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Usase, invicto señor,
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allá en Génova, mi patria,
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preciarse de los cabellos
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las nobles y hermosas damas.
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Para esto, o se los fingen,
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comprando algunos a Francia,
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o la que puede los cura
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con varias y fuertes aguas.
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Cúbrense de estas señoras
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los terrados de la casa,
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para curar las madejas
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al sol, que a las suyas baja.
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Y cierto que se conoce
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que el sol de aquel oro es causa,
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que todas parecen soles
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cuando en público las sacan.
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Cerca, señor, de la mía
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la casa de un noble estaba,
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cuya hija, Blanca en nombre,
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y más que la nieve blanca,
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subía a enrubiar sus hebras,
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segura que la miraban
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los ojos que yo ponía
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al cristal de una ventana,
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y como cuando el sol
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en algún cristal abrasa,
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quizá el cristal fue la culpa
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de que me abrase el alma.
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Si los antojos se hacen
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de cristal, ¿por qué se espanta
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de que fuesen con antojos,
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si por cristal la miraba?
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Ella estaba al sol, y yo
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al de su cabeza y cara,
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porque los dos se ponían
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cuando los dos me dejaban.
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Es amor invencionero,
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bien lo saben cuantos aman:
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¿quién diría hiciese amor
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tercero una cerbatana?
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Con ella tiré un papel;
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tomole. Entendió mis ansias,
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que adonde la lengua es muda
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por ella las letras hablan.
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A poco me respondió
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airada, y no tan airada
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que no me quedase puerto
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para salvar la esperanza.
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Perserveré, pudo amor
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con tanta perseveranza
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conquistar su duro pecho,
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que los peñascos ablandan.
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Por los ojos muchos días
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comunicaban las almas
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sus penas y sus deseos,
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hasta que tuvimos traza
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de que pudiesen también
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descansar por las palabras,
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que aunque más le cansen penas,
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hablando el amor descansa.
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Fuese perdiendo el recato,
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¡oh, cuán poco se recatan
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dos que con amor se miran,
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tan locos y ciegos andan!
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Buscaba un hermano suyo
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ocasión para acusarla,
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con mi muerte del honor
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que se guardaba en su casa,
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y disparando al cristal
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del marco de la ventana
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una pistola francesa
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dio por un lado la bala;
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saltó el vidrio roto en piezas
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ofendiéndome la cara,
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y ofendiéndome el honor
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tan conocido en mi patria.
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Viendo el Senado que ya
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mi familia y la contraria
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a las armas acudían,
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quiso detener las armas.
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Prendió al hermano que digo;
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yo, por hacer venganza,
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ausenteme por la mar
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en una nave fretada
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a unas islas ginovesas.
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¡Cuán mejor me fuera a España,
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adonde deudos tenía!
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Rindiose la mar helada
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al fuego de mis suspiros,
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tomé puerto una mañana,
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viví en las islas, y en ellas
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tuve a cuatro meses cartas;
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dichosas, pues que traían
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nuestras paces concertadas.
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Hice las galas que pude,
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y volví con estas galas
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a Génova a desposarme
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con la bellísima Blanca;
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pero apenas cuatro millas
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estaba la Fabiñana
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la isla de quien salí,
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cuando entre cuatro fragatas
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del corsario Caracosa
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mi pobre nave se halla.
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No desciende el pollo humilde,
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batiendo las sesgas alas
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el codicioso milano,
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como ellos, diciendo: Amaina.
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Yo, triste, quise morir,
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poniendo mano a la espada,
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pero Blanca me detuvo
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entre la mano y el alma.
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Abordaron, y subiendo
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sin resistencia a la jarcia,
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y rasgando la jareta
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que de borde a borde estaba,
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fui el primero que prendieron
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arrimado a las escalas,
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entre unos cabes, que hacían
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defensa al fuego y las balas.
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Prendiéronme, y presentando
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a Amurates en su casa,
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en la huerta que edifica
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serví de dar piedra y agua;
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agua en los ojos, y piedra
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en la paciencia, que basta
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a volver en piedra a un hombre
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por quien tantas cosas pasan.
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Dijeron que los esclavos
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las cadenas se limaban,
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y que ya en el mar tenían
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una alta nave y dos barcas.
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Mandó Amurates matarlos;
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y por no perderlos, manda
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que echen entre ciento suertes,
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sin examinar la causa.
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Cúpome a mí la de diez,
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y manda que otra se haga
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de diez a cuatro, y también
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me toca, ¡fortuna extraña!
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De cuatro manda que a uno;
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hecho azar, todos se escapan,
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y a mí me llevan a un palo,
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donde estando a la garganta
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dando vueltas el cordel,
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Mustafá la gente aparta
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y me trae donde vengo
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a saber lo que me mandas.