Entre dos montes de casas
a quien con grillos estrechos
calza de cristal el Tajo,
yace la Imperial Toledo,
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corona ilustre de España,
donde, por gusto del cielo,
tuve de padres honrados
desdichado nacimiento.
Cerca de mi propia casa
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vivió un hidalgo mancebo;
años que miró mis ojos,
quizá desengaños fueron.
Dile el alma por la suya;
no fue con ventaja el trueco,
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que aunque se truequen las almas,
puede estarse el honor quedo.
No dije bien, que no estuvo,
que tales fueron sus ruegos,
sus lágrimas y mentiras,
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que a quererle me movieron;
no con liviandad notable,
sino haciendo juramento
en la presencia de quien
no hay pensamiento encubierto
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sobre tan altas palabras
y con testigo, que tiemblo
de imaginar cómo tuvo
de romperlo atrevimiento,
fie mi honor en sus manos,
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mi valor a sus deseos,
toda mi vida a su amparo,
todo mi honor a su pecho.
Pasaron tiempos que pasan,
amándome; avivé el tiempo,
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las horas hurté a la noche,
los días a los deseos,
y sin saberle ofendido
ni aun con solo el pensamiento,
sin asomarse a mis ojos
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cosa que le diese celos,
porque a mí me parecía
que cuantos hombres nacieron
se cifraban todos juntos
en aquel mi amor primero,
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dio por su gusto en casarse
(como lo intenta en efecto,
sabiendo que no es posible
por ley del mundo y del cielo),
no sé con cuál de las dos,
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que en esto fuera su intento
justo, a no haber un agravio
tan injusto de por medio.
Llegó a Madrid, y seguile,
favorecida de un deudo
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que el pleito me aconsejaba,
aunque ponerle no quiero,
porque el favor son sus manos,
y sus pies son los dineros;
tendré quien me acuda mal
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con pluma y lengua sin ellos,
y un ignorante letrado
es puñalada de un pleito.
En aquestas confusiones,
vuestra casa me dijeron.
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Yo vine a ver si le hallaba;
no me engañó el pensamiento.
Salió de aquí, llegué a él
con lágrimas que movieron
los lindeles de esta puerta,
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pero no su injusto pecho;
echeme a sus pies llorando,
y dije: “De aqueste suelo
no podrás, Leonardo mío,
alma y vida de este cuerpo,
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levantarme, hasta que digas
que eres mi marido, y luego
me la quites si es tu gusto.”
¡Ay, Dios! ¿Cuál áspid soberbio
así se volvió a la planta
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que le pisó sin saberlo?
Sacó la daga, di voces,
entreme aquí, fuese huyendo.
Noble sois, honra tenéis,
este es mi triste suceso.