No por aliviar mis penas,
90
pues referidas se doblan,
ni por temer tu castigo,
que ya la vida me sobra,
fuerte Abdalá, te obedezco;
escucha, si la memoria,
95
al renovar los pesares,
el repetirlos no estorba;
los rigores, el castigo
de la mano poderosa,
la indignación de los cielos,
100
que justas venganzas logra;
la ruina fatal que España
con tantas afrentas llora,
no por culpas de Rodrigo,
que aunque ellas pudieran solas
105
desatar rayos furiosos
de la esfera luminosa,
verter diluvios de fuego
vomitando ardientes bombas;
no por eso la justicia,
110
ofendida, rigorosa,
mostraría la excepción
que tantas vidas apoca;
que tantos mares de sangre
en las playas españolas
115
vertida por vuestras manos,
campos bañan, montes mojan.
Más causa, mayores culpas
la ira de Dios provocan,
que aunque es la cabeza el Rey,
120
y la República toda
es un cuerpo, a quien los daños
de su Príncipe le tocan,
no es bien pensar que pudiera
la antigua misericordia,
125
que en Dios siempre resplandece,
vedar las entrañas todas
a su clemencia, y dejar
que la ira ejecutoria
de tantos males y estragos,
130
sin que exceptuara persona,
por culpa del Rey no más,
a las armas vencedoras
de una traición la entregara;
el efecto mismo informa
135
que fueron culpa de muchos
las que aun al Rey no perdonan,
y que andaban ya en España
las torpezas licenciosas,
muy públicos los pecados,
140
que es lo que a Dios más enoja.
De donde inferir podrás
que los blasones que goza
vuestra nación, no los causan
las innumerables tropas
145
de ejércitos poderosos,
que en ligeras galeotas,
poblando mares soberbios,
ondas saladas azotan.
No el trato aleve pudiera,
150
aunque puerto y pasos toma,
ser parte para vencernos;
no os dio el triunfo, la victoria,
el conde Julián; no fue
el arzobispo don Opas,
155
aunque a su patria traidores,
vuestros pechos alborotan,
los que todo el daño hicieron;
todas fueron fuerzas cortas.
¿Quién pensáis que nos venció?
160
¿Y quién pensáis que blasona
del invencible valor
de los godos, con que a Roma
y al mundo pusieron leyes?
Sus propios hechos, sus glorias;
165
el no haber perdido empresa,
el ver que a sus pies se postran
las más rebeldes naciones;
ver que sujetan, que doman
cuanto encuentran, cuanto embisten,
170
y que España, ya señora
de la más parte del mundo,
larga paz gran tiempo logra;
la prosperidad, la dicha,
las riquezas, sin zozobra
175
gozadas, que en feudo ofrece
la tierra extraña y la propia;
el no temer que mudable
fortuna, ¡presunción loca!,
pudiera volver el rostro,
180
del bien que nos da envidiosa,
fueron causa que, entregados
a descansos, a engañosas
delicias, que el ocio ofrece,
truequen las altivas honras,
185
manchen los altos blasones,
turben las claras memorias
con el vicio y la torpeza,
y que libremente corran
la maldad y el apetito,
190
por quien se engendran y abortan
los daños que padecemos,
los males que nos congojan.
Gran causa, pues, le obligó
que con mano vengadora
195
el cielo tome el azote,
y por instrumento escoja
vuestra nación enemiga,
para que el mundo conozca
que, a no ser suyo el castigo,
200
no bastaran alevosas
armas, ni vuestro poder,
claro está, nadie lo ignora.
Catorce lustros, en fin,
que en cuenta más clara montan
205
años setenta, han pasado
después que su lastimosa
pérdida España sintió,
pero no tres veces corta
el abril galas al campo,
210
vestido de nuevas pompas;
no restituye las vidas
a las plantas y a las rosas
tres veces primero el sol,
cuando las reliquias godas,
215
que del incendio escaparon,
y entre sierras escabrosas
en las Asturias albergue
hacen de cavernas hondas,
cuando con pechos valientes
220
se animan con fuerza pocas
a vengar su injuria, y juntos
guerra intentan, campo forman.
Permite que me detenga
a ponderar tan heroica
225
resolución, tan constantes
ánimos, pues cuando brota,
cada pisada un castigo,
cada hierba, cada hoja,
una venganza produce;
230
y ya por toda la Europa
ejércitos poderosos
vuestros caudillos alojan,
en tanto número, en fin,
que como parda langosta
235
las rubias mieses talando,
se ha visto ya en tanta copia,
que a la luz del sol opuestas,
forman luces tenebrosas;
así los vuestros se aumenta,
240
campos y sierras coronan.
Entonces, pues, cuando el llanto
a la esperanza acomoda
exequias tristes, y yace
sepultada casi toda,
245
entonces hay corazones,
entonces pechos, que forjan
rayos contra tantas furias,
y con Pelayo se arrojan
a ver la cara a la muerte,
250
y a triunfar de vuestras glorias.
De este blasón invencible,
de esta estirpe generosa
soy hijo de lo más noble,
que aunque decirlo no importa,
255
de la sangre real de godos
me cabe más de una gota.
Mi nombre es Íñigo López.
Bien pienso que a vuestra costa
le conocéis, pues mi espada
260
con mil riesgos lo pregona
en vuestro daño; y, en fin,
opuesto a la vil discordia
del tirano Mauregato,
por defender la corona
265
de mi legítimo Rey,
que es Alfón, a quien le toca
resistir con los más nobles,
que del reino le depongan.
Pero como la ambición
270
de Mauregato convoca
el favor de Abderramán,
tu padre, y porque le ponga
en la posesión del reino,
con vil feudo le soborna;
275
llámase rey con su ayuda,
y hoy las parias vergonzosas
que en pago de serlo ofrece,
y tú por tu padre cobras,
cuando bostezaba risas
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entre esos montes la aurora,
me determiné a quitaros;
empresa poco dichosa,
que prometí a una deidad,
flecha de amor poderosa.
285
Las fuerzas en que fundé
esta esperanza engañosa,
más eran que diez soldados,
más son de los que te informan,
porque conmigo venían
290
las venganzas, las discordias,
los rigores, los recelos,
los tormentos, las congojas,
la confusión, los temores,
las llamas abrasadoras
295
de celos, bastantes ellos
a emprender mayores cosas.
Cien soles lleváis, ¡qué afrenta!,
y yo sus luces hermosas
prometí sacar a luz
300
de entre vuestras pardas sombras.
Mira si no lo he cumplido,
si con valor, si con honra
nací, si este el premio era
de ganar hoy por esposa
305
a quien con rigor me aguarda;
si ya he perdido esta gloria,
perseguido de un tirano,
lleno de afrenta y deshonra,
¿de qué me sirve la vida,
310
o qué tu amistad me importa?
Sé piadoso, sé clemente,
muestra el valor que acrisolan
tus hechos, en no otorgarme
una vida tan penosa.
315
Líbrame a mí de mí mismo,
desata, deseslabona
tal número de pesares,
como aquí juntos me ahogan.
Manda que un filo atrevido
320
por mi triste cuello corra;
pero si vengarte quieres,
pero si crueldades logras,
no me mates, viva yo,
alarga mis tristes horas,
325
porque no podrá la muerte
lo que podrá la memoria.