Amor que cautiva el alma
por dos puertas entra en ella;
que son los ojos y oídos
del alma ventana y puerta.
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A Roán llegó la fama,
y mi muerte envuelta en ella,
de madama Serafina,
flor de hermosura francesa.
Entrome por los oídos,
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y quedó en el alma impresa
como queda del que escribe
duro sello en blanca cera.
Tuvo la imaginación
conmigo tan alta fuerza,
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que me sacó de Milán
y de sentido pudiera.
Partí con Julio a París,
donde su imagen bella,
sin comparación más rara
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que amor la pintó en mi idea.
Era una vecina suya
en estos casos tan diestra,
que siendo con Julio prima
fue con Leonardo tercera.
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Tenía Belarda, en fin,
de aguas y de olores tienda,
que si dijera de hechizos
no se agraviara Medea.
Pasó mi dama y su guarda,
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que era una celosa vieja,
a verla a su casa un día
que estaba escondido en ella;
concertámonos los dos,
que habiendo iguales estrellas
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mucho primero las almas
que las lenguas se conciertan.
Viniendo otros muchos días,
quiso el amor que una siesta
su tía se fue a un jardín
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y nos cerró por de fuera,
que sola pensó dejalla;
pero mal los celos piensan
cerrar la puerta al amor
que tiene llave maestra.
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Yo estaba dentro escondido,
como otras veces, con ella,
dándome vueltas el alma
al dar la llave las vueltas.
Salí, y asiendo sus brazos
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le dije: Esposa, ¿qué esperas
de amor, del tiempo y de mí
si agora este bien me niegas?
Resistiose, y yo abrasado,
por engañalla y vencella
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me puse al pecho una daga
con mil lastimosas quejas.
Enternecióseme entonces,
y rendida y satisfecha,
quedándolo de mi gusto,
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pasó la primer vergüenza.
Quedó preñada, Dionisio,
y en el mes sospecho que entra,
cosa en que nos va tres vidas
como su padre lo sepa.