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Nací de padres hidalgos,
aunque en calidad humildes,
¡oh, cristiana y sacra tea
que laurel y espada ciñes!,
en un lugar de Navarra
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que los dos reinos divide;
humildes en calidad,
como lo son los que viven
de las haciendas del campo,
teniendo quien las cultive,
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pero, como digo, hidalgos
de pecho exentos y libres.
Es mi nombre doña Juana
de Navarra, aunque de Enríquez
algo tuve por mi madre.
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Porque a escucharme te inclines,
tuve en tierna edad belleza
por todo aquel reino insigne,
cuya fama me ofrecía
mil casamientos felices
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a mis padres, entre algunos
menos ilustres, me pide
un don Sancho de Guevara,
sangre de aquel que dio origen
a los Ladrones, de quien
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tantas hazañas se escriben.
Era don Sancho segundo
de su casa. Al fin eligen
a don Sancho, a cuyas manos
para mis desdichas vine.
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No pasaron cuatro meses
cuando comenzó a sentirse
el curso desenfrenado
de sus años juveniles.
Gastó la suya y mi hacienda,
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porque ni pude ni quise
temiendo que me dejase,
rogarle ni resistirle.
Comenzome a aborrecer.
¿Aborrecer? ¡Qué mal dije,
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que lo que nunca se amó
no puede ser que se olvide!
Llamábanme entonces todos,
viendo su rigor terrible,
la hermosura aborrecida
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y la desdichada firme.
Como le desvanecían
tantas Medeas y Circes,
sus palabras y sus obras
trataron de perseguirme.
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Si al verle alzaba los ojos,
no hay víbora que la pise
pie de labrador en hierba
que tanto la lengua vibre.
Si me llegaba de noche
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por las espaldas a asirle,
aunque estuviese dormido
bramaba por desasirse.
Si le hacía algún regalo
(si regalos hay que obliguen
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a un hombre cuando aborrece),
no podía reducirle
a que solo le mirase,
cuanto más a que le estime.
Camisa le di una vez
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que, acabando de vestirse,
se la volvió a desnudar
porque supo que la hice.
Su mejor edad y hacienda,
el juego y mujeres viles,
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finalmente consumieron,
como al principio te dije.
Y para que en mis exequias
cantase amor como cisne
cuando de la dulce vida
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tiernamente se despide,
una mañana que el alba,
en vez de rosa y jazmines
furiosamente arrojaba
truenos y rayos horribles,
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salió como quien de Argel,
temiendo el dueño que sirve,
huyó con ansias y miedos
de que otra vez le cautive.
Lo que mis ojos hicieron
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pienso que aún aquí lo dicen.
¡Cuántas veces envidié
las almas de los gentiles!
Él se procuró esconder,
pero como amor es lince,
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luego supe el blanco honroso
donde sus pasos dirige.
A la Granada, que presto
tu gran Fernando conquiste
y de sus granos de nácar
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su escudo real matice,
viene Sancho a ser soldado,
que pretende ser Aquiles
con los moros quien ha sido
con los cristianos Ulises.
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Seguile, alcancele, hablele,
y hoy, cuando el alba se ríe,
lloré a sus pies, que pudieran
las mismas piedras oírme,
pero sacando la daga
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a matarme se apercibe,
y ojalá, pues no hay distancia
desde matarme a morirme.
Fuese, jurando arrojarse
entre los que el muro embisten,
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por morir y por librarse
de una mujer que le sigue.
En esta razón me hallaste;
no tengo más que decirte
de que sola tú pudieras
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ser sol de mi noche triste.
Esta, señora, es la historia
y la conquista imposible
de la aborrecida amante
y la desdichada firme.