Vicios, no habéis de tocar,
hoy que el hábito le espera
de la Trinidad divina,
en el umbral de la puerta.
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Ya sus padres han hablado
al Ministro; ya le quedan
vistiendo el cándido manto,
testigo de su pureza;
oíd lo que os digo atentos,
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aunque pronóstico sea
y divina profecía,
que Dios de Simón ordena;
intérpretes suyos somos:
para más confusión vuestra
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y gloria suya, sabed
que guarda Dios a su Iglesia
en Simón una columna,
un miembro de la cabeza
de su sacra arquitectura,
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de su fundamento y piedra;
un Bernardo, enamorado
de su Madre, que merezca,
si no sus pechos, sus brazos
y sus divinas respuestas;
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un Ildefonso divino
que predique la entereza
del huerto, siempre cerrado,
donde la pura azucena
aquel divino rocío
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vistió de doradas perlas;
en fin, un predicador,
que con su angélica lengua,
cincuenta años a los hombres
predique sus excelencias;
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un hombre que sea Bautista
de la Virgen, porque tenga
quien lo señale con Ave
María de gracia llena.
«Veis allí, dijo el Bautista,
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el Cordero que a la tierra
viene a perdonar pecados»,
y Simón, «El Ave es ésta
que, como paloma y Madre,
por los pecadores ruega».
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¡Raro milagro que a un hombre
no falten palabras tiernas,
requiebros, gracias, virtudes,
conceptos y preeminencias
que decir por tantos años
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en el púlpito, en la iglesia,
en la calle y en el coro,
en el altar y en la mesa,
desta soberana Madre
con el honor de doncella;
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que si bien son infinitas,
es corta la humana ciencia!
Bien merece que en su boca
naciesen ocho azucenas,
pues que tiene Ave María
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ocho soberanas letras.
¡Oh, qué fruto tan divino!
La corte de España espera,
en siglo de tres Felipes,
de la amorosa prudencia
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con que será confesor,
trayendo mil almas muertas
en sus vicios, al camino
de la gloria y vida eterna.
¿Qué misericordia santa
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en trabajos, muertes, penas,
cárceles, enfermedades,
discordias y competencias,
será la de su alma pura,
hallando todos en ella
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consejo, remedio, vida,
paz, salud, descanso, hacienda!
¡Oh, qué de ofensas de Dios
estorba, impide, remedia,
entendiendo pensamientos,
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montante de Dios en ellas!
Será su oración notable,
de todo el infierno afrenta,
porque aun en suma vejez
tendrá más que humanas fuerzas
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para que todas las noches
en la oración le amanezca,
aunque el trabajo del día
las fuerzas mortales venza.
¡Qué desprecio será el suyo
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de las cosas de la tierra!
Dentro y fuera de su casa,
¡qué humildad y qué pobreza!
Por Ministro y Provincial,
religiosas preeminencias,
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no habrá diferencia en él
de lo que sin ella era;
y aunque ha de ver a sus pies
a Isabel, de España Reina,
en su trato y humildad
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no admitirá diferencia;
será su dichosa vida
setenta y dos años, y ésta
un ejemplo a cuantas almas
el sacerdocio profesan.
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Calificará su muerte
su vida, viéndose en ella
el más general concurso
que se haya visto, ni pueda
encarecer lengua o pluma;
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pero para afrenta vuestra,
quiero que le imaginéis
en la pintura más nueva
de un jeroglífico sacro
que en estos siglos merezca
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amor a la Virgen santa,
que desta manera premia.