Tres años habrá, señor,
que estos bandos sosegastes
y que, dándoos la palabra,
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se confirmaron las paces,
Honorio y yo, porque somos
cabezas de estos linajes,
de casar a nuestros hijos;
yo, de que tendréis bastante
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información en Sevilla,
pretendí que se casasen
doña Isabel y don Félix,
y con diligencias tales
llegó el día en que esta gente,
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para ofenderme y vengarse
de palabras que no obligan
como las armas se saquen,
quisieron que por poder
mi hija se desposase;
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dióle a don Vasco don Félix…
Pero no hay para qué os canse,
pues visteis el desposorio
y a doña Isabel honrasteis.
La mañana de aquel día,
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que luego os fuistes a Cádiz,
antes que el alba saliese
me enviaron los cobardes
mi hija, que aun no traía
un escudero ni un paje,
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diciendo lo que sabéis,
y que no era bien casarse
con mujer tan mal nacida
un mozo de aquellas partes.
Callé mi afrenta, y el mozo
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es ido donde no saben
más ha de tres años de él;
pero aquella misma tarde
hirió de muerte a don Vasco,
por defenderme y honrarme
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don Rodrigo, un caballero
de Félix amigo grande.
Llevéle a mi casa, y esto
fue causa que murmurasen
que le mandé a don Rodrigo
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que le hiriese o le matase.
En sanar tardó dos meses
don Vasco, al fin de los cuales
se les antojó prender,
aunque ellos no lo mandasen,
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a don Rodrigo en mi casa,
al Asistente o Alcaldes.
Él huyó, fuése a la guerra;
lleváronme a mí a la cárcel,
donde estuve quince meses
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por esto y porque buscase
a don Félix, que decían
que le maté por vengarme,
porque ni vivo ni muerto
pueden hallarle sus padres.
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Juzgad vos quién tiene culpa:
yo, que la inocente sangre
de mi hija di a un traidor
que pretendió deshonrarme,
o ellos, que dicen que he muerto
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a su hijo, sin que hallen
testigos, señal ni indicio
por donde puedan culparme.
Si con aquesto os parece
que he faltado por mi parte,
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juez sois, la espada es vara;
mi cuello es éste: cortalde.