Veinte años habrá, señor,
que una hermosísima dama
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en forma de peregrina
llegó a posar a esta casa.
Venía en una litera,
y en un coche tres criadas,
seis criados en seis mulas,
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con otras cuatro de carga.
Dila, porque así lo quiso,
en una apartada cuadra
lugar donde aposentarse,
y en ella puso la cama.
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Noté que los seis criados
a verla jamás entraban,
y las tres mujeres solas
cuidaban de regalarla.
A un criado pregunté
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por su nombre y por su patria,
y respondiome que el nombre
saberle no me importaba;
que de Castilla la Vieja
era, y que entonces pasaba
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a Guadalupe, por voto
que hizo a la Virgen Santa,
porque había algunos meses
que una hidropesía extraña
amenazaba su vida,
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a quien la ciencia no aguarda.
Díjome más: que era viuda
y que muy rica quedaba.
aunque sin hijos, y quiso
descansar en mi posada
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del cansancio del camino,
que como era regalada
le sentía extrañamente,
y no supe más palabra.
Hasta que de allí a tres días
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salió una vieja criada
y a mi mujer y a mí juntos
ir nos mandó a visitarla.
Entramos para servirla
y cerrar la puerta manda,
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quedado las tres mujeres
y nosotros en la sala.
Sentose en la cama luego,
y dijo aquestas palabras,
bañando en perlas sus ojos,
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si no en aljófar su cara:
–Amigos, dijo, los cielos
son testigos que en la causa
por quien peregrina voy
fui ofendida, no culpada.
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Yo estoy preñada, y tan cerca
del parto, que ya me asaltan
los dolores, que a mi vida
con evidencia amenazan.
Estas tres mujeres saben
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de mi boca mi desgracia,
que no quise ni pudiera
de aquestas tres ocultarla.
Por excusar las visitas
si me fingía en mi patria
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enferma, este voto hice,
teniendo en él confianza;
y también porque partiendo
así fuera de mi casa
será imposible saber
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el parto que me amenaza.
Salid a buscar, amigo,
con cuidado y vigilancia,
quién dé el pecho a lo que el cielo
me diere en esta posada.–
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Muchas otras cosas dijo,
que las dejo por ser largas
de contar. Al fin nos dio,
en un bolsillo de nácar,
doscientos escudos de oro,
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y mi mujer, ya turbada,
tomolos, sin advertir
en razones cortesanas.
Salí de mi casa, y luego
busqué una mujer que estaba
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recién parida, y con ella
me concerté de llevarla
lo que pariese la que era
cuanto hermosa desdichada,
cuanto discreta, infeliz
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y cuanto señora humana.
Volví a mi casa, y el cielo,
que nunca a nuestro bien falta,
quiso que cuando la noche
en mudo silencio estaba
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pariese la peregrina
a una estrella, mas no al alba
cuando sobre el mar hermosa
por los cielos se dilata.
Luego en pariendo, entré a verla;
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tomé la niña, que estaba
en sus mantillas envuelta,
y la madre, apasionada,
la besó y su bendición
diola, y las piedras lloraban
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viendo que dejaba así
a su madre regalada.
Llevela donde ya he dicho,
saliendo la hermosa dama
de allí a ocho días a ver
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de sus criados las caras,
llevando un bulto conforme
al que antes así llevaba,
el cual después, poco a poco,
deshizo con vigilancia.
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Prosiguió al fin su camino,
gastando veinte jornadas
hasta volver a Toledo,
y ya en este tiempo estaba
dada a criar por mi orden,
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en un aldea cercana
de aquí, la niña, a quien quiso
su madre llamar Constanza.
Volvió, pues, la peregrina
de su achaque casi sana,
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y cerrándome en secreto
su hija y su honor me encarga.
Diome de oro una cadena,
quitó seis trozos al darla,
y con aquellos me dijo
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que de industria se quedaba,
para enviar por la niña
con señas tan señaladas,
siempre encargándome triste
su hija, parte del alma.
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También cortó un pergamino
todo en ondas, a la traza
que miramos nuestros dedos
si unos con otros se encajan,
que si escribimos sobre ellos
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una razón cortesana,
en estando divididos
no se entiende ni se alcanza,
porque quedando las letras
unas de otras apartadas
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no pueden formar razón
hasta volver a juntarlas.
De esta suerte estaba escrito
el pergamino, y cortadas
las letras diome una parte
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y la otra quiso llevarla,
y díjome que no diese
a ninguno la muchacha
si no fuese a la persona
que me trujese a mi casa
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los seis trozos de cadena
que ella consigo llevaba,
y aquel pergamino, que era
del que yo tenía el alma.
Y que juntando estas cosas
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yo solo antes de dallas
mirase bien si unas y otras
sin engaño conformaban,
y la diese conformado.
Y en las últimas palabras
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me encargó, que si crecía
la hermosa niña en mi casa,
que no la dijese el modo
con que merecí crialla
ni cómo había nacido,
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y que su nombre y su patria
me encubría hasta su tiempo.
Diome las señas, contadas
en una pequeña arquilla
de ébano y marfil labrada,
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y más quinientos escudos,
y fuese dejando el alma,
cuando de confusión llena,
de suspensión admirada.
Pasó en la aldea que he dicho
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sus dos años mi Constanza;
trújela después vestida
como su madre gustaba.
Veinte años ha que la tengo
aguardando mi esperanza,
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Los diez pensando que en ellos
por esta prenda enviaran.
Las esperanzas perdí,
y así yo quiero casarla
y darla dos mil escudos,
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pues para mi hija bastan
otros cuatro mil que tengo.
Solo agora, señor, falta
que os refiera sus costumbres,
que son, cuanto humildes, altas:
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ella labra bien y escribe,
es discreta y recatada;
ya habéis visto su hermosura,
que solo mirarla encanta.
El señor don Pedro, que es
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vuestro hijo, probó a darla
mil músicas, pero ella
jamás salió a la ventana.
Otros mil grandes señores
han venido a mi posada
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por verla, y se fueron muchos
sin poder mirar su cara.
Esta es la historia, señor,
tan gustosa cuanto larga,
de la que Ilustre fregona>
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a voces nombra la fama.
Ved lo que mandáis agora,
porque mi vida y mi casa
os ofrezco, con que yo
tengo guardada a Constanza.