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Mi padre, el rey, que Dios haya,
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en su testamento ordena,
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yo lo confieso, que elija
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por marido a vuestra Alteza.
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Pensaba entonces mi padre
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que esto con mi gusto fuera,
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que claro está que no quiso
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que me casara con fuerza.
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Pero yo, que atenta escucho
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la fama haciéndose lenguas,
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que de vuestra Alteza a voces
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mil temeridades cuenta;
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yo, que quizá por oculta
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virtud de aquestas estrellas,
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a vuestra Alteza aborrezco
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más que a la luz las tinieblas;
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con la libertad del alma
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he respondido resuelta
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que impide este casamiento
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la propia naturaleza.
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Y vuestra Alteza, indignado
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sin razón de esta respuesta,
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hace a las armas jueces
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de voluntades opuestas.
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Vino desde Hungría, y puso
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cerco a Nápoles, y piensa
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que ha de darle mi temor
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lo que mi gusto le niega.
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Por fuerza quiere obligarme,
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mas cuando el reino se pierda
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y vuestra Alteza la gane,
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que es lo mismo de la afrenta
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–¿qué digo perderse el reino?–
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si la misma omnipotencia
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que sacó a la luz este mundo
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del ejemplar de su idea
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otros mil y más criara,
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y todos me los pusiera
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en las manos de mi imperio,
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y a los pies de mi grandeza,
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con condición que yo fuese
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esposa de vuestra Alteza,
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¡vive Dios, que por no hacerle,
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mil y más mundos perdiera!
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Por esta causa he venido
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a suplicarle se vuelva,
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que no fuerzan voluntades
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divinas y humanas letras.
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Y si a las armas remite
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el casamiento que intenta,
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Reina soy, vasallos tengo
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celosos de mi defensa.
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El príncipe Ludovico
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de Taranto, en esta guerra,
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es general cuya fama
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el mundo a voces celebra.
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Apercibidos estamos,
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que hasta las mujeres mesmas
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vestirán armas de acero,
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en vez de ropas de seda.
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Las damas de mi palacio
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espadas ciñen sangrientas,
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que transformándose en hombres,
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varonil esfuerzo muestran.
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De mujeriles vestidos
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nos despojamos, y advierta
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que tal vez furor se vuelve
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nuestra natural flaqueza.
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Y puede ser que algún día,
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si no se vuelve a su tierra,
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a manos de mis mujeres
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afrentosamente muera.
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Bien sé que algunos vasallos
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tengo aleves, que desean
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dar a vuestra Alteza gusto
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con riesgo de sus cabezas.
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Por eso mis damas ciñen
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espadas, para que entiendan
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que solo con mis mujeres
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le puedo hacer resistencia.
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Yo tengo en mi compañía
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la bellísima Isabela,
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que es del duque de Ferrara
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universal heredera.
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Y si vuestra Alteza quiere,
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siendo con su gusto de ella,
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yo acabaré con su padre
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que por mujer se la ofrezca.
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Con esto le he respondido
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con brevedad, aunque muestra
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mayor sentimiento el alma
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que el que pronuncia la lengua.