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A diez y siete del mes
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en que Virgo, coronada
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de espigas rubias y negras,
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la estéril tierra abrasaba,
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hallé en el puerto Mayón
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junta tu dichosa armada
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de cincuenta y dos galeras,
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y tres naves castellanas.
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Partí con próspero viento,
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y las azules espaldas
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del mar rompieron los remos,
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con paz del viento y del agua.
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A veinte y dos, descubrimos
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las galeras venecianas.
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Eran veinte y dos, y juntas
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navegamos con bonanza.
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A veinte y siete de agosto,
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descubrimos las contrarias,
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que eran cincuenta y seis naves.
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Tres ligeras, tres bastardas.
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Mandé que a mi mano izquierda
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pusiese la Capitana
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de Venecia, el General,
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que nuevo Neptuno llaman.
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Puse a la mano derecha
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una galera bizarra
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de las tuyas, y de todas
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se hicieron dos grandes alas.
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El estandarte real,
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con el blasón y las armas
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de Aragón, en mi galera
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al viento se tremolaban.
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Dieron señal las trompetas
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para empezar la batalla.
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Fue tanto el rumor confuso
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y las voces fueron tantas,
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que no volaban las aves
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ni los delfines nadaban.
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Suspendiose el mar confuso
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de ver tan desordenada
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competencia que los vientos,
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sino de fuerzas extrañas.
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Huyeron los mudos peces
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a las profundas entrañas
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del mar, buscando las rocas
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llenas de coral y nácar.
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Encontráronse tus naves,
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de los tuyos arrojadas,
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con las tuyas ginovesas,
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que estaban en triste calma.
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Abriéronle los costados,
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y el mar, en sus mismas casas
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movedizas, quitó a muchos,
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sin resistencia, las almas.
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Disparáronse las flechas,
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arrojáronse las lanzas,
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y a los bordes de las naos
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usaron de las espadas.
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Las olas del mar se abrieron,
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venas de sangre cuajada,
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y tantos cuerpos cayeron,
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que las naos se juntaban.
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Cuál, medio muerto, caía,
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y de morir acababa
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bebiendo su propia sangre,
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entre las aguas mezclada.
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Quisiera aquí, rey don Pedro,
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la retórica romana
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y las lenguas, que atribuyen
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los poetas a la fama,
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para poder referirte
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las nunca vistas hazañas
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de un noble soldado tuyo
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de los que están en tu casa.
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Aferró un sutil navío
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a la nave Capitana
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de Génova, y a pesar
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de los que en el borde estaban,
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entró dentro, y dando muerte
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a tres valientes escuadras
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de soldados, su estandarte
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arrancó y echole al agua.
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Asió a Antonio de Grimaldos,
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su General, por la falda
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del tonelete, y al mar
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le echó el peso de las armas.
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Socorriole una galera
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cuando anegándose estaba,
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y nadando tu soldado,
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gallardamente se escapa.
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Él solo dio la victoria,
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porque la enemiga armada,
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sin general y estandarte,
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con razón teme y desmaya.
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No quiero decir el nombre,
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si tú, señor, no lo mandas,
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aunque ya verás quién es,
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pues que mi lengua lo calla.