A darte cuenta, Leonor,
vengo de un notable caso,
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alegre por una parte,
por otra parte turbado.
Por no hallarme en la sortija,
Leonor, de mi primo Lauro,
que ya sabes, que por celos
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andábamos encontrados.
Fuime aquesta tarde al monte
con dos perros y un venablo
guiado también del día,
que ha sido lluvioso y pardo.
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Y al decender de la cumbre,
veo venir por el campo,
con grande algazara y grita,
un escuadrón de africanos.
Dejando el Real camino,
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iban siguiendo y volando
perdices y francolines,
con los azores gallardos.
Asegurome el temor
el no mirar lanza en mano,
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ni adarga en brazo; y en fin,
al pie del monte llegaron,
de ricas telas vestidos,
hicieron el verde llano,
con las diversas colores,
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un jardín por largo espacio.
Por las plumas de las frentes
entre bengalas y lazos,
con ser tan fresca la selva
dejaba el viento los ramos.
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Y con estar de sus yeguas
tan lejos nuestros ganados,
él mismo causó que entonces
relinchasen los caballos.
Un moro galán mancebo,
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en un generoso bayo,
cabos negros, que vencía
con blanco, y que de ante blanco
traía las guarniciones
con los hierros plateados,
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arremetiole hacia mí,
y díjome en castellano:
¿Quién sois, cristiano? Yo dije:
Soy un montañés hidalgo,
que vivo cerca de aquí.
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Respondió: ¿Pues hay poblado?
Una aldegüela pequeña,
que mis abuelos poblaron,
que vinieron de León
a las riberas del Tajo.
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Pues descansemos amigos,
dijo a los otros, picando
el bayo por una senda.
Yo entonces a los crïados
pregunté, quién es el Moro
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que aficionaba mirarlo:
El Rey de Sevilla, dicen,
Zulema, nieto del Zaro,
que va a casarse a Toledo
con hija del Rey Cristiano.
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Por el camino Real,
con reposteros bordados,
cien acémilas le llevan
galas y presentes varios.
Atajo el monte corriendo,
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a decir a Feliciano
mi padre, que tiene un huésped.
Hallele, contele el caso.
Pero, ¿qué os estoy diciendo?
Ya los moros sevillanos
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vienen con él, y el aldea
alegre le da los brazos.