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Padre, si llamarte padre
puede ya quien mejor fuera
que no tuviera este ser
de tu virtud y nobleza;
aunque si lo miro bien,
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agora es razón que pueda
llamarte padre quien viene
para que su padre seas.
No fuiste padre hasta agora:
agora, padre, me engendras:
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agora soy hija tuya,
aunque causa de tu ofensa.
Mi culpa es grave, no es toda:
mil veces te llamo padre,
porque el nombre te enternezca,
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pues es palabra que obliga
a las entrañas más fieras.
Padre, en fin, yo soy tu hija
Dina, aunque indigna que tenga
tal nombre, por quien hoy pierdes
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la dignidad que profesas.
Mi culpa, la parte della,
es haber curiosamente
solicitado tu afrenta.
Las mujeres de Siquen
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tienen fama en esta tierra
de hermosura y bizarría;
quise verlas, salí a verlas.
Honestamente ocupé,
padre, los ojos, que apenas
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por las márgenes de un velo
dejó asomar la vergüenza.
Sabe Dios que un pensamiento
(que esto quiero que me creas)
no excedió, con ser tan fácil,
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de mi castidad la esfera.
Hablando, pues, con las damas,
las fénix de aquestas fiestas,
cuya hermosura y donaire
andaban en competencia,
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llegó el Príncipe: no es justo
que este nombre le conceda:
llegó el fin de nuestro honor,
y el principio de tu pena.
Llegó Siquen, y tratando
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tu valor con la insolencia
que los mozos poderosos,
donde la razón es fuerza,
donde la ley es la espada,
la cortesía la tema,
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su Dios el vicio, y al fin,
la justicia el no temerla:
y disculpando su infamia
con amor, que es la cubierta
de los vicios de los hombres,
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como si amor ser pudiera
aquella planta que al alba
con verdes hojas comienza,
florece al medio del día,
da fértil fruto a la siesta,
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y desmayando las hojas
yace marchita en la tierra
luego que se parte el sol
y suceden las estrellas.
Yo respondí que mirase
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la calidad de tus prendas,
y el ser huésped, privilegio
que los bárbaros respetan.
Mas remitiendo a los brazos
la razón y la respuesta,
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y los demás a las armas,
a sus palacios me llevan.
Contarte, amoroso padre,
qué llanto, qué resistencia
acompañaron mi honor
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hasta el fin de su tragedia,
era decirte lo mismo
que imaginaran las piedras
si Dios les diera aquella alma
donde el honor se aposenta.
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No fue de provecho el llanto,
porque mis lágrimas eran,
en la fragua de su amor,
el agua para encenderla.
La resistencia era mía;
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que la mujeril flaqueza,
¿qué valor puede tener
que del hombre la defienda?
Leones sujeta el hombre,
tigres amansa; mas piensa
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que no fue en mí con industria,
sino con fuerza y soberbia.
Mil veces quise matarme
con las manos, si quisieran
que a la garganta llegaran
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a ser diez dagas sangrientas.
Solamente a los cabellos
me dio, aunque tarde, licencia,
porque la ocasión gozada,
¿qué se le da que los pierda?
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Dellos la tierra sembré:
¡ojalá que fueran hierbas,
porque nacieran testigos
de mi verdad y su ofensa!
Luego, con dulces palabras,
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aplacar mi enojo intenta,
¡como si a tan malas obras
pudieran bastar cautelas!
Amenacéle contigo;
pero ¿quién duda que crea
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que no hay vara que el poder
o no la rompa o la tuerza?
También de mis once hermanos,
que como ve que profesan
más que la espada el cayado,
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más que la corte la aldea,
de mí, de ti y dellos, padre,
se burló, como si fuera
la venganza desigual
a la corona y las letras.
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Siete años viste a Raquel
en los prados y las selvas,
y jamás tu amor llegó
más que a una palabra tierna.
¿Cómo este bárbaro quiere,
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que dentro de un hora quepan
las palabras y las obras,
los brazos y las ternezas?
Nieto de Abraham naciste;
tu honor y mi afrenta venga,
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si no en Siquen, en mi sangre,
para que la tengas buena.
No haré yo falta a tu amor,
pues tantos hijos te quedan,
antes te daré veneno
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cuando sin honra me veas.