Entre las villas, señor,
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que rendí con vuestra espada,
adorando en sus mezquitas
la cruz de la Iglesia santa,
fue Cabra, lugar famoso,
y por la sima de Cabra,
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celebrada y aun temida
entre los moros de España,
quise ver aquel secreto:
saqué, señor, de la vaina
el acero, que por vos
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ánimo y valor me daba.
De fuego y humo cubierto
entré, donde vi una sala
con la quietud que si fuera
vuestro toledano Alcázar.
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“Oh tú, cristiano valiente
(me dijo una voz que hablaba
en un fantástico moro
cubierto de tocas blanca),
mira estas paredes, mira,
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a quién y por quién aguardan
los cielos que de estos reinos
echen la gente africana.”
Entonces miré los lienzos
que la alta sala adornaban:
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en Guadalete a Rodrigo,
huyendo de la batalla;
llegar los moros con ira
a Galicia y las montañas,
de quien Pelayo salía,
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y de su tronco estas ramas:
Favila, Alfonso, Fruela,
Aurelio, Syla, el que llaman
Alfonso el Casto, Ramiro,
Ordoño y el que la fama
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con nombre de Magno Alfonso
a las estrellas levanta;
García, Ordoño Segundo,
que la alta línea propaga;
otro Alfonso, otro Ramiro,
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gran libertador de España;
Ordoño Tercero y Cuarto,
que tanto este nombre ensalzan;
Sancho y Ramiro Tercero,
Bermudo, Alfonso, y con armas
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de furor otro Bermudo;
Fernando, el que rey se llama
de Castilla, y otro Alfonso
Séptimo, que nombre alcanza
de Emperador por sus hechos,
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que la misma envidia alaba.
Luego aquel Sancho por quien
fue Calatrava fundada;
Enrique, y vos, gran señor,
cuya prosapia se alarga
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con nuevos reyes a un Rey
que en nombre y dicha os iguala,
cuya hija, Juana en nombre,
con un Archiduque de Austria
casada, nos dará un hijo
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que a dos Filipos nos daba.
Y aunque es verdad que el Fernando
que os dije y su esposa cara,
que se llamará Isabel,
conquistarán a Granada,
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no por eso el fiero moro
perdía las esperanzas
de volver a ser su dueño,
llena España de esta infamia,
que el echar de todo punto
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los moros de ella guardaba
el cielo para un Filipo.
gloria de Austria y sol de España.
Este, no vos ni otro alguno,
si bien Sevilla os aguarda
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para triunfo y laurel vuestro,
al África, a Italia, a Francia,
los echará para siempre
y él cobrará eterna fama.
Luego en retratos, señor,
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vi por la espada y la lanza
Vegas, Córdobas, Mendozas,
dar gloria y nombre a sus casas,
y entre ellos un mozo ilustre,
maestre de Calatrava,
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Girón en nombre, que a Osuna
dio inmortales alabanzas.
Visto aquesto, al punto oí
que dijo ciertas palabras
con que me puso a la puerta
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de la cueva y dijo: “Marcha,
y cuéntale al rey Fernando
lo que has visto y lo que pasa,
que prosiga su intención,
que suya será Granada.”
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No quise ver más, temiendo
campos que sin dueño marchan,
y rindiendo aldeas y villas
llegué a Archidona, que estaba
prevenida con las nuevas,
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pero asaltos, fuerzas, armas
y de esta espada el valor
pusieron en sus murallas
vuestra bandera real.
Reyes puse a vuestras plantas,
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con el bravo Yasimín,
Bencerraje de Granada.
Todo, al fin, me fue posible,
que ayudando mi esperanza
vuestro valor emprendiera
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de Alejandro las hazañas.
Lo que no he podido hacer
es cortar, ¿pero quién basta?,
la lengua a la fiera envidia,
nacida de vuestra gracia,
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pero si prosigue en ser
sombra de mi justa fama,
la defensa es ley divina,
la envidia es flaqueza humana.