Texto utilizado para esta edición digital:
Menéndez Pelayo, Marcelino (ed.), Lo cierto por lo dudoso, en Obras de Lope de Vega, Madrid, Real Academia Española, 1899, vol. 9 Crónicas y leyendas dramáticas de España, 3.ª edición, pp. 367-404.
- Durá Celma, Rosa
Nota a esta edición digital
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Transcripción, modernización de la grafía y puntuación, y codificación del texto digital a cargo de Rosa Durá Celma. Marcado de la métrica a cargo de Jesús Tronch Pérez.
LO CIERTO POR LO DUDOSO
Comedia de Lope de Vega Carpio dedicada
Al excelentísimo señor don Fernando Afán de Ribera Enríquez, duque de Alcalá, adelantado Mayor de la Andalucía, Marqués de Tarifa, Conde de los Molares y señor de la Casa de Ribera
Hice elección de esta comedia entre las doce de esta parte, para ofrecer a Vuestra Excelencia algún rústico fruto de nuestra humilde Vega, debido tributo a la sagrada Ribera del mar Océano, porque pasa en Sevilla, su dichosa patria, y porque, como en España no tienen preceptos, no ofenderá su grave juicio en todo género de letras, así la disposición de su contexto, como el ornato de sus versos, que en esta ocasión tanto temor pone a todo ingenio científico, que a los vulgares en cualquiera calidad, no hay que tener respeto. Debiera Apolo hacer concilio de sus musas, y definir que estilo debemos usar ahora para quietud de los elevados y singulares, que así se llaman los que, malcontentos de la verdad de la lengua, cuanto agradados de su vanidad y locura, pernan en diferentes lugares como las almas. Teofrasto Parecelso pone notables diferencias de hombres, después de los comunes a la naturaleza en todos los elementos: undenas, silvas, gnomos, pigmeos, salamandras; y no se acordó de los del aire, porque no había entonces este linaje de poetas. Yo no sé qué ideas son estas, deben de ser las de Platón, que no se pueden definir, como sintió Aristóteles: Nec demonstrationem recipere, et ita vanae. Constituyeron algunos el natural principio de todas las cosas en el caos (eran gentiles); de él quisieron que procediesen la materia, la forma, los elementos, a quien otros añadieron los átomos. No fuera sin causa poner entre ellos este género de versos, pues a la claridad del sol no se les halla más que confusión y aire. Dice contra el Tasso la Crusca que se entienden sudando sus conceptos, por haberlos envuelto en tanta variedad de figuras; y que los poemas han de tener, con lo provechoso, lo deleitable, y que con lo deleitable no puede estar la fatiga, y que la que se siente en leer su Godofredo, no solo es fatiga, sino enojo y martirio: Avendosi sempre a combattere con gli stravaganti ed intempestivi gheribizzi dell’ autore (en castellano no tenemos esta voz, que ‘fantasía’ no es tan significativa). Esto sintieron del tasso: ¿qué haremos en España de los que tan lejos viven de igualar este varón insigne, poeta y filósofo, y no escritor de plática, como los médicos empíricos?
En el ánimo, señor excelentísimo, está la mente; en la mente, el juicio, la sagacidad, la solercia y el ingenio; divídele el Constanciaro en su Retórica en dos cualidades: Quaedam sunt commoda, dice, et quaedam incommoda; commoda ut acumen et celeritas ingenii et memoria (y en estas facilidad y firmeza), quas res eruditio comitatur atque doctrina. Entre las cosas que pone al segundo género, son la rudeza, la tardanza, las flacas fuerzas del ingenio, la poca erudición y doctrina. Yo bien estoy con que los frutos de los estudios salgan tarde, pero, después de tarde, rudos, torpes, tibios e ineruditos, no lo apruebo. Si el remedio del corto natural se ha de fundar en la oscuridad y bárbaro estilo, ¿para qué escribe el que ha de fatigar al que le ha de leer, pues solo su engaño le obliga o su presunción le desvanece? No es esta la diferencia del hablar natural o figurado, ut in sermone latino. Poco ornato de la oración poética sería llamar naturalmente a los ojos, el sentido con que vemos, pero en el figurado basta llamar a Aristóteles lumen graeciae a la juventud, flos aetatis, manus a la potestad, y caput al principio, con otros lugares tópicos donde hay tantas diferencias y tropos; y aun de esto, modicus et opportunus usus, que así se ilustra la oración, como quiere Fabio Quintiliano. Ne inusitata et usu remota in orationem ingeras, dijo el Ticinense, puesto que la peregrinidad sea vicio de españoles, como refiere Crinito, y lo confirma la inconstancia de sus trajes, barbas y cabellos, pero sacar de su naturaleza a la retórica, y que no sea su definición arte de bien decir, sino de lenguaje bárbaro, ¿qué facultad lo permite? ¿Qué nación lo sufre? Si agora preguntaran a Guillermo Budeo cuándo había de ser el día de mayor confusión, no respondiera aquel donaire, sino que en el tiempo que escribiesen los hombres para no ser entendidos. Pues luego ¡el modo de las reprensiones, con tantas libertades y convicios, obligando a los hombres acostumbrados a la alabanza, a tratar, por volver por el propio honor, del vituperio ajeno! ¡Oh vano error! ¡Oh suma ignorancia! ¡Oh soberbia fantástica! ¡Oh presunción intrépida!
Lloraban a Hermolao, enfermo en Roma, aquellas dos estrellas de Florencia, Pico Mirandulano y Ángelo Policiano, y dice Crinito, alabándolos y culpando a Platón y a Jenofonte: Animi parum liberi et insinceri esse, invidiae magis quam doctrinae concedere.
Si hubiéramos de proponer un alto ejemplo de los que sin envidia saben (que claro está que quien sabe no envidia), ¿quién fuera como Vuestra Excelencia, que desde la primera edad se consagró a las ciencias, como destinado a tantas grandes virtudes, que le han hecho por sí mismo más lugar en la fama, que la generosa ascendencia de sus clarísimos progenitores, que en tantos, tan admirables y suntuosos edificios, lustre e inmortal ornamento de Sevilla, dejaron las cenizas de tal fénix? A quien podíamos decir lo que de aquel ave sagrada al sol dijo Lactancio, aplicando las selvas orientales a las riberas del Betis:
Antistes nemorum et luci veneranda sacerdos,
Et sola arcanis conscia, Phaebe, tuis.
Pues no hay facultad de que no tenga conocimiento y particular estudio, en el mejor que ha juntado príncipe en Europa: docto en la lengua sira, hebrea, caldaica y griega, cuando de sola la latina, en que es tan eminente, pudiera honrarse cualquiera profesor suyo. Pues si entre las sinopsis que en algún modo contienen principio, da el filósofo al esplendor, dignidad y autoridad la nobleza, ¿qué hará ilustrada de tan sublimes virtudes e insignes letras? ¡Oh feliz siglo!
Capellán de Vuestra Excelencia,
Lope Félix de Vega Carpio
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