuestra.
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Yo soy vuestro hijo ingrato,
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pero solo me consuela
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que aunque yo pierda de hijo
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el nombre, por mis bajezas,
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vos no lo podéis perder
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de padre, ¡oh piedad inmensa!
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Los méritos de esta cruz
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en mis pecados, me alientan
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a pediros, Jesús mío,
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que mi llanto os enternezca,
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que me abracéis, que me deis
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vuestra bendición, que en ella
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consiste el remedio mío;
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que me volváis donde vea
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vuestro rostro, y perdonado
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pueda sentarme a la mesa.
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No vengo solo, Señor;
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conmigo viene la Reina
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del cielo, a ser mi abogada;
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ella, mi Jesús, os ruega.
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Como madre hablad, Señora,
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vida y esperanza nuestra;
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hablad, Virgen, y decidle
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que no es razón que se pierda
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el fruto de sus dolores,
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de sus tormentos y penas.”
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La Virgen pide por él;
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el dulce Señor desea
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recibirle, que entre amantes
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presto la paz se concierta.
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Lavará el nombre las culpas;
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los ministros de la Iglesia
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vístenle ropas de gracias;
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siéntase luego a la mesa.
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Comen Dios y el hombre juntos,
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hacen los ángeles fiesta,
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dase a sí mismo en manjar,
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con cuyas divinas prendas
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aquí las tiene de gracia
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y goza la vida eterna.