Senado discreto y justo,
Duque ilustre veneciano,
ínclito honor y defensa
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del gran león de San Marcos:
en defensa de su honor,
cerca de vuestro palacio,
mató Sidonio, mi esposo,
a Fulgencio Justiniano.
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Seis años ha que en un monte
ha vivido desterrado.
Como tomasteis mi hacienda,
y él me ha faltado seis años,
vine a notable pobreza,
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y mi desventura a tanto,
que mi hijo me dejó
y se fue a Roma soldado.
Esta hija que aquí veis,
que para moveros traigo,
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quedome, pobre y hermosa,
sujeta a cualquier engaño.
Viendo que se me atrevían
mancebos desenfrenados,
escribí a Sidonio, ausente,
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el peligro de su daño.
Él, como padre piadoso,
y que su honor tiene en tanto,
a Venecia y a mi casa
vino anoche disfrazado.
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Halló que Octavio y Fineo
–ya sabéis quién es Octavio–
se mataban por mi Elisa.
Púsose de Octavio al lado...
Él diga si le libró,
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pues entre tantos contrarios
salvó su vida, que vuelve
de la de su padre en pago.
Hablome y díjome así:
“Llévame, esposa, al Senado,
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porque llevándome preso,
te den los dos mil ducados.
Con estos libra tu hija,
y no permitas que al cabo
de mis peregrinaciones
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pierda el honor que le guardo.”
A las voces que yo daba
por no hacer tan atroz caso,
y al llanto de esta doncella,
que era entonces justo el llanto,
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el capitán de la guarda
entró, como veis, armado,
y prendió quien ya venía
a la muerte paso a paso.
Gran Duque, Senado ilustre,
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haced un hecho cristiano,
digno de la gran Venecia
y de esos pechos hidalgos.
Cuente España, Francia cuente
que el gran león de San Marcos
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sabe perdonar corderos
y castigar lobos bravos.