Oíd, ilustres mancebos.
Oye, generosa patria,
a quien te ha dado más honra
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que cuantos tus hijos llamas.
Madame Leonor, que fue
hija de Charles de Francia,
fue mujer de nuestro Rey,
varonil, discreta y santa.
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Celos del conde de Bura
le obligaron a matarla.
Mandome matar al Conde,
y no matarle fue causa
que pudiese, estando vivo,
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decir que Leonor fue casta;
que celos son como peste
que de aire matan la fama.
Pasose el de Bura al Duque,
por temor o por venganza.
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La Reina, del sobresalto,
que en el mes del parto estaba,
tan recio le tuvo, ¡ay cielos!,
que sola una mano saca
un niño, a quien una cinta
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ató en el brazo una dama.
Metiole, y salió después
otro sin ella, que es clara
señal que no fue el primero
a quien fue la cinta atada.
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En fin, nacieron los dos,
y el Rey, celoso, que manda
matarlos. Trueco los niños
y mato los de una esclava.
La Reina libré también,
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que no es bien que a mis palabras
deis crédito si no vive
y el reino vuelve a firmarlas.
Los hijos son los presentes,
que me han dado en confianza,
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que no en vano defendían
su honor, su vida y su patria.
No diré cuál de los dos
el de la cinta se llama
ni el que primero nació
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si dos mil muertes me tratan.
Porque el toro de Perilo,
ni de Dionisio la espada,
los tormentos de Magencio
ni cuantos el mundo aguarda
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de aquella bestia feroz
que el Apocalipsis canta,
no serán parte a que mueva
mi lengua tales palabras.
Antes, ¡oh, famosos Grandes
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de la dichosa Britania!,
me habéis de tener a mucho
haber sabido enfrenarla,
porque sin saber quién son
se puede juzgar la causa,
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y ellos, sin pasión, la esperen.