D. DIEGO
Después de tenerme en Flandes
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pendiente el alma de un hilo
mis conocidos agravios
en tus papeles escritos,
y después que puse el pecho
desesperado al peligro
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del acero penetrante
y del plomo arrojadizo,
aumenté mi sentimiento,
porque el Cielo añade y quiso,
con tanta opinión ganada,
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mancilla a mi honor perdido;
y así, tomando ocasión
conveniente a mi designio,
pude partir, deseando
que fueran por el camino
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las postas mis pensamientos,
que poco menos han sido.
Llegué a Milán, donde estoy
ha tres días escondido,
y en ellos, secretamente,
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comunícase conmigo
esta a quien llaman Leonor;
cierto caso peregrino
te diré después, que ahora
es muy largo para dicho.
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En fin, la noche del día
de ayer pasado, me dijo
—¡con qué congoja lo siento!
¡con qué vergüenza lo digo!—
que aquí esperase ocasión
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para ver agravios míos,
y en mi enemiga mujer
y el Conde, mi falso amigo,
los vengase. Preguntéle
si fue tan vil desatino
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otra vez ejecutado;
que nunca lo fue, me dijo;
y entonces, más reportado,
que es más valor imagino,
para excusar las ofensas,
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anticipar los castigos,
entro a matar a mi esposa,
dejando ya prevenido
cómo partir mis venganzas
entre mis dos enemigos;
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y empleando mis dos manos
en tan honrado ejercicio,
en ésta una luz conservo
y en ésta una daga animo.
Así llego blandamente
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a mi tálamo ofendido,
y veo, cuando el cuidado
para el efeto apercibo,
a mi esposa, a mi enemiga,
oye el cómo… ¡Ay, padre mío!
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Si fuera visible el alma,
como yo la hubieras visto.
Pidiendo silencio al sueño,
rindiendo al descuido el cuidado
y la memoria al olvido,
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hallé aquel mundo pequeño
con el calor excesivo
por sus cuatro partes todo
tan bello como diviso,
en las unas dilatado
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y en las otras encogido.
Entre delgados cambrayes
parece el marfil bruñido,
leche clara en plata pura,
nieve intacta en limpio armiño;
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como en las aguas las flores
hacen celajes y visos,
tan claro el rostro descubre
en su arrebol encendido,
que, aunque por tener cerrados
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sus dos luceros divinos,
parece día sin sol,
es más bella que el sol mismo;
los dilatados cabellos,
de hombro a hombro esparcidos,
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sus mismos rayos parecen
que, arrogantes y atrevidos,
derriten la blanca nieve,
cuyo cristal, derretido,
a trechos deja mojados
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en las mejillas los rizos.
La primer madre no estuvo
alegrando el Paraíso
con cuidado tan honesto
y descuido tan lascivo.
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Suspéndeme aquel encanto,
detiéneme aquel prodigio;
mas luego, con más enojo
me atrevo, y me encolerizo
de pensar que una mujer
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a quien tan hermosa hizo
el Cielo, en cosa tan fea
emplease el apetito.
Tres veces levanto el brazo
y otras tantas me retiro,
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temblando en la mano airada
el acero vengativo,
diciendo entre mí: ¿Qué hago?
Algún impulso divino
vuelve por ella en mi pecho.
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Si es verdad lo que me han dicho,
si es para ciertos empleos,
si emplea gustos lascivos,
¿cómo amorosos cuidados
consienten ojos dormidos,
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si es esta la vez primera
que se atreve? ¿Qué juicio
descuidada la dispuso,
descompuesta la previno?
¿Y si es testimonio? ¡Ay, Cielo!
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¿Qué sería habiendo sido
si ofendido en un engaño
una inocente castigo
a quien quise como el alma
y a quien como el Cielo miro?
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Entre ciegas confusiones
a probar me determino
si me ofende; manso llego;
la luz mato, el tiempo aplico
y entre sus brazos me arrojo;
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despertéla, y, dando un grito,
retiróse, y yo, mudando
la voz, humilde la digo:
“Vuestro Conde soy, señora”,
y todo en un punto mismo,
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cayóse en mi cuello el brazo
¡ojalá fuera cuchillo!;
junté mi boca a la suya,
toquéle los labios fríos
y el corazón, que a la puerta
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del pecho hermoso y esquivo,
descompasado le daba
aldabadas y latidos.
Así estuvimos gran rato,
y aun pienso que sin sentido
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ella, y yo mostrélo bien,
pues hice un gran desvarío;
mas viendo que con la voz
ya más fuerte gritar quiso,
puse mi mano en su boca,
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y, entre mortales gemidos,
la dejé y muriendo fuíme
más dudoso y más perdido,
porque advirtiendo que el Conde,
como esperaba, no vino
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a pagarme la venganza
y a confirmarme el delito,
considero si aquel brazo
sobre mi cuello caído
fue favor o fue desmayo
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o si fue algún parasismo;
si fue la causa el hablalle
el haberme conocido,
y con la misma también
fueron los últimos gritos
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por disimular con ellos
las ofensas que me hizo.
En fin, entre tantas dudas
a venir me determino,
donde me des tus consejos;
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pero ya en tu llanto he visto
que para apurar mi agravio
injustamente los pido;
para vengalle los quiero;
alumbra mis desatinos,
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pues en tus manos estoy,
pues a tu amor los remito.
Dame el ser segunda vez,
que es tan tuyo como mío,
pues te ha tocado el ser padre
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de tan desdichado hijo.