Texto utilizado para esta edición digital:
Fundación José Antonio de Castro (ed.), Obras completas de Lope de Vega, 13. Madrid, RAE, 1997, pp. 501-600.
- Martínez Fernández, Ángela (Artelope)
Elenco
| MADAMA DE AUSTRIA |
| PRÍNCIPE DE PARMA |
| CAPITÁN CASTRO |
| CORREO DE ESPAÑA |
| SEÑOR DON JUAN |
| DUQUE DE ARISCOTE, flamenco |
| MARQUÉS DE ABRE, su hermano |
| DON RODRIGO PIMENTEL |
| DON GABRIEL NIÑO |
| OCTAVIO GONZAGA |
| CHAVARRÍA, soldado |
| CAPITÁN DE CAMPAÑA |
| MARCELA, en hábito de paje |
| CABREDO |
| ROSALES |
| DURÁN, soldado |
| CAPITÁN PEREA |
| VALLEJO, sargento mayor |
| HEREDIA, capitán |
| SALVADO, maltrapillo |
| BEATRIZ, su dama |
| DON DIEGO DE CÓRDOBA, general |
| FONSECA |
| CARVAJAL |
| CONDE BOSÚ |
| ADOLFO |
| CONDE BARLAMÓN |
| PERALTA |
| MONS DE GONÍ |
| GONZALO VALLEJO |
| LEIVA |
| MARQUÉS DE ABRE |
| ROSELA |
Dedicatoria
«A CRISTÓBAL FERREIRA DE SAMPAYO
Cuánto nos debamos guardar de los que señaló la Naturaleza, nos muestran varios ejemplos
y la experiencia. Las partes por quien se conoce el ingenio están delineadas de la
Naturaleza en el rostro, y así la envidia y los demás vicios. Generalmente se ha de
tener que los miembros que están en su proporción natural cuanto a la figura, color,
cantidad, sitio y movimiento señalan buena complexión natural y buen juicio, y los
que no tienen debida proporción y las demás referidas partes, que la tienen perversa
y mala; por eso decía Platón que cualquiera semejanza de animal que había en los hombres,
tales eran las costumbres que imitaban. Verdad es que, conforme a buena Teología,
no imponen necesidad, pero muestran la natural inclinación, y si no siempre denuncian
los afectos de los hombres, es por la mayor parte. No digo que luego se juzgue por
las señales exteriores, que por ventura lo son por accidente, y no por naturaleza,
y se pueden vencer con la contraria costumbre y freno de la razón, cuyo ejemplo trajo
Aristóteles cuando los discípulos de Hipócrates trajeron su imagen al excelente fisiónomo
Filomenes.
Creo que V. m. habrá ya juzgado mi queja, si es justo tenerla por esta parte de algunos
hombres cuya inclinación no he podido vencer, ni ellos se pueden vencer a sí mismos.
Finalmente, la Naturaleza, por opinión del Filósofo, en lo De coelo et mundo: “nihil
molitur absque ratione, nec casu, nec frustra”, si bien en las Éticas dice que “non
mali aut boni natura efficimur”. Pero si en los lugares mejores constituye las más
nobles partes, como el corazón, síguese que la debida proporción estará más dispuesta
para que el alma ejercite sus potencias. Orígenes Adamancio comparó los poetas a las
ranas faraónicas con místico sentido, si bien Pierio Valeriano dice que “aspera quadam
severitate commotus”, y más adelante: “miror vero tantae eruditionis virum haec de
poetis sensisse”, y que si se podían reprender algunos versos, eran los ithiphalicanos,
fesceninos o titrocaycos de Baco. Pero yo quiero seguir la opinión de Adamancio, y
creer que hay poetas ranas en la figura y el estrépito, y sin estos otros muchos de
diversas formas que, por haberlos pintado en una carta mía que anda impresa con mis
Rimas, no quiero reiterarlos ni referirlos. Aristóteles, en la Historia de los animales,
en el libro nueve, dice que son las ranas de las lagunas enemigas mortales de las
abejas; y como los buenos poetas se entienden por ellas, en razón que de diversas
flores forman aquel licor suave, viéneles bien el título. Sin esto, a los gibosos
pinta el mismo filósofo con mal aliento, y da por causa que intercluso se pudre porque
desacomodado el lugar del pulmón, y deflejo, no puede expeditamente transmitirle.
Pues mal aliento claro está que ha de inficionar cuanto tocare hablando. Es cosa ordinaria
en tales hombres, si hombres se han de llamar, la soberbia y el desprecio. Bien lo
dijo Terencio en los Adelphos, llamando injusto al necio: “Qui nisi quod ipse facit,
nihil rectum putat.” Grave persecusión mía desde mis tiernos a los mayores años, tolerada
con alguna prudencia, aunque no siempre dichoso quien siempre fuera prudente, y respondiera,
con Aristipo, al que le injuriaba: “Así fueras tú señor de tu lengua como yo de mis
oídos.”
Pero, aunque escribiendo a tal ingenio como el del V.m. no era bien declinar a las
burlas, la amistad lo sufre y el amor lo perdona. Guardaba un cristiano viejo el monumento
un Jueves Santo, y acercándose a él un hombre que tenía fama de judío, diole un golpe
con la alabarda, y quejándose al cura, y él riñéndole, respondió: “Señor licenciado,
o guardamos o no guardamos.” Así yo tal vez respondo: o sentimos o no sentimos, o
somos o no somos. Tengan por cierto los envidiosos que han de tenr su golpe de cuando
en cuando, y más si tienen por qué no llegar al monumento. Y teniendo yo el amparo
y defenda de la V.m. y de su único y raro entendimiento, porque “spes addita suscitat
iras”, como dijo Virgilio en el cuarto de la Geórgica, aunque diga también Séneca
que ninguna cosa menos, “punientem decet”. Dedico, pues, a V.m. esta comedia, intitulada
Los españoles en Flandes, y justamente, pues por caballero le tocan armas, y por tan
gran estudiante, y de tanta erudición, las buenas letras, para que me honre y defienda
de todo escritor malicioso, y de los correctores de ajenos vicios, y solapadores de
los suyos propios, cuyos libros no se venden porque ellos venden en ellos a cuanto
tratan, a quien se puede añadir: “Necnon et carmina vino / ingenium faciente canunt”,
como dijo Ovidio en el siete del Metamorphoseos. Perdone la opinión de algunos que,
en fin, “Natura dux optima”, como dijo Catón, o sea para las artes, o para las costumbres,
pues “multi sine doctrina, multa laudabilia fecerunt”, como sintió Cicerón; y en los
vicios, “pauci sunt, qui resistant sensui”, como fue opinión de santo Tomás. La paciencia
muchas veces ofendida, “fit furor”.
Las palabras que engendran los maldicientes, créanme que son como los partos de las
víboras, matando primero al padre. Viva muchos años V.m. honrando y defendiendo mis
escritos, y hablen los labradores que no quisieron dar agua a Latona, cuando dijo
“Hi quoque vos moveant, qui nostro brachio tendunt, / parva sinu, et casu tendebant
brachia nati”; que desde entonces los tiene por enemigos Apolo, que iba en sus brazos,
y por quien añadió Ovidio, cuando se transformaron: “Quanvis sint sub aqua, sub aqua
maledicere tentant.”
Capellán de V.m.,
LOPE DE VEGA CARPIO»
Acto I
«El siguiente pasaje de tercetos presenta errores en algunas de sus partes.»
Acto II
Acto III
