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Ya, mortales sentimientos,
presa habéis hecho en el alma,
¿pues cómo os vais deteniendo
que no acabáis con la vida?
¿Pero sabéis que sospecho
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que como nacéis de causa
que obliga a haceros eternos
no os atrevéis a matarme
porque no os falte el imperio?
Hombres, si el dolor que obliga
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agravios de honor han puesto
fuego a la caduca sangre,
si acaso os toca este fuego,
por hombres nobles, por hombres
a quien obligar pudieron
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beneficios recibidos,
deudas que conocen buenos,
vengad la ofensa de Enrique;
en vuestras manos he puesto
el que ayudó a su deshonra.
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¿Qué miráis? Yo soy el mesmo
que detuvo a los criados
de Blanca, mis armas fueron
freno que les tuvo el paso,
monte que se pudo en medio.
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¿Hay robador más dichoso?
¿Qué fábulas escribieron
tan extraños desatinos?
Júpiter, al mar huyendo,
llevaba robada a Europa,
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pero sus padres y deudos
hasta vencer imposibles
al robador persiguieron.
Mas, ¿qué plumas han escrito,
escribiendo infames hechos,
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que ayude el marido al robo
de su mujer? No os lo cuento
porque haya sido culpado,
que no ha inventado el infierno
tan grande infamia en los hombres,
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que más infame tercero
de su adúltera mujer
querrala poner en precio,
pero no que se la quiten,
por no perder el provecho.
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El primero soy del mundo,
no hay de este caso otro ejemplo,
por nuevo y por espantoso
será dos veces eterno.
Mas si el cielo permite
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que con mis armas el honor me quite
y vive mi despecho,
peña es mi corazón, diamante el pecho.
Traidor Marqués italiano,
¿cuándo viste en siglos nuestros
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de atreverse Italia a España,
pues en el timbre sangriento
apenas hubo laureles
que de españoles trofeos
entre banderas latinas
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no las humillara el tiempo?
Y cuando brotaba Roma
capitanes tan hambrientos
que iban talando la tierra,
ya con sangre, ya con fuego,
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un portugués, Viriato,
al quinto planeta opuesto,
ganó a Roma más victoria
que tuvo Roma trofeos.
Pues si el mundo me conoce
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y sabe el ardiente suelo
del África que mi espada
tiene por vaina sus pechos,
¿cómo de Italia ha venido
un hombre tan sin respeto
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que la sangre de Alencastro
la trate con menosprecio?
Mas si las estrellas todas
tiranamente me han hecho
el dueño de mi deshonra,
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no culpo su atrevimiento.
Prodigiosa estratagema
de la Fortuna y el tiempo,
que a no estar entretenido
en mis agravios, sospecho
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que no estuvieran seguros
los romanos ni los griegos,
en que abrasadas las armas
murieran sus movimientos.
Mas al fin mi espada sola
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libran los cielos mi desdicha toda.
Si yo quebré mi espejo,
en vano lloro, sin razón me quejo.
Mas resuélvome a morir.
Ea, venganza, ya es tiempo
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en que mostréis el agravio
de mortales instrumentos.
Si una palabra afrentosa
obliga el desnudo acero,
otras tan infames piden
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otra venganza de griegos.
Al Rey pediré justicia
por no perderle el respeto,
y si me la niega el Rey
vendrá a tener más derecho
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mi venganza. El Marqués muera,
que brota de rabia el pecho
al paso de mi desdicha.
Fiera mujer, hoy perdieron
su curso tus verdes años
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que tus lascivos deseos
lazos de la muerte han sido
que el infame amor te ha puesto;
que si culpada no fueras
recogida en tu aposento
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te hallaras toda la noche
en ausencia de tu dueño.
Y ya que al jardín bajaste,
cuando escuchaste el estruendo
de la gente de armas, ¿cómo
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no te amparaste huyendo?
Serás ejemplo infame
con que agonices en tu misma sangre,
porque un marido honrado
forma el cuchillo de su mismo agravio.