Primero día del mes
en que los perros del cielo,
que llaman la estrella Siria,
ladran con mayor denuedo;
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cuando la Doncella o Signo
tiene con calor soberbio
todo el sol en las espigas
y todo el fuego en el pecho,
cae, Osuna valeroso,
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la Víncula de San Pedro,
prisión del divino apóstol,
o libertad de estar preso.
Cae San Félix también
aqueste día, y sospecho
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que por el Pedro y el Félix
llama a esta fiesta Toledo
San Pedro de Sahelices,
porque de este nombre un templo
de esotra parte del Tajo
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tiene un monte por cimiento.
Es tanta su antigüedad
de esta ermita que refiero,
que al Pontífice de Roma
suele llamar cura el pueblo,
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sacristán al arzobispo
y al Rey patrón, y yo creo
que estas cosas tan antiguas
no carecen de misterio.
Como el Tajo cristalino
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lava con su curso eterno
los pies de esta santa ermita,
es toda la fiesta en ellos.
Desde las soberbias peñas,
desnudos fuertes mancebos,
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saltan al agua atrevidos,
círculos de plata haciendo.
Cuál va en ella disfrazado
con mil vestidos diversos;
cuál va como blanco cisne
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los cristales dividiendo;
cuál se zabulle en las ondas
y, reprimiendo el aliento,
como el ánade pintado
sale sacudiendo el cuello;
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cuál, azotando las aguas,
alterna los brazos diestros
y en ella, escribiendo cees,
forma un círculo perfecto;
cuál, puesto en forma de barco,
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las manos haciendo remos,
como madeja de seda
devana el agua en su pecho;
cuál, a lo largo tendido,
enseña los pies ligeros,
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sustentando con las manos
la pesadumbre del cuerpo.
Muchos van por las orillas
en mil danzas, pareciendo
los mejicanos desnudos
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cuando bailaban aceitos.
Cuáles trepan por las peñas
y parecen, desde lejos,
un retrato del diluvio,
de arena y agua cubiertos.
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Cuáles, corriendo algún toro,
de su feroz vista huyendo,
se arrojan al agua y burlan,
entre las ondas, sus cuernos.
Cuáles a los labradores,
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que están estas fiestas viendo,
meten al agua vestidos
por memoria de San Pedro,
aunque no salen enjutos,
mas de arena y agua llenos,
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para que en sus tierras cuenten
qué barbos lleva Toledo.
Las luminarias de monte,
los cohetes y los fuegos,
doblan el campo del agua
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las estrellas de los cielos.
En esta fiesta ¡ay de mí!
¡¡qué principios tan diversos!
pues siendo comedias de agua,
fueron principios de fuego!
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vi una dama, vi a Clarinda,
clara como el sol que vemos,
linda como el cielo mismo
cuando está claro y sereno.
No la vi vestido, Osuna,
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que me resistiera, creo.
Vila desnudo, abrasóme;
pero trocamos efectos,
aunque no se fue tan libre
que no llevó pensamientos
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que pararon en hacer
rostro a mis locos deseos.
Escribíla, respondióme,
y, al pedirla en casamiento,
teníala prometida
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su padre a cierto heredero.
Turbóse, vióme y, turbado,
vila muerta, vióme muerto.
Las bodas se concertaron.
Íbase acercando el tiempo,
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víspera del mismo santo
y en la fiesta que refiero,
pero pasados dos años
de aquel primero suceso,
vino con toda su casa
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de noche al Tajo, y, fingiendo
que a sus peñas se llegaba,
hallóme echado en el suelo.
Tanto pude con llorar
¡oh, lágrimas, gran veneno!
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que hasta una pequeña aldea
a pie la truje, y volviendo
a la ciudad por amigos,
quiero decir por dineros,
la truje hasta Zaragoza,
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puesto que sin casamiento
no le he tomado una mano.
Aquí nos vio un caballero,
que ha dado parte al Justicia,
que me mandó llevar preso;
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mas fingiendo ser cuchillo,
con la punta de este dedo
a los alguaciles di
dos golpes en los dos pechos.
Con que a un golpe me soltaron
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y yo, no perdiendo el tiempo,
a esta Iglesia me retruje,
donde rezo de amor ciego,
y donde le ruego a Dios,
con justo arrepentimiento,
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que a mí me dé libertad
y dé a Clarinda remedio.