Los roncos
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ecos de trompas y cajas
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os respondan, y los moros
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que las riberas ocupan
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del Rhin, que en abismos hondos
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les dio, por montes de plata,
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pasadizos luminosos.
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Ya pisa a Francia Agramante,
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que, como Jasón en Colcos,
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piensa atropellar en ella
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los dragones y los toros.
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Cien mil soldados ocupan
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ya sus montañas y sotos,
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que parecen a la vista,
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entre los laureles y olmos,
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erizos que, coronados
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de los silvestres madroños,
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sacuden por la campaña
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pedazos de coral rotos.
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Yo los he visto, y pensé,
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con los colores vistosos,
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que eran escuadrón de abejas,
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cuando en los piquillos corvos,
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de diamante y de rubí
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desperdicios olorosos,
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en escuadrones volantes,
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dan a los preñados corchos.
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Muchos reyes le acompañan,
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que en el paganismo todo
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no ha quedado hombre valiente
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ni príncipe poderoso;
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también mujeres le siguen,
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que en alfanas, como copos
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de argentada y blanca espuma,
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ninfas parecen en rostros
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de mármol, a quien dio el arte
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espíritu generoso;
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y en la mayor hermosura
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que se vio en humano rostro,
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viene el desdén más ingrato
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que pudo engendrar el odio;
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el milagro del Oriente,
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donde amor, jamás piadoso,
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leyes promulga en los labios,
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rayos divulga en los ojos,
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la sirena del Catay,
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y el angélico tesoro
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de sus Javas perlas hace
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cuanto sirte y cuanto escollo,
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que es, si perla en hermosura,
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en crueldad peñasco sordo.
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Amor y Marte nos cercan.
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Cuando en sabrosos coloquios
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Roldán está entretenido,
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y en discursos amorosos,
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opresa está Francia, Carlos;
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evidente testimonio
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del ocio en que nos sepultas.
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El peligro te propongo
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para que al paso le salgas,
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que cuando me lleves solo,
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yo les haré que al mar vuelvan
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con paso tan presuroso,
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que se maten y se aneguen,
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unos tropezando en otros.