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Rey de Nápoles, Alfonso,
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digno por tus claros hechos
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de las águilas partidas,
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corona del sacro Imperio.
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Y vos, gran Príncipe Otavio,
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que del feliz casamiento
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de Leonora habéis de dar
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reyes a diversos reinos.
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Así de remotos indios
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os traigan oro y trofeos
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vuestras naves y soldados,
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que oigáis mi desdicha atentos.
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Yo soy Elena de Lauria,
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mujer de Lisardo Aurelio,
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hijo de padres tan nobles,
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que a sus hazañas debieron
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los príncipes de Aragón
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ver dilatado su cetro,
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de España a la bella Italia,
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de Nápoles a Palermo.
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Perdióse, como acontece,
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de la memoria del tiempo
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su casa, y heredó pobre
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el honor de sus abuelos;
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casóse conmigo, a quien
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miró con ojos honestos,
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estimando la virtud
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por dote del mayor cielo.
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Vivimos los dos seis años,
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sin que esta paz y contento
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deshiciese enojo alguno,
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por condición o por celos;
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pero en medio de esta paz,
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un día me vio Roberto,
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el primero de mi mal
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y de mi bien el postrero.
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Fui, para desdicha mía,
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de sus tristezas sujeto,
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nacidas de mi virtud
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y de sus locos deseos.
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Parecióle que ausentando
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a Lisardo, mal consejo,
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fuera su violencia más
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y mi resistencia menos;
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pero no fueron posibles
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sus promesas y sus ruegos
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para que puerta o ventana
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se abriese a intereses necios.
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Contar yo sus diligencias,
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fuerzas, traiciones y enredos,
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era dar número justo
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a los átomos del viento.
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Fingía que el Rey le daba,
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o por los servicios hechos,
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o por llevar a Milán
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cartas de un pleito supuesto,
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muchos dineros y joyas,
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y eran joyas y dineros
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para vencer lo imposible
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de mis castos pensamientos.
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¿Qué ventana de mi casa,
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qué reja o puerta estuvieron
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de sus escalas seguras
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y traidores instrumentos?
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Pero no hay hierro, señor,
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que más defienda de hacerlos
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como estar la castidad,
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reja de diamante, en medio.
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Toda Nápoles lo sabe;
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tú solo no, que no fueron
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las verdades tan dichosas
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adonde el amor es ciego.
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Murmuran el que le tienes;
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pero son pinos excelsos
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los reyes, que por su altura
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no escuchan los arroyuelos.
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Últimamente, señor,
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le llamó una noche, haciendo
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que le engañen sus criados;
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pero avisándole de esto
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el que ha venido conmigo,
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cuya lealtad y silencio
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mereciera honor de estatuas
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entre latinos y griegos,
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volvió a su casa y halló
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que la estaba defendiendo
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mi honor, con las fuertes armas
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de mi pensamiento honesto;
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parecióle que ya estaba
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su loco amor descubierto,
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y de matar a Lisardo
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resolvió su entendimiento.
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Mas con favor de quien digo
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y lo primero del cielo
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que la inocencia defiende,
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fue vano su loco intento.
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Mas luego, el siguiente día
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vino con la guarda, haciendo
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la más extraña invención
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que cupo tirano pecho.
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Prendió a Lisardo, mi esposo,
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diciendo que a Celio ha muerto,
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y anda en la ciudad, señor,
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vivo y sin vergüenza, Celio.
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Con esto le ha sentenciado
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a muerte, probando el hecho
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con testigos que no faltan
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donde sobran los dineros;
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que esto de falsos testigos,
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hasta que están descubiertos,
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son mohatras de la envidia
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para destrucción del dueño.
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Todo a efecto de que pueda
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conmigo el amor y el miedo
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de mi marido acabar
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lo que no el poder y el ruego.
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Hoy se la han notificado,
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y está el pobre caballero
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previniendo a Dios el alma,
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y para el cuchillo el cuello.
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Como ha venido el gran Duque,
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para ser cuñado vuestro
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y de Leonora marido,
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parecióle, Rey supremo,
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pedirle en esta ocasión,
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pues tiene conocimiento
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esta maldad, interponga,
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si no para su remedio,
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para averiguar la muerte
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de Celio, pues vive Celio,
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su autoridad, confiado
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de su valor, prefiriendo
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el gusto del Rey en todo;
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que si al honor de Roberto
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importa morir Lisardo,
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morirá por no ofenderos;
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pero si el hacer justicia
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dio tanta gloria a Seleuco,
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a Torcuato, a Bruto, a Fulvio
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que sus propios hijos dieron
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al cuchillo, Rey Alfonso,
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mejor podéis, a su ejemplo,
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dar la vida de un criado,
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o permitir, a lo menos,
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que la verdad se descubra,
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en honra de un pecho honesto;
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que la fama, agradecida,
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hará vuestro nombre eterno,
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si en la justicia los reyes
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son imágenes del cielo.