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Pedro, invictísimo Rey,
a quien Aragón humilla
la corona de Moncayo,
flores de sus nieves frías;
su famoso Mongibele,
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la mayor isla Sicilia;
Nápoles, castillos fuertes,
de tantos reyes envidia:
Don Félix soy de Mendoza,
así, señor, se apellidan
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los señores de mi casa,
nobleza en España antigua,
desde los últimos godos
que sus montañas habitan,
por la arrogancia africana
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y la española desdicha.
Murió mi padre en las guerras
de Portugal y Castilla,
dejándome por herencia
su valor y sus heridas.
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Crióme el Rey en su casa;
al Rey de paje servía,
entre otros nobles tan pobres
y con la nobleza misma.
Pocas letras, muchas armas
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en este tiempo aprendía;
con gusto de ser soldado,
así los genios se inclinan.
Apenas, señor, mis labios
tiñó la primera línea,
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y fénix de mis abuelos
fui llama de sus cenizas,
cuando a ver vivos los moros
que pintados conocía,
salí con el gran Maestre
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de la sangrienta cuchilla,
con otros mozos, mis deudos,
“de Valladolid la rica”,
y en los campos de Archidona
vestí de color la mía.
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Con buena opinión, señor,
que importa mucho adquirirla,
a besar la mano al Rey
volví de la Andalucía.
Mientras estuve en Toledo,
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que se ofreció la conquista
de Málaga y Antequera,
puse los ojos un día
en una dama, que pienso,
aunque con pasión lo diga,
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que naturaleza en ella
aun hizo más que sabía.
Puso en su rostro su nombre,
como suelen los que pintan,
y añadió: “toda mi ciencia
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en doña Blanca se cifra”.
Los discursos de este amor,
años de esperanzas mías,
dieron sujeto a la historia,
dieron alma a la poesía.
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Cuanto ganaba en la guerra,
que no me faltaron dichas,
tanto gastaba en la paz,
galas y fiestas lucidas.
Bajó Almanzor de Jaén,
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arrogante de que habían
de ver cristales del Tajo
plantas de yeguas moriscas;
salió al encuentro el Pacheco,
como otras veces solía,
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fui con él, y a doña Blanca
dije mi breve partida.
Hubo lo que llaman perlas,
empresas, cabellos, cintas;
dile yo un Cupido de oro
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muerto en brazos de una ninfa.
Fuimos a Sierra Morena,
por donde el moro venía
en azules tafetanes,
las lunas al sol tendidas.
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Y no bebieron sus yeguas
del Tajo las aguas limpias,
sino de su espuma y sangre
polvo y sudor fugitivas.
Llenos de ricos despojos,
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Toledo en un mes nos mira:
julio, para mí fatal,
con estrellas enemigas;
pues en él, cierto don Sancho,
que nunca a las guerras iba,
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sirvió, con nombre de deudo,
a doña Blanca, su prima;
tan dichoso en este mes,
que a pesar de algunas firmas,
palabras y obligaciones,
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de la inconstancia rompidas
-¡oh, ausencia, de amor madrastra,
no sé quién de ti se fía!-,
dio mis prendas a don Sancho:
así la verdad se estima.
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El alcázar de Toledo
tiene una pared que afirman
las entrañas de unas peñas,
en que su máquina estriba.
Y delante de ella un llano
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que, aunque le cercan ruinas,
sirve a jugar la pelota,
que el Rey y las damas miran
desde unos altos balcones.
Y aquí, desnudos un día,
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a ejecutar un partido
nos provocó la codicia.
Trocó don Sancho el vestido,
y el paje que le servía
dióle un sombrero de noche,
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galán, de plumas pajizas.
Reparando en la medalla
que en el trancellín traía,
conocí el Cupido de oro
muerto a manos de una ninfa.
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¡Mal agüero!, que, en efeto,
mis sucesos pronostica;
porque no hay amor más muerto
que aquel que la ausencia olvida.
Culpo mi poca paciencia;
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pero tenerla sería
no tener honra ni amor,
cuando celos desatinan.
“Ese amor –digo a don Sancho-
fuera bizarra divisa
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a ser la ninfa la muerta,
por ingrata a fe tan viva.”
“Estaba mal empleada
-responde- en quien no tenía
méritos para quererla,
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ni partes para servirla.
Y no importa el muerto amor,
pues agora significa
que ha mejorado de dueño,
por quien amor resucita.”
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“Mejor –replico-, si acaso
lo habéis dicho con malicia,
no puede ser, que soy yo;
y yo, para que me sirvan,
tengo escuderos mejores
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que vos.” Aquí, con la vista
turbada, “mentís”, responde;
pido consejo a la ira,
y levantando la pala,
le doy lo que parecía
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el nombre; si es más afrenta,
que con mujer los reciba.
Deudos y amigos acuden;
bien haya quien bien se fía,
pues le debo a un escudero
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que tanta furia resista.
Sacó la espada animoso,
luego que me dio la mía;
si fue valor el de entrambos,
el suceso lo confirma.
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Mandóme prender el Rey;
pero su guarda y justicia,
al Tajo entre pardas peñas
rodando vio las orillas.
Arrojámonos al agua,
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y con ligera fatiga,
nadando nos dieron puerto
los álamos de una isla.
Bajó la noche, y con ella
dos caballos nos envían
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deudos y amigos, a quien
más las desdichas obligan.
A la raya de tu reino
piadosa deidad nos guía,
y en forma de labradora
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aquella Venus divina.
Por quien espero, a tus pies,
la defensa de mi vida;
o pasarme a Italia,
o para que aquí te sirva.