No es tiempo, joven ilustre,
que entre temores tan varios,
te encubra la gran tragedia
de que resulta tu agravio.
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Sabrás que el Rey tiene preso
a tu noble padre, Castro,
porque dio muerte a tu madre,
que era de prudencia un vaso,
por un falso testimonio,
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Fernando, que levantaron
a su virtud inocente.
En efecto, este es el caso,
que viniendo de la guerra
de Aldemón, fiero contrario,
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vencedor tu noble padre,
los aires solicitando
los lucidos tafetanes,
porque en su aposento hallaron
aposento a tanto honor,
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dando envidia a los brocados,
salieron dos escuderos,
enemigos no excusados,
carcomas del mismo honor
de sus vidas, y retrato
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del falso camaleón,
porque en sus colores varios
les transformó el interés.
En efecto, le contaron
que hablaba por el jardín
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tu madre a un hombre, y estando
arrimados a los muros
que coronan los acantos,
le vieron diversas veces.
¡Gran traición, aleve trato!,
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porque una maldita esclava,
de pensamientos villanos,
que las partes de Fortún
fácilmente enamoraron,
y Fortún, amante tierno,
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de los bellos ojos castos
de tu madre, hizo tercera
la esclava que te he contado,
que quien de esclavos se fía,
pone su vida en cadalso.
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Al fin, tomando el vestido
de tu madre, voz y hábito,
hablaba por el jardín
con Fortún, el que he contado.
Al fin, para no cansarte,
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los escuderos llevaron
a tu padre, porque viese
la maldad que levantaron.
Fue y conoció los vestidos,
y cegándole el agravio,
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a su esposa le parece
que mira en ajenos brazos.
Dio la muerte al traidor,
y fue siguiendo los pasos
de la infame, que se esconde
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debajo del lecho casto
de tu madre, que dormía,
teniéndote a ti a su lado,
vestida sobre la cama;
a tu padre está aguardando.
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Diola cinco puñaladas,
desocupó el cuerpo santo
el alma, que pisa estrellas,
dejándole frío y pálido.
Miraron la cama luego,
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y hallaron estar debajo
la esclava, que confesó
su delito y falso trato.
Quemáronla luego al punto,
y los polvos entregaron
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a los vientos, que esparcieron
su vil ceniza por alto.
Quiso matarse tu padre,
y poniendo al cuello un lazo,
se puso a los pies del Rey;
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prendiéronle habrá veinte años.
Este, hijo, es el suceso.
Ahora es tiempo, Fernando,
de que vuelvas por tu honra,
pues que pretendes cobrarlo.