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La mañana de aquel Santo
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que, estando mirando al Verbo,
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como precursor, le dijo:
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“Ecce Agnus Dei” con el dedo,
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salí de Madrid, estando
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de mil príncipes supremos
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cubiertas plazas y calles
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para un misterioso efecto.
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Y es que el dichoso Filipo,
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hijo de quien decir puedo,
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fue segundo Salomón
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y del propio Marte nieto,
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quiso, en una encamisada,
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honrar la flor de su reino,
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y dar con tal Monarquía
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a la fiesta más sujeto.
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Toda la corte se incita
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a regocijo y contento,
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porque parece que el día
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mostraba agradecimiento.
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Y en los Antípodas fríos
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lo supo el sol, y al estruendo,
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desde su antiguo horizonte
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entró en el de Aries corriendo.
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No os quiero aquí referir
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los costosos ornamentos,
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las galas, trajes, caballos,
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que atrás dejaban el viento,
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de que hubo cien mil testigos;
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y, en efecto, gasto tiempo
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en balde, que ni aun la fama
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no tuviera atrevimiento;
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y yo, que aquel tiempo estaba
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a amor y celos sujeto,
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rondé toda aquella noche
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entre amor, temor y celos.
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Al fin vi mi desengaño,
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vide mi tormento opuesto,
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aunque tomara vivir
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a tal fortuna sujeto.
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Vide un mártir como yo,
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a cierta reja, ofreciendo,
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como por víctima, el alma,
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sacrificio de amor necio.
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Vi mi dama me decía
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mil amorosos requiebros,
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bastante a enternecer
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de sus balcones los hierros.
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Mas yo, como hombre celoso,
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con más amor que no miedo
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(que al más cobarde un agravio
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pone corazón de acero)
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llegué; de dos cuchilladas
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dejó mi contrario el puesto,
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a pesar de sus amores,
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y mi gusto obedeciendo.
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Buscámonos con las puntas,
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llegó la mía a su pecho
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de suerte que, sin quejarse,
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desamparó el alma al cuerpo.
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Dejé esa noche a Madrid
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en el nocturno silencio,
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aunque noche de San Juan,
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y a Alcalá me fui huyendo.
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Proseguí hasta Zaragoza,
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y en las barcas que por Ebro
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surcan hasta los Alfaques,
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fui mi derrota siguiendo.
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Llegué al mar en ocasión
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que un mal reparado leño
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de una francesa tartana
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ofreció velas al viento.
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Embarqueme luego al punto,
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mas fue malo, porque dieron
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seis galeotes de Arnauti
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castigo a mi atrevimiento.
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Defendímonos un poco,
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que aun el salado elemento
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se espantó de lo que hice,
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y al fin quedamos sujetos.
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Mas al abordar de la proa
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dejé el espolón sangriento
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de sangre adarbe inhumana
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de los heridos y muertos.
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Escapé con seis heridas,
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mas a mis plantas se vieron
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sin la vida seis alarbes
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que rindió mi limpio acero.
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Arnautimán, espantado,
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y al fin absorto y suspenso,
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por más afrenta y castigo
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me mandó poner a un remo.
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Tres años y más estuve
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a la cadena sujeto,
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perdida ya la esperanza
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y a veces el sufrimiento.
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Rompimos el mar de Italia,
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no reparando en los tiempos,
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desde el muelle genovés
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hasta Cartagena, viendo
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las luces que levantaban
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las atalayas y puertos
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en la ribera española,
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sin temor, fortuna y viento.
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Y cansados de surcar
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el turquesado elemento,
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se dio fondo una mañana,
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la víspera de San Pedro,
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entre Corinto y la isla
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de Niebla, que cierto efecto
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aguardaba el General,
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que para mí fue misterio.
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Estando, por mi ventura,
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toda la chusma durmiendo,
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después de haberme mirado
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muy despacio un moro viejo,
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arrugándose las cejas
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se llega a mí muy atento,
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señor de una galeota,
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y así propuso diciendo:
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“Mucho me pesa de verte,
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cristiano, en aqueste extremo,
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y tu verde juventud
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se abrase cual verde almendro.
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¿Eres acaso español?
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Responde, no estés suspenso;
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de solamente de España
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parece tu gran esfuerzo.”
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Díjele que sí, y al punto
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me dijo: “Escúchame atento.”
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Le escuché, y propuso el moro
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un alto y raro embeleco.
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“Sabrás, dice, que la fama
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te está guardando un suceso
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digno de palma y de lauro,
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haciendo tu nombre eterno.
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Saldrás de esta desventura;
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que en ces de este remo, un cetro
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ocuparán esas manos
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si te desarmas de miedo”
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Y yo, que determinado
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miraba su anciano aspecto,
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sin reparar en razón
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le dije: “Propón, que entiendo,
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según estoy, que me sorba
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aqueste mar, y que presto
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abrase esta cuadra infame,
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que soy la esfera del fuego”.
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Muy agradecido el moro,
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me echó los brazos al cuello,
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y volviendo la cabeza,
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me dijo al fin en secreto:
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“Sabrás, valeroso joven,
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que sé que en África ha muerto
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del gran señor un sobrino,
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y parécesle en extremo.
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Que a las primeras hazañas
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que se ocupó este mancebo,
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los cruzados de San Juan
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dan a su soberbia freno.
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Diez años ha que es cautivo,
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ni saben malo ni bueno;
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aspira a empresa tan alta,
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conoce mi buen deseo.
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Yo te prometo mi ayuda,
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no deseches mi consejo,
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pues que por tanto trabajo
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sabes lenguaje turquesco.”
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Determinante, que cuando
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sacara la muerte el premio
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mejor era que estar
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sujeto al azote y remo.
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Sacome de la cadena,
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vistiome para el efecto,
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presentome al gran señor,
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diole a sus razones crédito,
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y al fin, por tan larga ausencia,
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mostró notable contento,
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dándole al turco las gracias
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y de Trípoli el gobierno.
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A mí entregome su armada;
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vencí al Persa, Scita y Griego,
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al Armenio, al Altracano,
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hasta el Indio contrapuesto;
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he salido contra Hungría
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tres veces, y quiso el cielo
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juntarnos de aqueste modo
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por milagrosos efectos.
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Ahora veréis que estoy
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en este traje encubierto,
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no por haber renegado,
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que a Dios adoro y confieso.