El día que con el rey
don Pedro, tu hermano, entraste
en esta ciudad famosa
de Sevilla, ilustre Infante,
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años había que un hombre
pasaba esta misma calle
con mil honestos deseos,
para obligarme bastantes.
Miróme con tales ojos,
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que pudieran bien entrarse
por el corazón más duro,
si Dios le hiciera diamante.
No le quise bien muy presto;
que después de mil combates
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mis ventanas consulté
con palabras semejantes:
«Hierros destas rejas duras,
piedras que servís de engastes,
mármoles de aquesta puerta,
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¿querré bien? Aconsejadme.»
Y parecióme que un día
me dijo un hierro: «¿Qué haces,
si me ves enternecido
sólo de oírle quejarse?»
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Las piedras me respondieron:
«A suspiros semejantes
ya nos volvernos en cera;
no podremos sustentarte.»
Los mármoles me. decían:
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«Donde los que miras nacen,
no habrá tan duras entrañas,
si te resistes de amarle.»
Creílos, túvele amor,
trújome un papel un paje
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entróme por casamiento
(que no hay cosa que nos halle
la voluntad más dispuesta
para cualquier disparate),
respondí tan desdeñosa,
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que pudiera, a no adorarme,
mudar de imaginación
y ponella en otra parte;
pero amor, que, verdadero,
sufre y calla hasta vengarse,
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le dió para mis desdenes
paciencia y valor notable.
Con esto alcanzó de mí
venir una noche a hablarme:
En medio estuvo una reja;
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pero no para escucharle.
Sus tiernas quejas oí,
sus amores y humildades;
porque en los principios son
muy humildes los amantes.
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Esta noche trujo muchas:
crecieron las amistades,
y fué perdiendo el amor
el respeto a los altares.
Apretéle el casamiento,
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y él se lo dijo a su padre,
hombre rico y veinticuatro,
de buena opinión y sangre.
Como supo mi pobreza,
¡oh Enrique!, pensó matarle;
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aunque en la sangre bien pienso
éramos harto iguales.
En fin, para divertirle,
quiere el viejo que se case
con una mujer más rica
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que de codiciosas partes.
Con esto celosa y triste,
fingí, señor, retirarme;
que aprietan mucho desdenes
donde ha habido voluntades.
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No fueras tú mal tercero
con tu amor para abrasarle;
que donde hay competidor
no hay boda que se dilate;
mas hase alterado todo,
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como eres un mar tan grande;
de suerte, que mi barquilla
se anega en tus tempestades.
Él sabe lo que me quieres,
mi resistencia no sabe;
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por ti mi remedio pierdo
(que yo supiera obligarle),
y más agora que estás
donde Dorotea infame
de mi honor y de sus puertas
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te ha dado, Enrique, las llaves.
Bien sé que mi resistencia
ya no puede ser que baste
a la traición que me han hecho
por el interés infame;
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mas como Roma ha tenido
la matrona venerable
que ha honrado con su laurel
a la castidad triunfante,
haz tu gusto, pues no puedo
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defenderme ni librarme;
que también tendrá Sevilla
una mujer que se mate.