Finalmente,
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entró Bernal Tolosano,
sangrándose los dos ojos
con los bigotes alzados.
Hizo por todo el camino
a cuatro amigos el gasto,
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sin llevar aparadores,
reposteros ni criados.
Fué su vestido pajizo,
leonado, morado y blanco,
colores, no de su dama,
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sino del Conde, su amo.
Sacó un listón por empresa
de Catalina de Ramos,
en Manzanares humilde
batanadora de paños.
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Siguióle, todo de verde,
el valiente Pero Marcos;
Pero Marcos, hombre zurdo,
pero bien intencionado.
Iba el cuerpo del Marqués
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entre verderones cuatro
como entre cuatro cipreses,
porque eran delgados y altos.
Era lacayo tan fuerte,
que a ninguno de su trato
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llamó en su vida merced,
sino vos, primo o hermano.
A la segoviana puente,
que con berroqueños brazos,
sin darle ocasión ninguna,
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oprime aquel pobre charco,
cuyos ojos no ven río,
por más que estén desvelados,
salió Inés; llevó en los suyos
las aguas que le faltaron,
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y dióle cuatro pañuelos
y dos cuellos, que en llegando
abrió con molde y lucieron
por hechura de sus manos.
Aquí favor, dulces Musas,
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que entra Colindres gallardo,
valiente por su persona
como Bernardo del Carpio.
Todo vestido de nácar
era un pimiento lacayo,
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para sotana bien hecho,
porque era delgado y zambo.
Ninguno al juego de cañas
ladeó más presto, y más bravo
esperó toro, pues dicen
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que hasta hoy le está esperando.
Contarte, Inés, por extenso
de tamo famoso hidalgo
nombres, hazañas y galas,
será contar al Parnaso
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las plumas; a las medidas,
las faltas; los pesos falsos
a los pulgares, y, en fin,
mis deseos a tus brazos.
Sólo asegurarte puedo
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que esta ostentación y gasto
no ha sido por cuenta suya,
sino a costa de sus amos.
No hayas miedo que alguacil
lleve décima en mil años
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de ejecución que les haga
por tantas telas y rasos,
ni que se queje oficial
de las hechuras de tantos
vestidos; y tú perdona,
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bella Inés, si no me alargo,
que porque viene don Juan
ceso, besando tus manos.
Pues no quiero estar aquí,
que pueden cansar a un mármol
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preguntas de amante ausente.