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Gran Conde de Carrión,
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valeroso castellano,
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de sus leones corona
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y de sus castillos lauro:
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al moro Alfajar salí,
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que estaba en el verde campo
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de Lorca, a sombras de un olmo,
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como Polifemo, echado;
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la adarga por alcatifa.
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tiernas flores marchitando,
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y la lanza dividiendo
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la verde yerba del campo.
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Hablele, y menospreciome
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por no saber si era hidalgo;
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mi nacimiento le dije
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y el valor de mis pasados;
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que bien saben los presentes
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cómo mi ascendencia traigo
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de los Reyes de León,
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los ingleses y navarros.
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levantose y enfrenó
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su yegua, y yo mi caballo,
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subiendo sin los estribos,
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el de dos, y yo de un salto.
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No me acometió Alfajar
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tan presto, que reparando
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la adarga, firme a su lanza,
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comenzó a medir el llano.
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A sus vueltas y galopes
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siempre le estuve esperando,
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hasta que sentí blandiendo
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el asta en el fuerte brazo.
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Tirome un bote al través
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y alzó la lanza gallardo,
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porque vio que de otro mío
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le pasó el ante al soslayo.
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Cruzó la lanza y corrió,
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pensando que por un lado
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me arrojara de la silla,
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que fue pensamiento extraño.
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saqué el caballo y pasó
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donde, por valerle el jaco,
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por entre el brazo y la adarga
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hizo mi freno pedazos.
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Volviome a buscar el moro,
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y respondile: «Africano,
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suelta la lanza, pues eres
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Abenalfajar el bravo.»
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«Si la perdiste, me dijo,
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¿qué te lamentas, cristiano?
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Que nunca ha sido cordura
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dejar armas peleando.
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Reparele en el pavés
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con destreza un bote y cuatro,
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y entrándome por la lanza,
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se la quité de las manos.
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Cayose en tierra, y entonces
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el corvo alfanje sacando,
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comenzó a esgrimir su acero
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sobre el pavés acerado.
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Yo con tal prisa le hería,
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que de la furia de un tajo
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le llevé, sin resistencia,
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toca, plumas, casco y cascos.
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No fue muy grande la herida;
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volvió en sí y vengó el agravio,
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llevándome con la malla
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lo que del hombro señalo.
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Mas cortole de un revés
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del brazo derecho tanto,
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que despreciando la adarga,
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tomé el alfanje a dos manos.
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Peleó, mas de una punta
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cayó de la silla abajo,
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dando licencia a la yegua
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que diese nuevas del caso.
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Bajé, y poniéndole el pie
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sobre la cerviz, derramo
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la sangre con la soberbia,
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y el alma del cuerpo aparto;
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el cual poniendo en la silla,
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al ejército pagano
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camino, y entre los moros
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aquestas palabras hablo:
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«este es vuestro General,
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granadinos africanos;
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recibilde sin cabeza,
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pues no la tuvo en guardaros;
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y el que vengarle quisiere,
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salga, que en el campo aguardo;
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un hombre soy, ya me veis,
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don Juan Gallego me llamo.»
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Por todos en aquel punto
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discurrió un temor helado,
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mirando el tronco del cuerpo
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caliente sangre brotando,
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y como los filisteos
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a su capitán dejaron,
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así huyen, así corren,
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el cerco de Lorca alzando.
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Si merezco, ilustre Conde,
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no por mis abuelos altos,
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sino por mis propias obras,
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que es el blasón más hidalgo,
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que me des lo que pretendo,
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hónreme tu heroica mano,
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y verás el edificio
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que en esta piedra levanto.