0631
Yo fui, generoso Arnesto,
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un hombre que no llegó
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a saber quién fue su padre,
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que no hay confusión mayor.
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Verdad es que por la mía
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conozco su condición,
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que sin valor, no pudiera
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comunicarme valor.
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Quedamos yo y Blanca, hermanos,
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como a la disposición
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del cielo quedan las aves
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a quien el nido faltó.
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Crionos por hijos suyos
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Fabricio, gobernador
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de Hungría, en buenas costumbres,
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hasta edad de discreción.
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Enseñome a mí las armas,
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noble maestro me dio
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para las espadas negras,
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de la blanca imitación.
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De la escarcela a la gola
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doradas armas vistió,
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coronando buenas plumas
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la celada o morrión.
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En arcabuz en la mano,
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a disparar me enseñó
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el plomo ardiente a las fieras
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por el cañón tronador.
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Tal vez que subiese armado
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en el gallardo bridón,
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que adornaban negras crines
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cintas de verde color,
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puesta en el ristre la lanza,
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en la tela me mostró
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a perder para las veras
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en las burlas el temor.
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No se olvidó de las letras,
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ya supe lo que bastó
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para no ser ignorante,
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como otros muchos lo son.
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Blanca, labores y danzas,
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como mujer, aprendió,
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virtudes y cortesías,
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de los palacios temor.
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Con esto y buenos consejos,
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el Rey contento nos dio,
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diciendo que éramos hijos
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de un caballero español
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que, viniendo por la mar,
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en este puerto murió,
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que es menos mal, aunque el golfo
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es sepultura mayor.
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A la sombra de Lisarda
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creció Blanca, y crecí yo
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a la del Rey, que me ha puesto
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en el lugar en que estoy.
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Aquí viene, como suele,
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a dármele la ocasión
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de ver y hablar a Lisarda,
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creciendo juntos los dos.
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Aquel monstruo mal nacido
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de la que en la mar nació,
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que todo lo ve y es ciego,
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y, siendo tirano, es dios,
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con tal violencia de estrellas
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que hablábamos por los ojos,
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nuestras almas en lazó,
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y era la vista la voz.
0699
Yo, Arnesto, no me atrevía
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más que a suspiros mi pecho,
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más que a lágrimas mi amor.
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Pero una alegre mañana
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que la Princesa bajó
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a ser del jardín aurora
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y del cristal resplandor,
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dio aljófares a las perlas,
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vista al agua, al viento son,
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voz al ave, oro a los lirios,
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y a los claveles color,
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amor, privanza y mi hermana
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me dieron licencia, y voy
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a ver cómo amanecía,
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sin que lo supiese, el sol.
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No le pesó, porque luego
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de dos cielos apartó
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velo de plata, que puso
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mi libertad en prisión.
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Pidiome que me acercase,
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pero de un helado ardor
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sentía cubrirme el alma,
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sus potencias desmayó.
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Mas tomando amor en brazos
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la voluntad, despertó
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al entendimiento, y pudo
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perder, hablando, el temor.
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Favoreciome Lisarda
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de manera, que venció
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la grana de las mejillas
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la más encarnada flor.
0730
Desde este dichoso día,
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Arnesto, supe quién soy,
0732
porque quien Lisarda estima,
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ya tiene inmenso valor.
0734
Hoy me ha escrito este papel
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tan loco, de quien te doy
0736
parte como a la mitad
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de mi propio corazón.
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No quiero que me aconsejes,
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puesto que el caso es atroz,
0740
que no recibe consejos
0741
amorosa obstinación.
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Yo quiero morir, yo quiero
0743
solo decir que tocó
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mi mano su nieve viva:
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¡qué celestial posesión!
0746
La noche apresuró el paso;
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llegó su curso veloz
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a la mitad del imperio
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del silencio y confusión.
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Mas teme que le amanezca
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más presto, y tiene razón,
0752
que donde Lisarda es día,
0753
pareciere noche el sol.