Con el peso de las armas,
el fuerte calor del tiempo
515
y el cuidado del camino,
traigo un volcán en el pecho.
Parece que son las plumas
llamas del ardiente fuego
que por las venas exhalo,
520
y todo mi cuerpo incendio.
Orillas de este pantano,
buscando el principio vengo
de su arroyo, que ha dos horas
que mi sudor propio bebo.
525
¡Qué hermosa y fresca laguna!
Parece un luciente espejo.
¡Qué fuente sonora y mansa!
¡Juega perlas con el viento!
Beber quiero, que ella misma
530
parece que está diciendo:
“Brindis, capitán Castillo,
en esta copa de hielo.”
¡Bendígate Dios, amén,
claro, segundo elemento,
535
templanza de los cansados,
ídolo de los enfermos!
¡Más vales en ocasiones,
aunque no quiera el tudesco,
que el vino aromatizado!
540
Otra vez te abrazo y beso.
Lavarme quiero la cara,
pues para limpiarme luego,
he de traer, o me engaño,
en la faltriquera el lienzo.
545
¡Ah, guerra, y más de conquistas
de bárbaros tan diversos
de la humana policía,
extraños son tus sucesos!
Ya nos habemos lavado;
550
bien será que descansemos
en esta margen florida,
en cuya alfombra me siento.
Mas ¡qué de imaginaciones,
qué de varios pensamientos
555
acuden a un hombre solo,
y en los campos a lo menos!
Aquí pensara un poeta
escribir en dulces versos
la fábula de Narciso,
560
el príncipe de los necios,
que se enamoran de sí.
Aquí, algún viejo avariento,
si estos montes fueran de oro
y estas arenas dineros.
565
Aquí, un jugador, sus flores
y las ganancias del juego;
cómo unos naipes se hacen
y cómo se estudia en ellos.
Aquí, un letrado, en sus Baldos;
570
un médico, en sus Galenos,
un tomista, en sus cuestiones,
un amante, en sus deseos,
y un soldado, como yo,
que anda por reinos ajenos,
575
si ha de volver a sus naves...
Pero ¿qué es esto que veo?
¿Cómo puede ser que haga
dos sombras mi propio cuerpo,
como se ven en las aguas
580
de este cristalino espejo?
Cuando en el vino las viera,
no fuera el milagro nuevo;
pero verlas en el agua
no carece de misterio.
585
Alzo la vista a los olmos
que en las ondas están viendo
sus verdes ramas. ¡Ay, Dios!
No en vano dos sombras fueron
las que retrataba el agua.
590
¡Qué bello hermoso mancebo,
si, por dicha, no es mujer,
como lo muestra el cabello!
Mas ¿si es ave de estas islas?,
que los que del Mundo Nuevo
595
vuelven a España nos cuentan
mil embelecos como estos.
¡Ox, ox! ¡No es ave, por Dios!
Si es fruta, no tiene precio.
¡Bien haya el árbol que lleva
600
fruto de tanto sustento!
Aunque un filósofo dijo,
viendo la mujer de un griego
en una higuera ahorcada
por cierto enojo de celos,
605
que si todas las higueras
llevaran higos de aquellos,
fuera el árbol más hermoso
de cuantos sustenta el cielo.
Mas ¿si es ángel, por ventura?
610
Que en muchas historias leo
que a capitanes cristianos
en guerra se aparecieron.
Quiérome hincar de rodillas:
ángel, nunca fui tan bueno
615
que vengas a visitarme,
ya ves las faltas que tengo.
Soy el capitán Castillo;
enamoro, juro, juego,
puesto que trato verdad
620
y por tu Señor peleo.
Dos mil heridas me han dado
por la fe... ¡Callas! Mas creo
que buscas mi General,
santo y devoto en extremo
625
del arcángel san Miguel;
mas ¿para qué me detengo?
Si eres alguna invención
de estos bárbaros isleños,
que adoran, tratan y hablan
630
con los diablos del infierno...
Asirle quiero de un pie.