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Ahora, señor, recibo
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la merced de vuestros brazos.
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Y sin el Rey de Lisboa,
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del Emperador hermano,
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de Marruecos, cuyo nombre,
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desde Libia a Montes Claros,
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fue respetado del Moro,
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y formidable al cristiano,
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burlando de mi niñez,
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y del descuido burlando,
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con que por guerras civiles
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las que son justas dejamos,
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sacó en campaña su gente,
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ayudado de otros cuatro
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reyes, a quien Tarudante
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y Tafilete enviaron
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de gente y armas socorro,
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y por mis tierras entrando,
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los lugares destruía
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y talaba los sembrados.
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Avisome de esto el cielo,
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porque tiene el cielo a cargo
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la restauración de Espala,
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perdida por sus pecados.
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Salí a la defensa luego,
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y con gran priesa marchando,
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vine a descubrir los moros
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en el espacioso campo
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de Ourique, cuyos hermosos
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valles, cerros y collados,
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como langostas cubrían
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en el rigor del verano.
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Contemplo a los filisteos
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y madianitas, mezclados,
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contra el pueblo del Señor.
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Insté afligido y cansado,
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y en ver tanta muchedumbre
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se desmayan mis soldados.
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Huyó al corazón la sangre,
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y entre el temor y el espanto,
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la amarillez de los ojos
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entorpece pies y manos.
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Aconsejáronme algunos
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que me volviese, juzgando
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que esperar era locura,
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siendo el peligro tan claro.
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En este tiempo la noche
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extendió su oscuro manto,
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cuando reposaba el mundo
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de su trabajo ordinario.
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Yo, lleno de mil angustias,
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triste, de mi hacienda salgo,
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poniendo en manos del cielo
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el peso de mis cuidados.
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Pido, puesto de rodillas,
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arrepentido y llorando,
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a Dios perdón de mis culpas,
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y favor en mis trabajos.
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Pero apenas la oración
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feneció, cuando un helado
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temor me cubre los huesos
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entre un regocijo santo;
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y en una resplandeciente
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nube, que del sol los rayos
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aventaja, la cruz veo
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de Cristo, ¡portento extraño!
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Y en ella puesto al Cordero
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que, mudo, obediente y manso,
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fue por la salud del hombre
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al Padre Eterno holocausto.
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¿Cómo podré, invicto Alfonso,
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lo que sentí declararos,
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viendo con mis ojos mismos,
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gran señor, un bien tan alto?
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Postreme, pecho por tierra,
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y dije: “Rey soberano,
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no a mí, no a mí, que ya estoy
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en vuestra fe confirmado.
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Mostrad, Señor, a los moros,
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que blasfemos y villano,
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de la sangre que por ellos
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derramaste, no hacen caso.”
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Respondiome el Rey del cielo:
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“Alfonso, vuelve a tu campo,
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y acomete a los gentiles,
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que yo los pondré en tus manos.
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Y porque quiero fundar
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en ti un reino dilatado
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hasta los fines del mundo,
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por armas, en campo blanco,
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has de traer cinco escudos,
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las llagas significando
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que yo en la cruz recibí;
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y juntamente estampados
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treinta dineros, por quien
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fui vendido y fui comprado.”
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Desapareció, diciendo
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estas palabras, quedando
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vertiendo llanto mis ojos,
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que el susto es causa de llanto.
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Ya la aurora, blanca y rubia,
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por los soberbios peñascos
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de Alentejo publicaba
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que Apolo sacaba el carro,
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cuando, volviendo al real
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de mi ejército esforzado,
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fui aclamado y recibido
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con regocijo y aplauso.
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Y viendo que ya mi gente
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la batalla deseando
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estaba, furioso embisto
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al descuidado Africano,
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que sin concierto ni orden
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tomó las armas, pensando
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que pocos soldados suyos
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dieran fin a mis soldados.
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Pero vio, en espacio breve,
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que eran sus intentos vanos,
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y que en su estatua soberbia
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tenía los pies de barro.
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Vencile, en fin; mas no digo
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bien, que le venció la mano
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de Dios, que a tan alta empresa
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era mi poder tan flaco.
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Y estas, señor, son las armas
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que hice pintar, aumentando
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de mis claros descendientes
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los merecimientos altos.
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Y a vos, padre amado mío,
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pido perdón, humillado
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a vuestros pies.