D. FELIPE
Como ya empezó la lengua,
fiestas del alma, paróse
a combatir sus potencias;
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pero en la menor razón
de quien bien ama y desea,
es ignorancia el dudar,
que asiste el alma con ella.
Viendo entrar en Barcelona,
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desde su muelle, una fiesta
la napolitana escuadra
de diez y siete galeras,
vi en un coche cinco damas,
jerarquía lisonjera
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de una deidad que avisaba
con rayos de luz la tierra,
a quien parece que el mar
hizo con alas traviesas
espumoso atrevimiento
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de marítimas diademas,
y tal quedé, que temía
que, a no transformarme en ella,
quedaría en mi inorancia
profanada su belleza.
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Seguí el coche, por saber
dónde esta deidad se encierra,
de aquel sol el epiciclo
y de aquel fuego la esfera.
Opuse mi sufrimiento
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a su primera respuesta,
mi asistencia a su desdén
y a su rigor mi paciencia.
Y ya de suerte vivía
con la esperanza la ofensa,
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que hizo su gusto en mí
segunda naturaleza.
Tres primaveras había
dado ya la providencia
del tiempo, en giros del sol
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por signos y por planetas,
antes que yo en mi esperanza
amorosamente viera
verde alfombra, vida alegre,
dulce alivio y fe sin quejas.
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Dejóse, de sí olvidada,
obligar un día, que ésta
es en las guerras de amor
la mayor estratagema,
y desde allí empecé a ver
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el iris de la tormenta,
y por celajes de nácar,
dulce risa en blancas perlas.
En su casa me dió entrada,
que nunca halló quien desea,
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después ya de resistir,
dificultad en las puertas.
En la suya hallé una noche
una criada, y en ella,
librada de mis intentos
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la resolución postrera,
asido a sus movimientos,
como el que sin vista lleva,
por seguro de sus pasos,
la fe de que el otro acierta,
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llegué al limbo de una cuadra,
donde fue la vez primera
que se vio sin luz la gloria
y la del sol en tinieblas,
y hallé en dos hermosas manos
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una blanda resistencia,
aunque breve, dilatada,
si lo juzga quien desea.
Con voces de amor rendido
y con labios de alma inquieta
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quise vencer prometiendo
y rendir sin hacer fuerza.
En torcidas relaciones,
ya tímidas, ya resueltas,
luchaba yo en mis deseos
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y con su amor su vergüenza,
cuando a la dulce porfía
de este argumento sin lenguas,
de esta inquietud sin descanso
y de este esperar sin pena,
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por los vigilantes pasos
de su esposo hicieron señas
las almas de que buscaba
en mi ventura su ofensa.
Pidiendo una luz a voces,
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sacó la espada sangrienta,
a nuestro daño inclinada,
y vile resuelto apenas,
cuando, abrazado con él,
con menos superior fuerza
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a más rigurosos brazos,
trasladé mis diligencias,
y aunque estaba de su parte
la culpa de mis torpezas,
de su misma daga herido,
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cayó, atravesado, en tierra.
En tanto, mi dueño hermoso,
la siempre viva en mi idea,
la que por un ser divino
pasó a su naturaleza,
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confusa dejó su casa,
haciendo como discreta
del sagrado de un convento
el puerto de esta tormenta.
Y así, quedamos a un tiempo:
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su esposo, herido en su ofensa,
ella sin él y sin mí
y yo sin dicha y sin ella.
Y considerando yo
que su calidad pudiera
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vengar por ajenas manos
en mi descuido su ofensa,
dejé a Barcelona, y vine
adonde hoy el alma inquieta
de mi ausente dueño aguarda
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las bien esperadas nuevas.
Y porque es medio gustoso
del que alguna nueva espera
hacer menos el camino
del que ha de venir con ella,
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humildemente os suplico
perdonéis, pues sois discreta,
el serviros sólo ahora
con esta buena asistencia.