Bien sabéis, tercer Fernando,
a quien el piadoso cielo
ha dado el nombre de Santo
por ser sabio, justo y recto,
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que el emperador Alfonso,
tu famoso bisabuelo,
aquel que a aquesta ciudad
dio el antiguo privilegio
de ser imperial y noble,
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noble por sus nobles hechos,
imperial por ser de España
su antigüedad el imperio;
aquel que añadió a sus armas
dos reyes de armas, maceros
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que guardan las imperiales
por justo consentimiento;
a quien se remite España
en exenciones y pechos,
tuvo a don Sancho y Fernando
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por sus hijos herederos,
entre los cuales quedó
la posesión de su reino,
porque el valeroso rey
vino a morir en el puerto
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que llaman el Muladar,
al pie de un encino hueco
del lugar de la Frezneda,
viniendo con el trofeo
de Andújar y de Quesada,
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que nos conquistó su acero:
quedaron, pues, los dos reyes,
don Sancho, con el gobierno.
Murió don Sancho en Castilla,
dejando por heredero,
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aun no cumplidos seis años,
a don Alfonso el noveno.
Túvole en guarda y custodia
el famoso caballero
Fernán Gutiérrez de Castro,
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antecesor de los Lemos.
Los de la casa de Lara,
los antiguos caballeros
poderosos en Castilla,
viendo que el Infante tierno
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no era capaz para ser
de su mismo Estado dueño,
con los Castros valerosos
tuvieron antiguos pleitos:
amotinose Castilla;
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causa, que en aqueste tiempo,
su tío, el Rey del León,
fue entrando la tierra adentro,
ganando algunas ciudades
en el castellano suelo.
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A este tiempo, los de Lara,
a Castro le persuadieron
que les entregase el Rey;
y él, que siempre fue su intento
ver puesta en paz a Castilla,
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se les entregó, pidiendo,
y fue el conde don Manrique
su guarda, por ser más viejo
y el señor más poderoso,
a quien tomó juramento
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de que siempre le guardase,
como a su rey, el respeto.
En Ávila fue criado,
hasta que a voces pidieron
los de Castilla su rey;
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y él, once años cumpliendo,
donde Fernán Ruiz de Castro,
que era alcaide de Toledo,
no le entregó la ciudad
por cumplir el testamento
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que don Sancho el Deseado,
su padre, dejó propuesto:
que hasta edad de quince años
no le entregasen sus reinos.
Mas don Esteban Illán,
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un famoso caballero
de aquesta misma ciudad,
disfrazado, con secreto,
metió el rey en San Román:
el Emperador biznieto
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Paleólogo, cuya sangre
gozan ahora los Toledos,
viendo el motín levantado,
en la torre de este templo,
que de Illán fue fundador,
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sacó el estandarte regio,
y a su lado el mismo rey,
en altas voces diciendo:
“Este es el noveno Alfonso,
de Castilla el heredero;
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caballeros toledanos,
aquí tenéis el rey vuestro.”
Con aquesta novedad,
entre ilustres y plebeyos
se alborotó la ciudad;
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pero al fin le recibieron
por don Esteban Illán,
a quien le dieron por premio
el entierro más famoso
que hemos visto en nuestros tiempos;
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pues está en la santa iglesia,
cual sabéis, su mismo entierro,
detrás del coro mayor,
en lo alto, donde vemos
que quiso premialle Dios
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sus católicos deseos,
pues porque a su Rey guardó
permitió ponelle el cielo,
armado sobre un caballo,
por guarda del Sacramento.
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Al fin el rey don Alfonso,
que fue tu dichoso abuelo,
en las guerras se ocupó
para restaurar su reino.
Ganó aquella gran victoria
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con milagroso portento.
De las Navas de Tolosa;
y como ocupado en esto
andaba sin acudir
a su forzoso gobierno,
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en los montes toledanos
y en Sierra Morena hicieron
mil escuadras de ladrones
los Golfines bandoleros:
asolaban los ganados,
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mataban los pasajeros,
destruían las colmenas
y saqueaban los pueblos;
forzaban a las mujeres
como tiranos soberbios;
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y viendo que no podía
poner al daño remedio
nuestro rey, los ciudadanos,
colmeneros y hombres buenos,
levantamos una escuadra
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de mil robustos mancebos;
y por guardar nuestra hacienda,
repartiendo en cinco puestos,
por escuadras, nuestra gente,
llevé a mi cargo doscientos.
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Fuimos corriendo los montes,
se hacía justicia de ellos;
hallábamos los ladrones,
grande resistencia haciendo.
Aquí se prendían veinte,
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allí treinta, acullá ciento,
y sin pasar adelante
se hacía justicia de ellos;
que en los árboles colgados,
¡para mayor escarmiento,
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por blando de nuestras flechas
asaetados se vieron!
Con este mismo castigo
murieron mil y quinientos;
limpiamos toda la tierra
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y los montes de Toledo;
hermandados a este fin,
los hermanos colmeneros
propusimos ser hermanos;
y porque tuviese efecto
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nuestra hermandad levantada,
fuimos al rey, que sabiendo
la causa de esta justicia,
la hermandad confirmó luego,
dándonos para seguro
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aqueste real privilegio,
cuyas libertades justas
confirmo su mismo sello
para su mayor abono;
y pues es santo el intento,
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y tú lo eres, confirma
de la hermandad el derecho.