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En tanto que otra vez vuelven a verte,
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Clavela hermosa, mis indignos ojos,
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indignos digo por los rotos hábitos
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con que disfraza mi corona el tiempo,
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quiero ocupar la mano que solía
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dorada espada, en azadón grosero;
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cavar, al fin, aquestas hierbas quiero.
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¡Válgame Dios! ¿Qué es esto? Algún avaro
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entre estas plantas escondió tesoro,
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que cuanto suena es oro; a ver si es oro.
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¡Oro es, por Dios, y cantidad notable!
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¿Qué haré? ¿Diré que aquí le hallé escondido?
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No, que será locura y disparate.
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Heme aquí ahora puesto en más cuidado.
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¡Que venga a ser desdicha la riqueza!
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Mas, ¿quién no se holgará de esta desdicha?
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Yo quiero bien a la sin par Clavela.
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¿Quién duda que se ofrezcan ocasiones
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que puedan más que amor estos doblones?
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¡Alto, pues! Vamos a la corte luego
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con achaque de hacer alguna cosa.
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¡Dichoso el pobre, que descansa, libre
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de la solicitud del avariento!
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Ahora bien, ¿qué resuelves, pensamiento?
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No sé, por Dios; entremos en consejo.
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Entremos. ¿Quién serán los consejeros?
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Tú y yo. ¿Y el presidente? Los dineros.
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¿Qué digo yo? Yo digo que mi voto
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es que se compren galas y caballos,
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que esto podré tener sin que se sepa,
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para que, viendo la ocasión, me sirva.
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¿Qué dice el pensamiento? Plumas, galas
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es justo que se compren al momento.
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¿Qué dice el presidente? Que se compren,
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que él dará provisión, con firma y sello,
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para el tesoro de esta bolsa de oro;
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porque el mejor consejo es el de hacienda,
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porque no la tener todo es contienda.