Partí de Córdoba, Rey,
con tu licencia, a mi casa,
y antes de llegar a Burgos,
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cerca de sus torres altas,
dos escuderos hidalgos
que crie para mi infamia,
me dicen que a Estefanía
un hombre en mi casa trata.
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No doy crédito; porfían.
Llego, disimulo, aguardan,
y en un jardín, una noche
me ponen, las doce dadas.
Veo bajar a dos hombres,
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a los dos por una escala,
y una mujer, con las ropas
de mi esposa disfrazada.
Maté al uno, que era, Rey,
Fortún Jiménez, que andaba
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por vengarse a lo cobarde,
si la traición es venganza.
Las espadas me ofendía
por no ofenderme la cara,
que, en efecto, la mujer
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es del hombre las espaldas.
Sígola, fuese a esconder
debajo mi propia cama.
Llego a oscuras, y a mi esposa
le doy cinco puñaladas.
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Despierta a morir del sueño,
que con tu nieto abrazada,
aguardaba a que viniese,
inocente, limpia y casta.
Traigo un hacha, hago rüido,
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y hallo, señor, una esclava,
que era dueña del enredo,
de Fortún enamorada.
Mi culpa confieso, Rey;
no quise pasarme a Francia,
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sino pagar, como es justo,
quien los inocentes mata.