Yo soy, gallarda señora
(como ya os lo dice el traje),
forastero de Sevilla,
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corona de las ciudades,
que en España, en toda Europa
gobierna el Rey, que Dios guarde;
que, como naturaleza,
es de todos patria y madre.
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Nací en Madrid, aunque son
en Galicia los solares
de mi nacimiento noble,
de mis abuelos y padres.
Para noble nacimiento
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hay en España tres partes:
Galicia, Vizcaya, Asturias;
o ya montañas se llamen.
Qué turbado estoy, pues digo,
en ocasión semejante,
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cosas que os importan poco.
No os espantéis, perdonadme,
que por Dios, que no me turban
pendencias ni enemistades;
el templo sí, y en su altar,
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la belleza de su imagen.
¿Qué os importa a vós saber
que descienda de la sangre
del conde de Andrada y Lemos,
y que la causa dilate
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de la presente desdicha,
que os ha obligado a escucharme
en vuestro mismo aposento,
donde el sol fuera arrogante?
Sabed que vine a Sevilla
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huyendo (mirad qué alarde
de fortuna), porque a un hombre
castigué la lengua infame.
Hablaba mal de mujeres;
y yo, que he dado en preciarme
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de defenderlas, no puede
sufrir que tan mal hablase.
Pasarme quise a las Indias,
que dos heridas mortales
ya le tendrán bien seguro,
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que mal de mujeres hable.
Llegué a Sevilla, y la flota,
como veis, aun no se parte;
entretanto, me entretienen
caballeros y amistades.
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Hoy vine a la Madalena,
y como algunos hallase
a la puerta, me detuve;
que ellos gustaron de honrarme.
No salió mujer de misa,
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a quien un don Diego, un áspid,
helado para gracioso,
para hablador, ignorante,
no infamase en las costumbres,
no desluciese en el talle,
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no afease en la hermosura,
no descubriese el amante.
Palabra no les decía
que el alma no me pasase;
que cuando se habla en corrillos,
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no es afrenta que se hace
al ausente, que no la oye,
sino a los que están delante;
porque es tenerlos por hombres
que gustan de infamias tales,
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y hablar mal de los ausentes,
afrenta los hombres graves.
Salió una señora indiana
con dueña escudero y pase,
y en viéndolo, se tapó,
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dejando caer la margen
del manto al pecho, en lo negro
luciendo cinco cristales.
Como cuando el sol hermoso
por nubes opuestas sale,
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así de sus ojos bellos,
luz por las puntas de Flandes.
Pero no templó su lengua,
que luego dijo: «¡Que trate
mi hermano por interés,
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con esta indiana casarse!
Que, ¡vive Dios!, que me han dicho
que vendió en Indias su padre
carbón o yerro, que agora
se ha convertido en diamantes.
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Que, puesto que es vizcaíno,
para el toldo que esta trae,
son muy bajos sus principios.
¡Mal hayan indias y mares!
Yo, no podiendo sufrir
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palabras tan desiguales
al valor de un caballero,
dije: «Vuesa merced hable
como quien es, que desdice
de las palabras el traje;
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que es honrar a las mujeres
deuda a que obligados nacen
todos los hombres de bien,
por el primer hospedaje
que de nueve meses deben,
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y es razón que se les pague.
Que, puesto que son las lenguas
espadas, para templarse
quiso Dios que las pusiesen
en los pechos de sus madres.»
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«¿Quién le mete en eso a él,
no conociendo las partes?»,
respondió, descolorido.
Yo dije: «El ver que la infamen
sin dar ocasión, y el ser
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hombre, que basta a obligarme,
cuando no naciera noble».
Replicó: «Pues, oiga y calle,
si no sabe quién soy yo,
y que no es bien que se case
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mi hermano desigualmente.»
Respondí yo: «Los que saben
que en Vizcaya a los más nobles
se les permite que traten,
con hábitos en los pechos,
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no dicen razones tales;
y, sin conocerla, digo
que el ser mujer es bastante
nobleza, y que no es honrado
quien no las honra.» «¡Dejadme!
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(dijo entonces). Mataré
este necio, si es su amante!»
Repliqué: «No la conozco,
pero lo que digo baste
para hablar en su defensa.
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Saca la espada, cobarde,
que donde palabras sobran,
temo que las obras falten.
¡Saca la espada!, ¿qué esperas,
pues no te detiene nadie?»
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Pero, ¡vive Dios!, que apenas
las dos se vieron iguales,
cuando pienso que la indiana
vino en forma de algún ángel
y le derribó en el suelo,
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sin que a tenerle bastasen
cuantas espadas y amigos
pretendieron ayudarle.
No espere mejor suceso
la lengua que las infame,
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ni menos que vida y honra
quien las defienda y alabe.
Con esto quise tomar
la iglesia para librarme,
y, por la confusa gente,
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tomé diferente calle.
Al revolver de la esquina,
vi estas casas principales,
juzgué por ellas el dueño,
es imposible engañarme.
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Traigo una hermana conmigo,
a quien doy tantos pesares,
que este postrero, señora,
temo que la vida acabe;
esto solamente siento.
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Hasta que la noche baje,
os suplico permitáis
que en vuestra casa me ampare
para partirme a Sanlúcar,
donde a las Indias me embarque,
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si podrán llevar el peso
de mis desdichas sus naves.
Que tan justa obligación
hará que el alma os consagre
la tabla de este milagro,
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que con letras de oro en jaspe,
diga que pudo, en Sevilla,
don Juan de Castro librarse,
con doña Ángela, su hermana,
de dos peligros tan grandes.
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Y porque vea el pintor,
cuando la tabla señale,
cómo ha de poner la historia,
y pues sois la hermosa imagen,
ya me pongo de rodillas
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para que así me retrate.
Que quien defiende a mujeres,
bien es que piedad alcance.