en una casa de juego,
donde reina la fortuna
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más que en el mar y en palacio,
entre lisonjas y burlas,
hice amistad con Lupercio,
un hombre en quien viven juntas
cuantas gracias pensar puedes,
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que es poco, aunque pienses muchas;
pasados algunos días,
de dos almas hizo una
amor, el trato o la estrella
que nuestros pechos ajusta;
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confïome sus secretos,
pareciéndole segura
el arca en que los guardaba,
pero no hay fuerte ninguna;
llevome a ver una dama...
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No la consideres rubia,
así te dé Dios contento,
que harás a mi gusto injuria;
no pienses que de su rostro,
restándome amor la pluma,
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quiero hacer vanas quimeras
con fabulosas pinturas;
no robaré a los jardines,
entre los cuadros de murta,
los jazmines y claveles,
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oro al indio, plata al fúcar;
no diré que es sol, ni imagen,
Venus clara o blanca luna,
sino que es una mujer
que vi por mi desventura,
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roca del mar en firmeza,
tigre de Hircania en la furia,
sibila en la discreción,
y fénix en la hermosura.
Vila en efeto, Leonela,
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y que enamorara juzga,
no digo a un hidalgo noble,
pero a un villano de Asturias;
pasé gran tiempo callando
y, entre estas penas y angustias,
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con ser yo quien me sufría,
fue insufrible mi locura.
Lo que he dicho y lo que he hecho
a quien ama lo pregunta:
pero es labrar en un jaspe
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con un vidrio una figura;
viendo, pues, que no tuvieron
mis penas remedio nunca,
pretendo descomponerlos
y dar principio a las suyas;
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quiero que Fulgencia vea
que de otras mujeres gusta
el más firme de los hombres,
y que a estas horas las busca;
que yo sé que, aunque no olvide
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amor que ha tanto que dura,
dará gusto por venganza
a esta vida, sangre tuya.
Si te parece traición,
mira adónde el amor triunfa,
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a Egisto, Tarquino y Paris
que, amarrados, me disculpan.
¡Y plega a Dios que me vea
en una galera turca,
si es vicio mi pretensión,
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sino del amor la culpa!